
«Toda una experiencia inmersiva. No es simplemente rock and roll, Ian Astbury siempre ha aspirado a más, no por arrogancia, sino por instinto natural»
Ignacio Reyo regresa hasta el sexto álbum de estudio y homónimo de The Cult. Un disco de cambios con el que se acercaron al rock alternativo y al grunge de la época.
Texto: IGNACIO REYO.
The Cult se reinventaron a sí mismos a través del disco homónimo. Un álbum fascinante que, para muchos, góticos y hard rockeros que llegaron hasta Ceremony, ha quedado en el leteo.
Cuando se filtraron en forma de pirata los ensayos de U2 en 1991, bajo un cuádruple vinilo titulado The new U2 rehersals & full versions, se intuía un cambio de sonido, pero no la revolución sónica que iba a suponer la realización ese mismo año de Achtung baby. Álbum de mecha larga, haría explosionar cánones y sería tan revolucionario como el segundo de Nirvana. De facto, el productor de Nevermind, Butch Vig, a raíz de hacer remezclas a U2 inventó un fascinante nuevo grupo, Garbage. La onda expansiva alcanzaría a Depeche Mode, que hibridarían más su clásica electrónica con el rock, y también a los protagonistas de estas líneas, The Cult.
Ya en 1992, volvieron a acudir a Rick Rubin para que les produjera la canción “The witch”, que adhería la electrónica y un esquema atípico para lo que se presuponía que debía esperarse de The Cult. Ian Astbury, el querido enfant terrible y cabeza experimental de la banda, en contraposición a Billy Duffy, más dado a las zonas de confort, iba con todo. Al final, el disco homónimo, mal llamado en este país como el disco de la cabra (me corrigió el propio Astbury: es una oveja de Mann) terminó en manos de Bob Rock.
Según el chamánico vocalista: «Es un disco de garaje. Tuvimos que hacerlo porque no podíamos seguir… Después de Ceremony… Ceremony era una continuación de Sonic temple, como los restos de Sonic temple. Yo no estaba muy contento con el productor que habíamos elegido, quería trabajar con Rick Rubin, que es más orgánico, y Billy (y el mánager) quería trabajar otra vez con Bob Rock. Dije que no, que deberíamos trabajar con Rick Rubin. Ya había escrito “The witch” y ese iba a ser el sonido. Creía que teníamos que ir en esa dirección, intentarlo y entender de verdad qué es ser autores, ser creativos, ser artistas».
«Hay buenos momentos, en la mayor parte superamos las cotas de Sonic temple», continuaba diciendo. «Fue una época complicada y muy importante para nosotros, para empezar de nuevo. ¡Año cero! El disco fue casi una maqueta de la infancia, de los comienzos, un disco garajero en el que estábamos experimentando. Tocábamos una especie de jazz de Weimar degenerado con bajos y baterías de la Velvet Underground. Yo intentaba aunar todo eso más, como los Beatles en su última etapa. Ellos querían tocarlo todo por separado y es lo que yo quería hacer con The Cult, destruirlo completamente. Y después recomponerlo. Pero Bob Rock seguía pensando en términos más formales, con arreglos muy típicos y esas cosas. Si nos hubiésemos ido con Rick Rubin, hubiera sido completamente diferente, y en vez de eso, Rick hizo el Blood sugar sex magik».
A pesar del inconformismo hacia la figura de Rock, este, que es quien más se ha sentado en la mesa de mezclas en los álbumes de la banda, demostró su versatilidad, llevando a la realidad las iconoclastas ideas de Astbury y los riffs rockeros de Duffy.
A la suma de ambos, se unía la sección rítmica entre Scott Garrett a la batería y el entonces ex bajista de The Mission, Graig Adams, dando dinamismo y una sensación de liberación, de patrones poco usuales. Duffy da otra perspectiva de cómo se fraguó: «Rick Rubin venía y decía “Ok, llamadme cuando las canciones estén terminadas”. Eso es lo que hace Rick. Rick no es músico. Es una especie de visionario. Es productor. Entonces lo que hizo fue dejar que George Draculius se quedara con nosotros y simplemente la química no funcionó. Al final, Bob Rock entró y todo el álbum se hizo de una manera muy experimental. No podría haber sido más distinto de lo que solíamos hacer. Cada día era una aventura, un mes entero de creatividad. Y, básicamente, intenté cambiar la forma en que tocaba la guitarra. Usé guitarras muy distintas».
Finalmente, igual que hizo Bob Rock cuando lo entrevisté, menciona el ínclito elepé de U2: «The Cult del 94, fue nuestro Achtung baby en el sentido de que entramos al estudio y básicamente reinventamos a la banda».
Desde la apertura más orgánica con “Gone”, pasando por los singles “Coming down”, “Star” o “Universal you”, The Cult transmitían una nueva sensación. Atrás el hard rock, las motos e incluso el rock gótico primigenio. Esto era rock, sí, pero rock de lo que se iba a llamar de finales del siglo XX, primando la innovación y arreglos excepcionales, con una sinuosa electrónica adhiriéndose a los temas.
Según Craig Adams, hasta el lugar era motivo de mutación. «Lo grabamos en los estudios de Bryan Adams en Vancouver, con Bob Rock. El estudio era una especie de gran almacén, con una gran mesa de mezclas en otra habitación. Nos situamos en áreas específicas, así que cada uno podía adornarla con lo que quisiera… Pinturas, estatuas, muebles, y muchas más cosas extrañas. Solíamos ensayar y organizar las canciones durante el día, luego sobre las seis de la tarde comenzábamos las canciones y a escoger diferentes tomas».
Recientemente le pregunté a Bunbury por este disco, declarando el cantante que, aunque le gusta, deberían haber arriesgado aún más. Particularmente, creo que The Cult fue el inicio de un nuevo cariz en la discografía de la banda, la segunda parte a la que siguieron álbumes tan brillantes como Beyond good and evil, Born into this, Choice of weapon, Hidden city y Under the midnight sun.
El álbum homónimo consigue la consigna contradictoria de sonar a su época y a la vez ser atemporal, algo que también se da en el big bang de todo, Achtung baby, y en discos de la talla de Songs of faith and devotion de Depeche Mode, Neverland de The Mission, el debut de Garbage, aparte de la apertura para que NIN se introdujeran con The downward spiral. Tanto dentro de ese contexto, como fuera de él, The Cult se convierte en toda una experiencia inmersiva, tatuándose sus canciones en nuestra mente, estimulando varios sentidos. No es simplemente rock and roll, porque Ian Astbury siempre ha aspirado a más, no por arrogancia, sino por instinto natural.



















