Willie Nelson, el viejo cazador de canciones

Autor:

COWBOY DE CIUDAD

«Todo suena limpio, cercano, con ese equilibrio entre tradición country y elegancia crepuscular que permite que la voz respire»

 

Javier Márquez Sánchez ahonda esta vez, desde su sección “Cowboy de ciudad”, en el nuevo disco de Willie Nelson, Dream chaser. Un álbum que aborda sus temas habituales con la voz como epicentro y que cuenta con una colaboración de Bob Dylan.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.
Foto: SONY.

 

A estas alturas, cada álbum de Willie Nelson tiene algo de certificado de supervivencia y de pequeña lección moral para todos los que, con cuarenta años menos, ya estamos pensando en echarnos una mantita por encima y que nos dejen en paz. Dream chaser, publicado apenas un mes después de que Nelson cumpliera 93 años, llega como otra pieza más en una discografía que ha dejado de parecer una carrera artística para convertirse en un modo de estar en el mundo: respirar, tocar, cantar, subirse al autobús, mirar por la ventanilla y encontrar otra canción.

En ese mapa musical descomunal, Dream chaser suena al Willie Nelson de las últimas dos décadas. Afortunadamente. En él encontramos sus temas habituales: la carretera, el amor, el paso del tiempo, la bebida, los recuerdos, las pérdidas… y todo a través de esa forma tan suya de cantar como si acabara de descubrir una verdad sencilla y quisiera contártela antes de que se le olvide.

El título ya marca el territorio. “Dream chaser” funciona como declaración de principios tardía, aunque en Nelson lo tardío es una categoría engañosa. Lleva toda la vida persiguiendo sueños, pero lo interesante es que no canta desde la épica del triunfador, sino desde la lucidez del que sabe que el sueño importa menos como meta que como movimiento. En su voz no hay solemnidad de estatua ni dramatismo de despedida programada, sino una serenidad traviesa, una aceptación que no se resigna. Willie canta sobre envejecer sin convertir la edad en espectáculo. Y eso, en un tiempo obsesionado con la juventud congelada, tiene algo de insurrección tranquila.

La producción de Buddy Cannon, colaborador habitual en esta última y fertilísima etapa de Nelson, entiende perfectamente el terreno. Dream chaser no abruma musicalmente, no se visten las canciones con ropajes que no necesitan. Todo suena limpio, cercano, con ese equilibrio entre tradición country y elegancia crepuscular que permite que la voz respire. Y la voz, claro, es el centro. Más frágil que en otros tiempos, sí, pero también más expresiva. Nelson nunca fue un cantante de potencia convencional; lo suyo siempre ha sido el fraseo, la manera de entrar tarde, de apartarse del compás como quien se apoya en la barra de un bar, de convertir una línea sencilla en una confidencia. Aquí esa cualidad se ha afinado aún más. Canta menos para impresionar que para dejar constancia.

El disco mira al amor con nostalgia y cierto humor. “We’d make a good movie” juega con esa idea tan “willienelsoniana” (con perdón) de que la vida sentimental, vista desde cierta distancia, se parece menos a una gran tragedia que a una película con momentos magníficos, escenas torpes y algún diálogo que quizá habría convenido reescribir. “I can’t read your mind”, su nueva colaboración con Bob Dylan —ya viejos conocidos— y Buddy Cannon, tiene el atractivo evidente del cruce entre dos tótems que ya no necesitan demostrar nada, lo cual no impedirá que medio planeta se comporte como si hubieran descubierto el fuego. Pero más allá del reclamo, la canción encaja muy bien en el tono del álbum: habla de incomunicación, de intuiciones fallidas, de esa zona nebulosa donde incluso quienes se quieren siguen siendo parcialmente indescifrables.

Hay también humor seco y fatalismo de barra en “Whiskey wants me to”, título que parece escrito por alguien que conoce muy bien la vieja excusa de culpar al vaso de lo que decide la mano. Nelson nunca ha cantado la bebida desde el sermón ni desde la postal canalla, sino desde una mezcla de complicidad y cansancio.

En «I don’t think I’ve cried today” aparece otro de los registros esenciales del disco: la emoción contenida, ese modo de insinuar una herida sin enseñarla entera. Y “Developing my pictures”, con su imagen de revelado fotográfico, sirve casi como metáfora general: Willie vuelve a mirar escenas antiguas, pero no para encerrarse en la nostalgia, sino para comprobar qué queda visible cuando el tiempo ha hecho su trabajo.

Dream chaser es, en el fondo, un disco pequeño en el mejor sentido de la palabra. No quiere levantar un monumento ni cerrar una carrera. No suena a testamento, aunque tratándose de Willie Nelson cada nueva canción llegue inevitablemente rodeada por esa tentación crítica, tan humana y tan pesada, de buscar despedidas en todas partes. Su grandeza está precisamente en lo contrario: en su naturalidad. Willie sigue cantando porque cantar es lo que hace. Como otros riegan las plantas, pasean al perro o se quejan de la juventud en la cola del supermercado.

Y quizá por eso emociona. Porque Dream chaser no presenta a Willie Nelson como un superviviente embalsamado ni como una reliquia del country outlaw, sino como un artista todavía en marcha, fiel a una idea muy sencilla de la música: contar algo verdadero con honestidad, alma y los mínimos gestos posibles.

Anterior entrega de “Cowboy de ciudad”: Tres cantantes españolas reviven la colaboración entre Dolly Parton, Linda Ronstadt y Emmylou Harris.

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