
«El disco contiene algo que vale más que muchas perfecciones: la sensación de estar escuchando a un artista al final del camino, todavía buscando»
Javier Márquez Sánchez analiza el nuevo álbum de Neil Diamond, fruto de su colaboración con Rick Rubin.
Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ (con Francisco Corpas y Carlos Ordás).
Fotos: JESSE DIAMOND.
El estreno la pasada Navidad —con éxito de público y crítica— de la película Song sung blue, dirigida por Craig Brewer, hizo que millones de persona recordasen, cuando no descubriesen, a un cantante y compositor que a lo largo de cinco décadas en los escenarios ha firmado decenas de grandes éxitos y exquisitas composiciones (eso, y la autoría de “Sweet Caroline”, una de las canciones “sing-along” más célebres en todo el mundo).
Neil Diamond (Nueva York, 1941) venía disfrutando de una “segunda juventud” gracias al productor Rick Rubin desde que, en 2005, lanzaran juntos el álbum 12 songs. Tres años después, el neoyorquino logró un hito histórico al alcanzar el número uno en la lista Billboard con su segundo álbum juntos, Home before dark, convirtiéndose a los 67 años en el artista más longevo en liderar ese ranking. Sin dejar de empalmar giras en los años posteriores con nuevos discos bajo el brazo, la carrera de Diamond se vio truncada de manera abrupta cuando, en enero de 2018, a los 77 años, anunció su retirada de los escenarios tras ser diagnosticado con la enfermedad de Parkinson. La pregunta, entonces, era evidente: ¿habría quedado algún material en el cajón?
Casualidad o no, nada se había hablado sobre novedades discográficas hasta quedar patente el renovado interés por el cantante gracias al éxito de la citada película. Fue entonces cuando su compañía, Universal Music, anunció el lanzamiento de un álbum con descartes de las sesiones junto a Rubin para el disco Home before dark. Y el paquete, efectivamente, huele a compilación urgente para aprovechar el tirón de la película. Lanzado el pasado 8 de mayo, Wild at heart es una criatura algo extraña, nutrida de pasajes emocionantes y por momentos incómoda, a medio camino entre el testamento creativo, la maqueta sin pulir y la nota al margen de una de las etapas más interesantes de la carrera tardía de Diamond.
Para contextualizar este trabajo y comprender su concepción no está de más recordar qué significó Rick Rubin para Neil Diamond. A comienzos de los dos mil, el cantante era ya una leyenda, pero también una figura algo sepultada bajo su propio monumento. “Sweet Caroline”, los coros multitudinarios, el vestuario centelleante, la épica sentimental…, todo eso había agrandado su mito, pero también ocultaba en cierto modo al compositor. Rubin, que ya había aplicado su terapia de despojamiento a Johnny Cash, entendió que Diamond no necesitaba más orquesta, más brillo ni más subrayado; solo requería espacio, necesitaba silencio a su alrededor. Necesitaba que se escuchara al hombre antes que al mito. De ahí salió 12 Songs en 2005 y, tres años después, Home before dark, que llevó esa operación de rescate artístico a un punto todavía más hondo.
Wild at heart aparece ahora como broche a aquella dupla, aunque sería ingenuo tratarlo como un hermano de pleno derecho para componer una trilogía. Lo es por origen, por atmósfera y por intención, pero no siempre por acabado. Muchas canciones conservan una cualidad de boceto, de pieza que todavía no ha terminado de encontrar su vestido. La austeridad, que en los mejores momentos de Rubin funciona como revelación, aquí a veces roza la dejadez. Hay temas que piden un bajo, una percusión mínima, una respiración instrumental más orgánica. “The secret you”, por ejemplo, contiene una canción hermosa, incluso poderosa, pero su acompañamiento casi inmóvil parece confiar demasiado en que una sola nota por acorde baste para sostener todo el edificio. Y no siempre basta. La desnudez puede ser profundidad, pero también puede ser simplemente una habitación sin muebles.
Ahí está una de las contradicciones del disco. Rick Rubin fue decisivo al devolver a Diamond al centro de sus propias canciones, pero en Wild at heart uno tiene a veces la sensación de que el productor, o la sombra de su método, se ha pasado de frenada. La voz y la escritura quedan magníficamente expuestas, eso es indudable, pero la instrumentación, en lugar de complementar a Diamond, en ocasiones lo abandona en mitad de la carretera con una guitarra, un teclado y una palmadita filosófica en la espalda. Como ejercicio de pureza puede tener sentido. Como disco, no siempre.
A pesar de todo, Wild at heart emociona. Ese es el problema para cualquier crítica demasiado cómoda: que el disco se resiste a quedar reducido a sus defectos. Porque Neil Diamond canta aquí con una fuerza interior que desarma (es imposible no conmoverse con la profundidad de “Talking it to death”). No interpreta las canciones, las sostiene. Incluso cuando la melodía no termina de cerrar, incluso cuando el estribillo se complica o la estructura parece quebrarse, hay algo en su forma de decir que convierte la fragilidad en materia expresiva.
“Wild at heart” abre el disco con ese aire del Diamond reconocible, entre la confesión y el impulso vital. No es una pieza mayor, pero sí una buena declaración de principios. “You can’t have it all” resulta especialmente interesante porque funciona casi como una prehistoria de “Save me a saturday night” (del disco 12 Songs). Las estrofas parecen apuntar hacia aquella canción, como si estuviéramos escuchando el camino antes del destino. Tiene guitarras muy atractivas y una ligereza amable, aunque el final del estribillo no termina de redondear la promesa. Aun así, es uno de esos cortes que justifican la existencia del álbum: no solo por lo que es, sino por lo que revela del taller de Diamond.

«En Wild at heart, uno tiene a veces la sensación de que el Rick Rubin se ha pasado de frenada»
Así llegamos a “Talking it to death”, una de las grandes sorpresas del conjunto, y sin duda el mejor corte del disco. Tiene pulso, intención, una tensión interna que agradece el formato desnudo, aunque también aquí uno imagina cómo crecería con una línea de bajo más marcada. La voz de Diamond destaca aquí, como ya hemos dicho, con una profundidad estremecedora, reivindicando una versatilidad interpretativa que ha confeccionado no pocas piezas magistrales. Una genuina canción de medianoche.
“Shine on”, por su parte, remite a otra impactante composición del 12 Songs, “Hell yeah”, aunque no llegue a alcanzar su dimensión de despedida majestuosa. Algo parecido ocurre con “You never know”: gusta, interesa, deja frases y climas atractivos, pero le falta ese “no sé qué” que separa una buena canción de una canción que se te instala dentro y empieza a pagar alquiler emocional sin permiso.
Otro corte que parece más bien un work in progress es “You’re getting to me”, que insinúa cierto parentesco rítmico con “Delirious love” (también de 12 Songs), aunque la comparación le hace poco favor. “You still look good to me”, en cambio, es una pequeña joya easy listening hasta que llega un estribillo algo más retorcido de lo necesario. Lo curioso es que, cuando parece que va a desmoronarse, empalma de manera deliciosa con la siguiente estrofa y recupera su encanto. Diamond siempre ha tenido esa cualidad: incluso cuando una canción amenaza con perder pie, aparece una línea melódica, una inflexión de voz o un giro sentimental que la rescata.
Le sigue “You’re my favorite song”, con un aire menor, casi doméstico, con ecos lejanos de “Leave a little room for God” (del disco Three chord opera, 2001). Es un tema amable, quizá demasiado ligero, pero integrado en ese tono de conversación íntima que recorre el disco. Y luego está “Forgotten”, una versión alternativa que quizá sea el verdadero premio para quienes vienen de Home before dark. La canción ya era una de las piezas más hondas de aquel trabajo, pero esta lectura distinta permite disfrutarla con otra luz. No parece un añadido decorativo, sino una forma de cerrar el círculo desde un ángulo más vulnerable.
La pregunta que queda en el aire es si Wild at heart debería haberse publicado tal como está. Y ahí la respuesta no puede ser del todo complaciente. Después de tantos años, sorprende que el material llegue con esta sensación de acabado irregular. Tiempo ha habido para revisarlo, completarlo, darle una arquitectura más sólida. Que se presente como culminación de la trilogía Rubin-Diamond resulta comprensible desde el punto de vista narrativo y comercial, pero también un poco tramposo. 12 Songs y Home before dark eran discos plenamente concebidos como tales. Wild at heart es otra cosa: un cuaderno de trabajo elevado a álbum, con momentos de belleza indiscutible y otros en los que se oyen demasiado las costuras. Un disco lanzado, parece evidente, con la urgencia de aprovechar el éxito de la película de marras. Pero contiene algo que vale más que muchas perfecciones: la sensación de estar escuchando a un artista al final del camino, todavía buscando, todavía pidiendo que una canción diga algo verdadero antes de que caiga la noche.



















