Triángulo de Amor Bizarro: Nihilismo, política y religión a golpe de distorsión

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«Un disco combativo, impactante y sólido. Siguen siendo los reyes de la distorsión, pero ahora los mensajes son más directos»

 

César Prieto se detiene en Mi catedral, el séptimo álbum de estudio de los gallegos Triángulo de Amor Bizarro y en el que se consolidan como trío. Nueve historias cargadas de energía y contrastes.

 

Texto: CÉSAR PRIETO.
Foto: SONIDO MUCHACHO.

 

Sin que nada cambie, porque la fórmula funciona a las mil maravillas, Triángulo de Amor Bizarro han dado un pequeño golpe de volante a ese ruido y esa distorsión que les resultan tan útiles para contar historias. Historias que, en su nuevo disco, Mi catedral, revienen directas, oscuras y llenas de energía.

Ya “SMT en el Palacio Real” cuenta con una introducción arriesgada. Un piano dramático y la voz de Isabel Cea que se rasga. Ella se encargará de los momentos más rabiosos y los mensajes más claros sobre la sociedad actual, que utiliza imágenes primigenias que aluden a la invasión de la tecnología que nos sitia, como dioses antiguos, con un final distorsionado y sublime. “Odio a mi generación”, con más componentes electrónicos, tiene un sesgo partidista con imágenes de fantasía heroica. Hay un rechazo del nihilismo como marca generacional y un ruidismo provocador. Si fuera un poco más sobria, se convertiría en una canción de Los Punsetes.

Quizá la cumbre, aunque en el disco hay varias cumbres, sea la canción que le da título. “Mi catedral”, nunca un título fue el mejor puesto, revela una gravedad sonora en su sonido y una rabia instrumental que rememoran las armonías de un órgano en una iglesia, aunque no tiene sentido religioso, sino que es un alegato de independencia, libertad y construcción de espacios propios. El grupo sabe que cada persona solo se pertenece a sí misma.

Los mensajes sociales y políticos son continuos. El grupo se moja, y en “BBBMV a.r.m.a.s” señalan que Dios muere todos los días en Palestina. Atentos a la actualidad y con posturas clara, atacan a la industria militar con fuerza y sonido denso, ruidoso, y con la cortante proclama de que los discursos de fe hoy sirven para justificar el ataque y la violencia. “Matar a un rey” tiene una letra más críptica e incide en las mismas alusiones a que el mundo se cae a pedazos. Es un torrente de imágenes sobre el espacio sociopolítico que hablan de romper con el poder y la frustración. Religión y política se contaminan entre sí con guitarras abrasivas y aire de rebelión.

A partir de aquí las canciones se apartan del camino general y recorren otros cauces. “Media vida” es un rock desquiciado a la manera de las primeras canciones de Javier Corcobado, para pintar el derrumbe de una relación sentimental en la que se espera que la rutina explote por algún lado. En la esquina contraria, “En la corte del rey E.”, guiada por una línea de bajo, se desarrolla una historia de amor constante más allá de la muerte, con un fondo espectral. Si el grupo trabaja algo de manera magistral son los fondos instrumentales.

También de amor es “Diosas adolescentes”, todo literatura: ese fulgor en los ojos del Renacimiento en el que la mirada expandía fluidos que llegaban al corazón, la amada en el amado transformada por mor de guitarras densas y una batería a piñón.

“Este contra oeste”, extrañamente parecida a “La pluma eléctrica”, posee una base de krautrock, marca conflictos geopolíticos y ataques antisociales ante la falta de alternativas. “Sacrificio” toma otro camino. En principio, es más pop, y en su letra desfilan antiguas meigas y fuerzas de la naturaleza que se revelan como la verdadera realidad.

Pero si hay una canción que se aparta de todo el imaginario del grupo, es “Pat a trenca”. Se trata de una canción más orgánica y que aborda un caso real. Trece niños de once años entraron en casa de un profesor de métodos bastante rígidos para destrozarla. La fuerza de esos niños se convierte en guitarras secas, coros sobre ellas y tensión que lleva hasta la liberación.

Así son ellos, como esos niños, y han hecho un disco combativo, impactante y sólido. Siguen siendo los reyes de la distorsión, pero ahora los mensajes son más directos que nunca, quizá porque la situación que vive el mundo ya no requiere de metáforas.

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