Weld, pura complicidad entre Neil Young y Crazy Horse

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«Es esta una de las historias de amor musical más importantes del panorama internacional. Un disco tan extraño como cautivador, tan diferente como maravilloso»

 

Manolo Tarancón hace parada en Weld, el disco de directo que Neil Young publicó en 1991 junto a Crazy Horse y con cuyas sesiones dañó para siempre su audición.

 

Texto: MANOLO TARANCÓN.

 

El bajista Billy Talbot, el batería Ralph Molina, Danny Whitten y Frank «Poncho» Sampedro (guitarras), así a secas, pueden decirnos poco. Si además añadimos que nacen junto a otros músicos en 1962, como Danny and The Memories, y que se trata de un grupo de doo wop que evoluciona hacia el progresivo y la psicodelia es posible que sigan sin sonarnos. Ahora bien —y por no enrevesar las cosas con matices, que los hay— son cruciales, aunque en menor medida o mezclados con otros músicos, desde el primer disco de Neil Young y en su universo musical. Se conocen mediada la década de los sesenta. Ya en su segundo álbum, After the gold rush (1970), los consolida, aunque sigue contando con otros componentes que completan el elenco de los créditos.

Poco a poco van tomando las primeras posiciones en On the beach (1974), hasta que llega 75 Zuma y se posicionan en primera línea. Tanto, que el álbum lo firman Neil Young & Crazy Horse. Es esta una de las historias de amor musical más importantes del panorama internacional, porque participarán en muchos de los discos de Young y serán esenciales en los directos y giras, inconfundibles con un golpe de vista o escucha.
Podemos adjetivar como “único” el modo de tocar —canciones que se alargan de forma improvisada ante extensos solos con los tres músicos formando un círculo en el centro, sea como sea de grande el escenario, subiendo de intensidad a lo largo del tema hasta llegar a un número de decibelios sorprendente— y el fan reconoce al instante cuándo forman parte, y cuándo no, de la ecuación sonora de una canción de Young.

Tiene sentido que en 1972 no participen en uno de sus discos más aclamados, Harvest, porque tanto la producción como la ejecución de temas de medio tempo y tranquilos requieren a otros protagonistas. El mismo año muere Danny Whitten, que afecta mucho a Young y le sustituye Frank «Poncho» Sampedro.

Para los amantes de la banda es imprescindible el documental de Jim Jarmusch Year of the horse, de 1997, que también se publicará como doble álbum en directo. Un homenaje a David Briggs, productor y mano derecha de Young que muere en 1995, un año antes de que arranquen los conciertos. Se trata de la pieza audiovisual que mejor define el carácter del músico, perfeccionista hasta la médula en cada decisión. El cineasta sigue a la banda a lo largo de los conciertos de la gira y mezcla las imágenes con otras en blanco y negro de veinte años antes. No será la única colaboración entre el músico y el director, ambos con una forma muy particular de ver y ejecutar su parcela artística.

Pero si hay un disco en directo que divide a la crítica, a la vez que define a la perfección el binomio Young-Crazy Horse, es Weld, editado en 1991. Un álbum doble con tan solo dieciséis temas, todos con una amplia duración y en la que dos de ellos, “Love to burn” y “Like a hurricane”, superan incluso los diez minutos. No es anecdótico que sirva como presentación del que muchos bautizan como el oscuro disco que da el pistoletazo de salida al género grunge, Ragged glory (1990). Sea cierto o no, sirve de inspiración a sus bandas primarias y merece un texto aparte por las peculiaridades de su grabación. En Weld, Young rescata uno de los himnos de la música popular de Bob Dylan, “Blowin’ in the wind”, haciéndolo tan propio —hasta que la voz toma la iniciativa, pasado el minuto de duración y sin base rítmica durante todo el tema— que a veces cuesta reconocerlo en la escucha, llegando casi a los siete minutos.

A las canciones de Ragged glory se le suman temas clásicos como “Hey, hey, my, my (Into the black)”, que sirve para abrir el disco —la primera nota de guitarra, distorsionada y rota, ya nos anticipa lo que nos deparará el álbum—, “Cinammon girl”, “Rockin’ in the free world”, “Cortez the killer” o “Like a hurricane”. Ahora bien, que nadie espere una interpretación similar a la de los discos. La experimentación y la manga ancha en el escenario nos brindan variaciones en las canciones que regalan nuevas perspectivas. Y aunque firman una buena parte de los discos como Neil Young & Crazy Horse a lo largo de toda la carrera del músico, es en los directos donde dan rienda suelta y más se les reconoce esa manera única de tocar.

Más allá de la opinión de los críticos, si se rescata en este texto este álbum es porque precisamente aquí radica el ADN de los cuatro músicos y es donde, junto a Year of the horse, mejor define su sonido único. Y eso que no son pocos los álbumes en directo que nos ha brindado a lo largo de su carrera. Acoples, solos extensos hasta la extenuación y, sobre todo, una complicidad que pocos pueden imitar. Con solo mirarse saben cuándo alargar una canción y llevarla a la intensidad desbordante repleta de ese noise fantásticamente ejecutado en Weld. Tanto que, tras las mezclas, Young asegurará sufrir problemas auditivos posteriores.

Su carrera es tan longeva que uno se pierde en su discografía, porque su talento es capaz de darnos discos tranquilos, dulces y maravillosos como el ya citado Harvest, Harvest moon —¿quién iba a pensar que solo un año después de la gran cantidad de vatios que nos regala Weld iba a firmar un trabajo tan tranquilo y reposado?—, Silver and gold (2000) o el que inaugura la década de los ochenta, Hawk and doves. Incluso sus trabajos junto a David Crosby, Graham Nash y Stephen Stills bajo el nombre CSNY o solo junto al último en el maravilloso Long may you run, de 1976, son buena prueba de ello.

Ahora bien, para escuchar al compositor más desmelenado y rockero que se sacude todas las etiquetas para ofrecernos improvisación, intensidad, oscuridad y temas largos, nada como este Weld que, junto a Talbot, Ralph Molina y Sampedro resulta tan extraño como cautivador, tan diferente como maravilloso. Una muestra de apisonadora musical cuando los cuatro se juntan para tocar y disfrutar sobre un escenario.

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