Un gusano en la Gran Manzana: Silencio, el genio Dylan trabajando

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“Nelson explica al escéptico por qué, si amas a Dylan, e incluso si lo detestas pero sientes el menor interés por las misteriosas y falibles leyes que gobiernan la creación de una obra maestra (bueno, en realidad tres, y seguidas), tienes que intentar escuchar el contenido de esta caja”

 

Desde Nueva York, Julio Valdeón explica a creyentes y escépticos la necesidad de escuchar la caja “The cutting edge-65-66”, que desvela los misterios de la creación de la trilogía eléctrica de Dylan.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN.

 

 

–5 de noviembre
Hay que rendirse a la pieza que ha facturado Erik Nelson para “Salon”. Un recorrido minucioso, descacharrante pero también serio, jodidamente serio e importante, sobre los dieciocho discos de “The cutting edge 65-66”, la monstruosa caja que recopila las sesiones de grabación, completas, de la trilogía eléctrica de Bob Dylan. O sea, “Bringing it all back home”, “Highway 61 revisited” y “Blonde on blonde”. Nelson explica al escéptico por qué, si amas a Dylan, e incluso si lo detestas pero sientes el menor interés por las misteriosas y falibles leyes que gobiernan la creación de una obra maestra (bueno, en realidad tres, y seguidas), tienes que intentar escuchar el contenido de esta caja.

Porque, sí, más allá de las innumerables glorias musicales que encierra, con muy pocos iguales en la historia del rock, sobresale la posibilidad de contemplar el proceso de creación del genio. Digo genio sabiendo que la palabra ha sido calcinada por su uso y abuso. Pero amigo, hablamos de Dylan en uno de los momentos esenciales de su carrera. Lo sustantivo, entonces, consiste en caminar, centímetro a centímetro, por la desbocada, sonámbula, inspiradísima, lacerante y sufrida pendiente por la que pedalea un artista completamente sólo ante el peligro. Que no tiene, como explica Nelson, a un Lennon o a un McCarthy para ejercer de sparring. Capaz de marcarse medio “Bringing it all back home” en una noche, y de hacerlo de forma sublime, y de repetir hazaña durante la última sesión de “Blonde on blonde”. Capaz también de ensayar de todas las formas posibles una canción hasta darla por perdida. Recuperarla. Volverla a descartar ante la evidencia de que el sonido, la atmósfera, la magia que fosforece de alguna forma en su cabeza, no acaba de materializarse, no prende, no inflama las pistas ni enloquece la sangre. Para a continuación revivirla, y clavarla sin dejar de sonreír, varias semanas más tarde… ‘Visions of Johanna’, por ejemplo.

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Dice Nelson que cada uno de los discos de la mastodóntica caja funciona como un documental. Algunos más interesantes que otros. Todos imperdibles, imprescindibles, para que comprender cómo nació la bestia de tres cabezas que puso panza arriba la historia de la música en el siglo XX. Más importante incluso: gracias a la ventana que abre nos es dado comprender hasta qué punto el talento descomunal de Dylan iba parejo a su indeclinable decisión por alcanzar unas incandescentes cotas que solo él acertaba a intuir tras las nubes. Costase lo que costase, no cejaría en su empeño. Otro Dylan, un suponer el de las “Basement tapes”, encontrará oro por la vía inversa. La de la improvisación y el puro placer de tocar por tocar. Y otro más encuentra a un artista de nuevo imponente, me refiero entre otras a las sesiones de “Infidels”, pero que había perdido la infalible capacidad para evaluar su propia obra. Mortificado por unas dudas que le llevarían a descartar gemas como ‘Blind Willie McTell’ y, a la postre, herir de forma irreparable el que podía haber sido un disco asombroso. Claro que esas mismas dudas, durante la gestación de “Blood on the tracks”, nos dejaron sin las reveladoras y a menudo hirientes tomas acústicas de varias canciones y, a cambio, ganamos las tomas grabadas meses más tarde, tal vez menos confesionales, menos crudas, pero también más volcánicas. ¿Resultado? Otra obra maestra.

No hay leyes a las que acogerse o rezar en los turbulentos campos de la creación. Si acaso confiar en tu instinto y estar dispuesto a que todo fluya con magmática sencillez. O a que haya que esculpir la canción, el poema, el libro, gota a gota, tendón a tendón y, encima, a cabezazos. Siempre con la garantía de que no hay garantías. Porque de eso hablamos cuando hablamos de arte. Del talento, que se presupone, y también de la ambición, la claridad mental, la dureza y el arrojo que uno debe poner al tapete si aspira a reventar las cajas fuertes del cielo.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Tom Petty los tiene bien puestos.

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