Transvision Vamp y el último himno de los ochenta

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«Wendy se convirtió en la imagen del grupo gracias a su fiereza indómita encima del escenario y delante de las cámaras»

 

Sara Morales cuenta la historia de “Baby I don’t care”, el célebre tema que la banda inglesa Transvision Vamp publicó en 1989 y los lanzó al estrellato con su segundo disco.

 

Texto: SARA MORALES.

 

La distorsión de una guitarra desgastada en cuerdas que chirrían rompiendo el silencio abre paso al alarido salvaje de Wendy James. Enseguida, una batería acompasada de furia se empeña en sobresalir para cincelar el ruido. Arranca «Baby I don’t care».
Segundos de sonido indemnes al tiempo por lograr, pese al correr de las décadas, alzarse como una de las intros más reconocible del rock. Para la que no importan los calendarios, los géneros, ni el paladar destinatario… Siempre ha sido una canción que se sabe continuar en cuanto empieza a sonar.

Han pasado treinta años ya desde que Transvision Vamp dieran en la diana del éxito con este single. El sexto de una carrera que presumía imparable desde que la iniciaron en el Londres de 1986 y que, acertadamente, sirvió para adelantar su segundo álbum de estudio en 1989, Velveteen.

 

POPularizando el punk

Cuando el guitarrista y compositor Nick Sayer conoció a Wendy a mediados de los ochenta, no tardó en ver en ella a la embajadora perfecta para materializar sus letras. Una ristra de canciones que en buena parte venían cocinadas desde la soledad de su apartamento en Brighton, antes de la fundación de la banda, y a las que esta joven de veinte años inquieta y alocada, con fascinación por Debbie Harry, iba a empezar a darles voz.

Se establecieron en Londres y allí terminaron de completar el esqueleto del proyecto con la llegada del batería Pol Burton, el bajista Dave Parsons y el teclista Tex Axile. Estos dos últimos, antiguos militantes del movimiento punk con sus trabajos anteriores en The Partisans y The Moors Murderers respectivamente, serían los responsables de ese deje callejero entre el garaje y el punk rock que perfiló en parte el sonido de Transvision Vamp, aunque siempre domesticado, manso y pulido para ir dosificándolo en pequeños sorbos de un teen pop que se metió a la masa en el bolsillo.

Con su primer álbum, Pop art, que llegó en 1988, se hicieron oír. Pero sobre todo ver. Porque Wendy no solo se empleó en entonar las canciones a base de piruetas vocales cuando tocaba, sino que se convirtió en la imagen del grupo gracias a su fiereza indómita encima del escenario y delante de las cámaras, con la que explotaba su indisciplina edulcorada y su sensualidad entre adolescentes. Y cuando empezaban a ser considerados en el panorama musical gracias a su álbum de debut, pero también a su visual pack, Transvision Vamp hicieron saltar todo por los aires dando el pelotazo definitivo con la llegada de «Baby, I don’t care».

 

Cariño, no me importa

Sayer escribió esta canción para Wendy. Además de que durante un tiempo estuvieron unidos también sentimentalmente, él sabía cuál era el filón del que tirar, el mismo con el que habían enganchado al público y conectado con la crítica: la cantante bonita y rebelde respaldada por una banda de tíos duros que le dan al rock, mientras ella se posiciona, saca carácter y termina engulléndolos a todos por ser la verdadera mecha escénica ante los focos. Eran otros tiempos, había nacido el Blonde Pop y Transvision Vamp serían uno de sus principales emisarios.

Grabado y publicado en marzo de 1989 en Londres, junto a los productores Duncan Bridgeman y Zeus B. Held, «Baby, I don’t care» se gestó como un single solitario con la única misión de caldear el ambiente de cara al lanzamiento del segundo álbum de estudio del grupo, Velveteen. Sin embargo, el disco, que vería la luz seis meses más tarde, acabaría incluyendo el tema en su repertorio a consecuencia de la euforia suscitada a nivel mundial por esa mezcla de energía desatada y neurótica, a la vez que asequible y cómplice del pop de masas que destila.

El álbum consiguió alzar los laureles de unas buenas posiciones en el ranking británico; además, sería el último trabajo publicado por la banda unida, pues el tercero llegaría en 1991 con el grupo ya disuelto y las negativas de su sello (MCA Records) para darle cancha.

Pero «Baby, I don’t care» se bastó solo. Mientras alcanzaba el tercer puesto en las listas de éxitos de Reino Unido y Australia durante varias semanas en aquel 1989, con calurosa acogida también en el resto de Europa y Norteamérica, conseguía traspasar la brecha del tiempo quedando como uno de los temas más representativos de los últimos ochenta. No le hizo falta nada más para congraciarse con una generación que lo añadiría a su lista de hits perennes y que, todavía hoy, es arrastrado hasta el cine, la televisión y las interminables playlist que bucean por la memoria colectiva.

 

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