Un gusano en la Gran Manzana: Trompetas subversivas

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“Según explica el periodista David Gardner, alguien pensó que iconos como Bob Dylan, Joni Mitchell o James Taylor ayudarían a socavar los cimientos del comunismo. Lo escribía Walter Stoessel Jr., antiguo embajador de EEUU en Moscú, y luego añadía en su cable que los rusos mostraban poco interés por el soul”

 

En los años sesenta, el rock contribuyó a cambiar el mundo, y el de Departamento de Estado de Estados Unidos vio ahí un arma de propaganda… Así eran las cosas por entonces, hoy son muy distintas.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

Hubo un tiempo en que el rock and roll parecía destinado a gestas épicas, a cambiar el mundo. La forma de vestir, los usos sexuales, la concialiación de la vida estudiantil con las drogas, ¿recuerdan?; de paso, alteraraba los ciclos lunares, incluso menstruales, de la historia. Armadas con guitarras, vanguardias del pensamiento efervescente detendrían la guerra neocolonial en el sudeste asiático. No dejarían burgués con flequillo, explotación sana, injusticia libre. La hora del santoral laico llamado a cambiar el mundo sustituiría los polvorientos dioses, la mercantilización de la vida, el juego de suma cero de las potencias nucleares, por una Arcadia feliz. No tienen más que leer «Das energi», infumable catecismo jipy del pobre Paul Williams, al que por otro lado tanto debemos los amantes de Philip D. Clark y Bob Dylan, para comprender el «cacao maravillaó» que entonces operaba en las mejores mentes de nuestra generación y blablablá.

Allen Ginsberg, en pleno jaleo orientalista, animaba a rodear el Pentágono. Vía karma o chakra o sabe Brahma qué, sus acólitos levantarían varios palmos del suelo la sede del entonces conocido como complejo militar armamentístico. Esto último lo contaba Norman Mailer en «Los ejércitos de la noche», borracho de ego y whisky como un gorila pero lo suficientemente lúcido como para intuir que la revolución, amamantada entre ganja, misticismo hindú, barbas floridas y gorgoritos de Joan Baez, nació gripada, condenada al vertedero, al involuntario marxismo grouchiano, tiesa.

Cuando entonces no solo creían en sus poderes libertarios los joveznos con cinta en el pelo, los jipis de San Francisco, los que leían signos ocultos en las canciones de los Dead, los sesentayochistas media hora antes de opositar a parlamentario europeo o verde que te quiero verde, no solo, en fin, creyeron los viejos folkies del Village y Newport, desahuciados por las Stratocaster, los niños celestes y sus amigas, los poetas malditos, los traficantes de pulseras ibizencas, los del exilio interior y los curas obreros, los estudiantes divididos entre el catecismo de Gramsci y el de Hendrix, los enamorados de Marshall McLuhan, el bueno de Paco Ibáñez con sus galopes en el Olympia y el siniestro Alfonso Sastre y su no menos tenebrosa cónyuge, la ínclita Eva Forest, no solo, digo, creían con fervor en un mundo nuevo o al menos recién planchado quienes que aliviaban el estudio del catecismo Mao con terapéuticos pajotes pensando en la sensual Nico: también tragaron, entre fascinados y acojonados, los adustos caballeros del Departamento de Estado.

Tenían razones. El soul y el folk pusieron banda sonora a la lucha por los derechos civiles. El rock liberó los cuerpos. En los sesenta cristalizaron no pocas melopeas ideológicas pero, también, parte de los avances sociales que hoy despedimos uno a uno y sin solución de continuidad. A la música le correspondía una influencia social, a sus mensajes una potencia, a sus hacedores un prestigio. Recuerden como los ejercicios espirituales de los Beatles junto a un cantamañanas indio lograrían que muchos abandonasen el nunca bien ponderado yugo de la religiosidad occcidental por su equivalente untado en curry y vestido con sari. ‘Ohio’, de Crosby, Stills, Nash and Young, ejercía como enmienda al belicismo del imperio revuelto contra sus propios ciudadanos. ‘What’s going on’, de Marvin Gaye, auscultaba la realidad social de los EEUU y de la comunidad negra desde posiciones humanistas. Algo similar desarrollaba el gran Curtis Mayfield en joyas como «Curtis» o «Back to the world». Hasta mediados de los ochenta, entre los estertores punk y «la CNN de los negros» del rap (Chuck D), todavía confiamos en la capacidad balística de un verso certero.

A nadie extrañará entonces que los funcionarios y políticos del Departamento de Estado considerasen que la desenvoltura de aquellos príncipes frente al micrófono pudiera usarse como cabayo de Troya contra el enemigo rojo. Los hemos leído estos días en periódicos como el «Daily Mail», tras liberar «Wikileaks» más 1,7 millones de documentos secretos de la diplomacia estadounidense cocinados entre 1973 y 1976. Según explica el periodista David Gardner, alguien pensó que iconos como Bob Dylan, Joni Mitchell o James Taylor ayudarían a socavar los cimientos del comunismo. Lo escribía Walter Stoessel Jr., antiguo embajador de EEUU en Moscú, y luego añadía en su cable que los rusos mostraban poco interés por el soul. Si queríamos desestabilizar se imponían estilos como el country-rock y el bues-rock. ‘American pie’, de Don McLean, o ‘Free man in Paris’, de Mitchell, estaban llamados para erigirse como grandes éxitos entre los tristes soviéticos. Lo más eficaz sería organizar una gira, a la que irían añadiendo nombres tipo Neil Young, Lynyrd Skynryd o, degenerando, Poco. Hechizados por la elocuencia de nuestras estrellas los rusos, pobres, mirarían de frente al gran oso del Estado, sostendrían su fría mirada, sacarían la lengua en gesto despectivo y hasta puede que cuestionaran sus métodos inhumanos. El estrangulamiento de las libertades saltaría por los aires en cuanto le enchufáramos unas dosis de rock intravenoso y camelleáramos con unas gotas zumbadas de contracultura. Quizá no de golpe, pero abrirían huecos, vías, por las que irían colándose los corrosivos ácidos de la disolución y las relampagueantes campanas de la libertad.

 

«El Departamento de Estado organizaba con éxito desde principios de los sesenta giras por todo el mundo de grandes figuras del jazz. Armstrong, Ellington, Monk, Davis o Vaughan recorrieron continentes bajo el patrocinio gubernamental, cuyos mandarines aspiraban, entre otras estratégicas fruslerías, a presentar la imagen de una América libre de racismo»

 

Muchas de esas figuras nunca giraron tras el Telón de Ácero, aunque otros grupos, como Blood, Sweat and Tears, sí fueron reclutados. No solo ellos. Como cuenta Penny M. Von Eschen en su imprescindible «Satchmo blows up de world: jazz ambassadors play de Cold War», el Departamento de Estado organizaba con éxito desde principios de los sesenta giras por todo el mundo de grandes figuras del jazz. Louis Armstrong, Duke Ellington, Thelonius Monk, Miles Davis o Sarah Vaughan recorrieron continentes bajo el patrocinio gubernamental, cuyos mandarines aspiraban, entre otras estratégicas fruslerías, a presentar la imagen de una América libre de racismo, entonces y ahora uno de sus furúnculos menos presentables. Al cabo se trataba de un acuerdo nutricio para ambas partes: los cabezas de huevo de la diplomacia exportaban valores, imagen, lemas, sueños incluso, y los músicos firmaban suculentos contratos e internacionalizaban su audiencia. Pero erraban en Washington si creyeron que el fantasma del racismo o la guerra en Vietnam serían eclipsados por la inmensa sonrisa de Satchmo o la marcial brillantez de la orquesta de Ellington. Una y otra vez, frente a los periodistas y el público extranjeros, los músicos condenaron el oprobio de la segregación y se declararon contrarios a la intervención armada en la antigua Indochina. Con el tiempo Armstrong, que giró por África mientras la CIA orquestaba el asesinato de Patricio Lumumba, montó The Real Ambassadors junto al pianista y compositor Dave Brubeck, «una sátira musical respecto a cómo el Departamento de Estado exportaba el jazz negro como símbolo del triunfo de la democracia estadounidense mientras el país era todavía violentamente racista», según escribe Phil Shannon en su reseña del libro de Eschen para la revista «Green Left». Shannon también recuerda uno de los dardos de Armstrong: «Mira, lo que necesitamos aquí es una gira de buena voluntad por Mississippi».

Con independencia de que, como explicaba recientemente Arcadi Espada refiriéndose a la película chilena «No», centrada en el histórico referéndum que tumbó a Pinochet, la dictadura en Chile llegó de la mano de la CIA y la democracia de la de Coca-Cola, o sea, más allá de que las tácticas propagandísticas de una marca de refrescos, o las intrigas de un papa andariego y esquinado como Juan Pablo II, se demostraron armas más eficaces que los versos y las trompetas, uno no puede sino suspirar ante la influencia que unos adustos estrategas atribuían a la música, antaño voz del descontento y hoy apenas melodía insípida con la que amenizar los quince últimos segundos del telediario, justo tras las declaraciones de Mourinho y antes de las borrascas que soplan fuerte desde el Atlántico, ni siquiera bien situados los artistas en la repisa de jarrones ornamentales perfectamente inocuos.

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