Un gusano en la Gran Manzana: Premios, premios, premios

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“Alegra saber que Bob lee las críticas y gasta memoria de elefante para cualquier afrenta, incluidas las dedicadas por compositores muertos hace siglos”

 

Tras la resaca ‘dylaniana’ de la semana pasada, Bob ha vuelto a la palestra mediática, pero por el revelador discurso que ofreció en el Premio a la persona del año que recibió en la antesala de los Grammy, de los que también escribe Julio Valdeón Blanco.

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

7 de febrero

No hay forma. Comienzas el diario empeñado en evitar a Bob Dylan y al final, zas, se te cuela. El motivo esta semana ha sido la concesión de un premio. El discurso de agradecimiento. Media hora del Bob más revelador, sincero y picajoso que hayamos visto en siglos. A años luz de la habitual tinta de calamar con la que lía a sus biógrafos. Repartiendo mandobles, guiños y abrazos. ¡Justificándose, cielos! Justificando su voz. Sus canciones. Sus influencias. ¡Incluso los «préstamos»! , cuando se suponía que regalaría la habitual ceremonia de la confusión. Todo ello mediante el fraseo registrado, esa encadenada y dulce fumata de palabras que poco a poco, golpe a golpe, amuebla tu cabeza con swing irresistible. Alegra saber que lee las críticas y gasta memoria de elefante para cualquier afrenta, incluidas las dedicadas por compositores muertos hace siglos. ¿Por la mezquindad? Claro. La mezquindad y el rencor lo humanizan. Aunque prefiramos a nuestro Bob esfinge, eternamente burlón y vacunado contra certezas.

Impagable Dylan cuando habló del supuesto empeño en confundir expectativas que habrían guiado sus pasos. “¿Y usted a qué se dedica? Pues mire usted, me alegro de que haga esa pregunta. Yo, en realidad, a confundir expectativas”; cuando resultaba obvio que el mero discurso, lo que dijo y cómo, fue otro ejemplo de una carrera consagrada a calcinar obviedades para moverse, eterno tiburón atravesado de misterios e incapaz de nadar al ritmo que otros tocan. Al final del acto, con Neil Young, Bruce Springsteen, Tom Jones, Sheryl Crow, Beck, etcétera sobre las tablas, cuando se suponía que debía subir para acompañarles, no hubo tal. Suponemos que se retiró a su palacete con vistas al Pacífico. A emborronar papeles con un bourbon en la mano izquierda y un caliqueño entre los labios. A pasear descalzo entre pegotes de óleo, fotografías de Hank Williams y esculturas a medio rematar, las ventanas del pabellón abiertas para que el viento azul de la medianoche agite los libros de Shakespeare y mezcle su coro con el dulce ulular de Mississippi John Hurt o Skip James.

 

8 de febrero

El domingo se celebraron los Grammy. Los simultaneé con el visionado en diferido –vía web– de los Goya. Revelador contraste. Los primeros son rápidos, ágiles, potentes y, al cabo, aburridos; los segundos hicieron gala de incorrección, bendito cachondeo, surrealismo imagino que involuntario y acabaron malbaratados por culpa de un exceso de metraje. Descontados mil y un peros, ambos honraron la música. Alguien dirá que en el caso de los Grammy la más predecible, la que bendicen los ejecutivos y compran los nenes, mientras los Goyas invadían un terreno que es suyo muy de refilón (Peret y Paco de Lucía): igual que esas especies foráneas que en ausencia de las autóctonas, al borde de la extinción a golpe de posta, estricnina y mixomatosis, conquistan un ecosistema.

Respecto a los Grammy, como es costumbre, conviene enfocar hacia los artistas, mmm, digamos periféricos. La pedrea está repartida más allá de ídolos planos, cutres, bobos, sempiternos, fáciles, mentirosos, plastificados, tipo Katy Perry o Beyoncé: “Syro” de Aphex Twin, Jack White y su “Lazaretto”, el jazz de Chico O’Farrill & The Afro Latin Jazz Orchestra, St. Vincent, John Hiatt y Sturgill Simpson, Chick Corea, Rubén Blades, los fabulosos Calle 13 y su “Multi viral”, o ese misil melancólico y austero firmado por Rosanne Cash, “The river & the thread”. Qué tristeza pensar en España y nuestra incapacidad para cocinar un menú similar.

Sí, ya, lo admito: no sugestiona imaginar una gala con Bisbal, Enrique Iglesias, Pablo Alborán, etc. Con suerte (ok, mucha suerte) también encontraríamos a La Bien Querida y Los Planetas, Nacho Vegas y Loquillo, Sabina y Bunbury, Jorge Drexler y Los Enemigos. Básicamente porque si atienden a sus equivalentes cinematográficos, Oscar o Goya son capaces de conjugar espectáculo y vergüenza torera: las nominadas son “Boyhood” y “Birdman”, “La isla mínima” y “Magical girl”, no “Torrente 5” o cualquier comedieta de Jennifer Aniston, o sea, los equivalentes a Shakira o Bustamante, que pudrirían la mínima credibilidad necesaria. A los Melendi y compañía, en el mundo del cine los nominan en las categorías técnicas, mejor maquillaje y así. Los Grammy, por el contrario, prefieren situarlos bajo los grandes focos, y claro, no hay dios que se lo crea, pero al menos en EE.UU. la industria entiende que algo hay que hacer (aunque sea el ridículo), mientras que nuestra incapacidad para montar un triste espectáculo explica unas cuantas cosas respecto a la debacle del entramado musical español.

Anterior entrega de Un gusano en la Gran Manzana: Sombras en la noche.

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