The Rolling Stones, se fue llorando el último farol

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«Lástima que esa banda no haya sido capaz de firmar en el siglo XXI ningún álbum tan redondo como los de sus grandes coetáneos e iguales»

 

Luis Lapuente analiza el nuevo disco de los Rolling Stones, Foreign tongues (Polydor/Geffen, 2026). Una colección de catorce canciones con momentos «majestuosos» y también «decepcionantes».

 


Texto: LUIS LAPUENTE.
Foto: UNIVERSAL.

 

En las páginas de The Guardian comentan que «Mick Jagger presentó recientemente el vigésimo quinto álbum de los Rolling Stones afirmando: “Lo que demuestra este disco es que los Stones son un grupo de rock que también es capaz de hacer baladas, música country o música bailable. Así que no nos quedamos estancados en un solo estilo”. Lo mismo podría decirse de numerosas bandas, pero a lo que probablemente se refería el cantante es que los Stones siempre han sido capaces de hacer todo esto sin dejar de sonar totalmente como ellos mismos. Nadie más ha sido capaz de construir esa torre de sonido tan característica de los Stones, que parece a punto de desmoronarse en cualquier momento, pero que, de alguna manera, nunca lo hace».

Siempre a punto de desmoronarse, sí. Cuesta trabajo entender las razones últimas (conflictos de intereses, enemistades personales, pereza de millonario acomodado) de la pasmosa sequía creativa que ha asolado durante casi cuatro décadas a una banda capaz de grabar álbumes canónicos como Exile on Main street (1972), Some girls (1978) o Tatto you (1981), por citar sus últimos tres grandes elepés. Víctimas de su propia leyenda, los Rolling Stones se convirtieron hace mucho tiempo en una formidable maquinaria comercial, con tanta capacidad para llenar estadios deportivos como para publicar discos irregulares o decepcionantes, salvados a duras penas por su reconocida profesionalidad. Mientras, tanto Keith Richards como Charlie Watts parecían disfrutar con sus aventuras en solitario, fuera del radar de los grandes medios. Quizá por eso, nadie o casi nadie esperaba mucho de los Stones en el siglo XXI. Ah, pero Mick Jagger está hecho de otra pasta.

Como dice Carlos Rodríguez Duque, director de Yesterday’s papers/Los papeles del ayer, el mejor fanzine publicado en el mundo sobre los Rolling Stones, «Foreign tongues es el proyecto de Jagger en solitario, con Richards y Wood de colaboradores, cerrando su carrera en plan triunfador absoluto, por K.O. y a los puntos (aunque sobren casi todas las canciones del álbum). Y se lo merece, porque él es quien anda tirando del grupo los últimos quince o veinte años». Desde luego, los hechos le avalan: ni rastro de Kiz en la presentación del álbum en Londres, donde solo se presentaron Jagger y Ron Wood.

Hizo bien en no aparecer: mejor cuidar de su artritis y escuchar viejos discos de reggae, que contribuir al enésimo ejercicio de mercadotecnia de la empresa. Bueno, vale, si nos centramos en la música, en las nuevas canciones, todo suena muy pulcro, demasiado limpio, aséptico, quirúrgico: una ristra de fotocopias aseadas de antiguos himnos, el molde cuidadosamente restaurado por el productor Andrew Watt ya en el trabajo anterior del grupo, esos Diamantes de Hackney que dejaron tres o cuatro canciones para el recuerdo, más o menos las mismas que este álbum, mucho más paladeables ambos si se hubieran quedado en un epé de los de antes.

Claro que hay momentos majestuosos, faltaría más. El mejor de calle, el único en que aún se escuchan las baquetas de Charlie Watts, “Hit me in the head”, donde las guitarras te penetran como cuchillos afilados y la garganta de Jagger escupe versos de rabia: «Me despierto por la mañana y me dan ganas de vomitar, / y aguanto un montón de mierda, un montón de maltratos (…) No me importa si vivo o muero, / no me importa si río o lloro.  / Dame una canción que no pueda cantar. / Dame una campana que no pueda hacer sonar».

A su lado, canciones bochornosas, como “Jealous lover”, “Mr. Charm” o “In the stars”, que producen vergüenza ajena en quienes amamos los viejos clásicos imbatibles, “Out of time”, “Paint it black”, “Under my thumb”, “Salt of the earth”, “She’s a rainbow”, “Midnight rambler”, “Happy”, donde no cabían la impostura ni las componendas ni esos falsos falsetes que no le hacen falta a Mick: mejor no emular a Curtis Mayfield quien ya lo borda con Don Covay. Tampoco funcionan las versiones de Amy Winehouse (más que prescindible “You know I’m no good”) y Chuck Berry, cuyo “Beautiful Delilah” convierten en una engañifa indigna de los Jagger y Richards que sí acertaron en su último homenaje al blues de Chess Records, el excelente Blue & lonesome (2016).

Bien por Jagger, pues, que no ha elegido el mejor modo de despedirse, pero lo ha hecho a su manera, agitando los miles, millones de mecheros entregados en el gran estadio del mundo, ese que seguirá celebrando siempre a una banda responsable de algunas de las canciones más vitales e influyentes que se han compuesto jamás en el planeta rock. Lástima que esa banda no haya sido capaz de firmar en el siglo XXI ningún álbum tan redondo como los de sus grandes coetáneos e iguales, Ray Davies (Americana, 2017), Brian Wilson (Gettin’ it over my head, 2004), Bob Dylan (Modern times, 2006).

Ay, Cátulo Castillo y Aníbal Troilo glosaron sin saberlo, en uno de sus tangos inmortales, la amarga sensación que te deja finalmente Foreign tongues: «Me dijo adiós, adiós, ya sin sonido, / su corazón de luna y caracol… / Por la calle sin fin que va al olvido / se fue llorando el último farol».

 

 

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