Tormentas imaginarias, de 091, poniendo orden a lo imprevisible

Autor:

«Con este disco dejan de perseguir algo para empezar a afirmarse. No son una promesa. No son una realidad comercial. Son una anomalía»

 

Carmen K. Salmerón viaja hasta 1993 para rescatar el sexto álbum de estudio de 091, Tormentas imaginarias. Un disco que destacó por su rock sólido y la madurez de sus composiciones.

 

Texto: CARMEN K. SALMERÓN.

 

Hay discos que se revelan. Como esas tormentas de verano en Granada que empiezan siendo un murmullo en el aire y acaban partiendo la tarde en dos. Tormentas imaginarias pertenece a esa categoría: la de los trabajos que no piden permiso, que simplemente ocurren.

En Granada hay una obsesión casi mística por leer las señales. Un presentimiento de catástrofe o de iluminación, según el día. Aquí, el aviso está en “Es solo una señal”: título que funciona como advertencia y como programa estético. Nada es casual, todo está a punto de romperse.
En 1993, 091 ya no son unos chavales con hambre. Quizá, supervivientes con discurso. Han cruzado esa frontera invisible de los treinta donde el entusiasmo empieza a pagar impuestos. Y eso se nota: las letras abandonan la inmediatez juvenil para hablar del desgaste, del roce con la vida y su precio.

También hay un cambio en el sonido. La entrada de Víctor Lapido es una mutación. La guitarra gana intención narrativa. El resultado es un sonido más denso, sin perder filo. 091 se despega definitivamente de sus etiquetas iniciales. Ya no son garaje, ni punk, ni post-punk. Siguen siendo existencialistas, eso sí.

Para entender Tormentas imaginarias, conviene mirar atrás sin nostalgia. Desde el nervio garajero inicial —recordemos Más de 100 lobos, producido por Joe Strummer—, los Cero habían ido quemando etapas con una mezcla de intuición y cabezonería. Pero aquí ocurre otra cosa: dejan de perseguir algo para empezar a afirmarse. No son una promesa. No son una realidad comercial. Son una anomalía.

Y eso, en el contexto del rock español de la época —tan proclive al disfraz, al estribillo fácil y a la estética importada— roza el gesto político.
Hay canciones que funcionan como nodos biográficos. Si en “El baile de la desesperación” (Zafiro, 1991), ya habían conectado con esa tradición amarga que va de Enrique Morente a la relectura eléctrica del dolor cotidiano, aquí, “Otros como yo” se levanta como una elegía del ego: un canto a la identidad cuando ya no queda épica posible. La épica de lo pequeño.

El álbum está lleno de esas pequeñas piezas de resistencia doméstica. Canciones que no buscan el himno, pero lo rozan, como “Zapatos de piel de caimán”, que en su momento pasó casi de puntillas, pero que décadas después ha terminado dando título al libro de Juan Jesús García sobre la historia musical de Granada. Ironías del tiempo: lo que no explotó entonces, sedimenta ahora como legado.

Granada no es solo un lugar. Es un ecosistema. Detrás de esa efervescencia cultural había figuras menos visibles pero decisivas, como Paco Ramírez, cuyo regreso tras el franquismo activó una red creativa donde coincidían nombres como Morente, Antonio Arias, Lapido o Tacho García, —el pegamento—, sobrino de Ramírez y batería de 091. Granada-Ramírez, cruce de caminos donde el flamenco, el rock y la intuición compartieron mesa, ensayo, piscina y madrugada.

Hasta la portada juega en otra liga. Pertenece a esa arqueología invisible del diseño musical español que rara vez se documenta. El colectivo Artefacto, responsable del concepto, se diluye en la niebla digital como si nunca hubiera existido. Otra señal más.

Hay algo casi presocrático en este disco. Como si, al igual que Tales de Mileto con sus intuiciones matemáticas, 091 estuvieran intentando poner orden a lo imprevisible. Nombrar la tormenta antes de que estalle.

Un grupo capaz de hacer semejante disco pertenece a la eternidad.

Artículos relacionados