Time to start kickin’ ass (1998), de Aerobitch

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OPERACIÓN RESCAT

«La maquina Aerobitch se movía sobre unas guitarras agresivas en su punto justo, sin sitio para ornamentos»

Veinte años después de su publicación, Fernando Ballesteros recupera el segundo disco de los madrileños Aerobitch. Un acelerado repertorio de punk y rock and roll.


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Aerobitch
Time to start kickin’ ass
PUNCH RECORDS, 1998


Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

Hace unos días volví a escuchar a Aerobitch. Había pasado bastante tiempo desde la última vez. El caso es que la banda madrileña reapareció en mi cabeza y con la rapidez de una de sus canciones me fui a la estantería a cazar su segundo disco. No había caído aún en que este año cumplía los veinte. Así que, antes de que acabe 2018, había que celebrar el aniversario. Se imponía una operación rescate.

Aquel álbum mejoraba las prestaciones de su debut, C’mon cop, make my day, que había visto la luz dos años antes. Rodados en decenas de conciertos, con mucha carretera a sus espaldas, habían llegado a un punto en el que estaban perfectamente capacitados para plasmar en el estudio el estallido de potencia que desplegaban sobre el escenario.

Y este era el momento en el que el grupo, tras sufrir desde su comienzo varios cambios de formación y ya convertido en quinteto, encaró la grabación de su reválida. Su primer largo les había puesto en el mapa de una escena que pronto se les iba a quedar pequeña. La suya era una apuesta con méritos para ir más allá y, desde luego, no se puede negar que ellos lo pusieron todo de su parte. Time to start kickin’ass era media hora escasa de rock and roll acelerado, puro punk and roll, editado por su propio sello Punch Records. Una descarga que, después de una nueva escucha, te sugiere palabras como crudeza. Desde el arrebatador disparo de salida que supone “Hey Jimmy” no hay respiro. Los tres primeros cartuchos son tres plenos. “Queen of rock and roll” y la pegadiza “How many times” van al grano sin rodeos. No hay tiempo muerto que valga y el cambio de ritmo, si aparece, solo tiene una posibilidad: de rápido a más rápido aún. Hay que esperar a “Do it right” con su garra rockera, para asistir a un tempo ligeramente diferente, con sus matices, un buen trabajo de las guitarras y la voz de Laura mandando.



La reacción, al “reposo” son los cuarenta segundos de “Steamroller blues”, una explosión fugaz que da paso a “Run them over” rock and roll acelerado y, con sus pocos más de tres minutos, la canción más larga del disco. Ahí están la potencia de “Gotta go” y “This is killing me”, “She’s the master” y sus toques hardcore, “Never thought” o “Any price” y la demostración de que, cuando ya parecía que la garganta de Laura no podía ir a más, todavía era capaz de sorprender. Muestras de la personalidad de una obra que, haciendo honor a su título, pateaba culos hasta el último segundo.



Propulsada por una base rítmica contundente, la maquina Aerobitch se movía sobre unas guitarras agresivas en su punto justo, sin sitio para ornamentos y, por encima del resto de ingredientes, la voz de Laura Pardo, que iba al límite. Una voz de esas que no se dejan nada.



Influencias y acogida

Los referentes de su propuesta había que buscarlos lejos: Dwarves, Supersuckers, Pagans y, por supuesto, cuando hablamos de darle velocidad y mala leche al rock and roll, el nombre de Motorhead tiene que aparecer en algún momento. En cualquier caso, lo suyo, estaba muy lejos de lo que entendíamos por punk por estos pagos una década antes. No había rastro en ellos de aquellos nombres de los ochenta con su temática política local como motor. Esta era otra historia.

El público y la crítica recibió el disco como se merecía, pero dentro de unos límites que a Aerobitch se le iban a quedar pequeños. Lejos de conformarse con las buenas críticas, ellos querían ir más allá, así que giraron por Europa en varias ocasiones, compartiendo cartel con algunos de los grupos que estaban tomando nuestras salas procedentes de tierras escandinavas, y publicaron para sellos extranjeros, pues su nombre traspasó nuestras fronteras para hacerse un hueco entre otros públicos.

Dos años después, Steamrollin (Punch Records) se convirtió en la despedida de la banda. Y aunque no nos dio tiempo a disfrutar de él mucho tiempo antes de la separación, los años sitúan aquel postrero ramillete de canciones cerca de los logros de Time to start kickin’ass.



Ruptura

En definitiva, Aerobitch no era un mero pasatiempo para sus miembros. Tal vez tras el desgaste de una experiencia tan intensa como su música estén las respuestas a una separación que su cantante anunciaba a comienzos de 2001. Directa y clara, igual que cuando agarraba el micro, dejaba claro su orgullo por el camino recorrido durante siete años junto a sus compañeros. Pero era el momento de decir adiós.

Los otros cuatro Aerobitch decidieron que, sin ella, el grupo dejaba de existir y que había que partir desde cero. Porque el bajista Nacho y los guitarras Ivar y Mario querían seguir en la carretera. No estaban dispuestos a parar, así que unieron sus fuerzas a las de Txemo, el último batería con el que habían tocado en Aerobitch, y decidieron poner en marcha un nuevo proyecto: nacían Muletrain. Otra historia que bien merecería un próximo rescate.

Entre el público, en aquellas primeras actuaciones, se encontraba Servan, que se iba a convertir en el batería de la banda. Compaginó los tambores con su labor al frente del Colectivo de Trabajadores Culturales La Felguera, una iniciativa que terminaría convirtiéndose en una de las editoriales independientes más interesantes que podemos disfrutar hoy en día, referencia ineludible cuando se trata de indagar en el subusuelo. Las portadas de sus mágicos libros, algunos escritos por el propio Servando Rocha, conquistan a primera vista, y ese mérito tiene nombre propio y pasado en Aerobitch: Mario Riviére, también ex-Muletrain y uno de los artíficies del disco de este disco.

Para terminar con este juego de conexiones por el que a veces nos deslizamos, conviene tener presente que Laura Pardo nos hace recordar, alguna que otra madrugada en Radio Nacional, que su cultura musical es kilométrica. Pero hoy habíamos venido a recordar Time to start kickin’ ass y, por extensión, la carrera de un grupo que, como apuntó la vocalista en su despedida, nos dejó tres discos cojonudos. Vuelvan a escucharlos. 

Anterior entrega de Operación rescate: No more heroes (1977), de The Stranglers.

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