Terry Callier: Lágrimas de compromiso

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«Ahora puedo por fin escribir lo que pienso sobre África, sobre el pasado, el presente y el futuro de mi raza en Estados Unidos. Nadie me indica lo que está bien y lo que está mal»

 

Recuperamos esta entrevista con Terry Callier que Luis Lapuente realizó en 2004 y que se publicó originalmente en EFE EME 63. Sirva de homenaje al maestro recién fallecido.

 

 

Texto: LUIS LAPUENTE.
 

 

Desde su feliz reaparición en 1998, con el álbum “Timepeace”, Terry Callier ha mantenido una actividad artística inusitada, publicando seis discos (al menos los tres últimos, sobresalientes) y visitando a menudo escenarios, como los españoles, hasta entonces desconocidos. Pero Callier ya es más que una vieja gloria del soul/folk de Chicago rescatada por los fanáticos del acid jazz y el nuevo soul bailable, como demuestra en el repertorio de Lookin’ out, un trabajo exquisito, con canciones mágicas como ‘Paris blues’ o ‘Africa now’, que representa en más de un aspecto la cima de su carrera, quizás el primero que retrata al cantante en total libertad creativa, cercano a ese modelo envidiable de absoluta espiritualidad encarnada en la música que el autor de ‘Ordinary Joe’ encontró en el cuarteto clásico de John Coltrane interpretando ‘A love supreme’.

Terry Callier (Chicago, 24 de mayo de 1945) vivió la época dorada del soul de Chicago, primero como amigo y vecino de los grandes vocalistas (Curtis Mayfield, Jerry Butler, Gene Chandler, Major Lance, etc) y enseguida como compositor en el célebre Chicago Songwriters Workshop, el Taller de Compositores de Chicago dirigido por Jerry Butler, donde escribió algunos éxitos para la discográfica Chess y donde conoció a su inseparable Charles Stepney, uno de los nombres básicos del soul de la Ciudad del Viento. En 1968 debutó en solitario en el anagrama especializado en jazz Prestige con un álbum legendario, «The new folk sound of Terry Callier», grabado en 1965 y producido por el histórico Samuel Charters, que presentaba a un cantautor de rara sensibilidad, capaz de emular a Coltrane con guitarra de palo y de abrir caminos inéditos al soul de su época, colindantes con el legado de gigantes como Donny Hathaway o Bill Withers.

Entre 1972 y 1975, Callier se estableció en el subsidiario Cadet de Chess, donde publicó tres álbumes espléndidos («Ocasional rain», «What colour is love?» y «I just can’t help myself»), años después elevados a la categoría de artículo de culto en los cenáculos del northern soul, merced a canciones magnéticas como ‘Ordinary Joe’ o la propia ‘What colour is love?’. Tras la desaparición de la mítica compañía de los hermanos Chess, Terry fichó por Elektra, de la mano del productor Don Mizell, director del efímero y fructífero departamento de fusión jazz/funk de la etiqueta, con quién trabajó en dos discos poco conocidos aunque magníficos: «Fire on ice» (1977) y «Turn you to love» (1978). Pero de nuevo las circunstancias truncaron una trayectoria prometedora. Mizell fue despedido de Elektra y con él se marcharon todos sus fichajes, circunstancia que aprovechó Terry Callier, recién divorciado y cansado de predicar con sus piezas espirituales y comprometidas en el páramo hedonista de la Era Disco, para retirarse del mundo de la música y dedicar su esfuerzo al cuidado de su hija pequeña, Sundiata, que se había quedado a vivir con él en Chicago en vez de acompañar a su madre a San Diego. Entonces, se abrió un largo paréntesis creativo, apenas roto por algún concierto esporádico en pequeños clubs devotos del viejo soul. La sequía terminó, contra todo pronóstico, casi al final del siglo XX, cuando las grabaciones clásicas de Callier encontraron hueco en el imaginario de los adeptos a la escena dance de los años 80 y 90, y el poeta del soul/folk de Chicago pudo abandonar su trabajo de programador informático en la Universidad local para reemprender su carrera justo donde la había interrumpido dos décadas atrás.

ECOS DE DANZA SUFÍ

Devoto del Islam y sufista convencido, Terry Callier se encontró de repente en 1998 con la edición casi simultánea de dos discos de rarezas, cortesía del sello independiente Premonition Records, y de su flamante nuevo álbum, «Time peace», el primero en casi dos décadas, registrado en la compañía Verve. Una experiencia agridulce, según comenta su principal protagonista a preguntas de EFE EME:

¿Tan complicado fue trabajar con los responsables de Verve?
Sí, Verve no tiene nada que ver con Universal, aunque sean estos últimos quienes distribuyan sus grabaciones. De hecho, con la gente de Verve y de Talkin’ Loud, la distribuidora en Europa, nunca me entendí. Sí, ellos apostaron por mí, pero siempre intentando moldearme de acuerdo a una imagen previa que se habían forjado. Algunas piezas no les gustaban porque decían que sonaban demasiado a country. Claro, es que se trataba de country de verdad, ¿por qué no? Otras quizás no resultaban todo lo bailables que hubieran deseado. No sé, todo eran pegas y nunca me encontré a gusto trabajando en ese entorno. Ni siquiera cuando terminé la grabación del álbum estaba seguro de que fueran a distribuirlo, y no me decidía a regresar a la música al cien por cien, abandonando mi cómodo trabajo en la Universidad de Chicago, ya sabes, vacaciones pagadas y todo eso.

Pero sí funcionó, e incluso presentó el disco en España, en el Festival Galapajazz del año 2000. ¿Qué le llamó la atención de aquella primera visita?
Me sentí feliz de ir a España, no podía imaginarme la fisonomía de sus ciudades y sus paisajes. Recuerdo la curiosidad enorme que sentía en el avión, antes de aterrizar, cuando miraba por la ventanilla y observaba todos esos hermosos edificios antiguos. Luego, la fantástica mezquita cercana al aeropuerto de Madrid, y otra vez las casas antiguas, del siglo XIX. El público me acogió con enormes muestras de cariño, lo que también resultó completamente inesperado.

¿Qué diferenciaba entonces al nuevo del viejo Terry Callier? ¿Qué quedaba de sus vivencias en los años dorados del soul de Chicago?
He aprendido a madurar, ya no escribo canciones tan personales, sobre gente de mi alrededor bien identificable, como hacía en Chess. He asimilado un montón de enseñanzas personales y musicales y tengo la suerte de poder seleccionar aquello que me interesa. En Chess, en Elektra, en Verve también, consideraban mis canciones demasiado políticas, comprometidas, incluso una vez que habían superado mis propios filtros. Ahora puedo por fin escribir lo que pienso sobre África, sobre el pasado, el presente y el futuro de mi raza en Estados Unidos. Nadie me indica lo que está bien y lo que está mal, simplemente ahora he hecho el álbum que siempre quise hacer, en las condiciones en que siempre quise moverme. He seleccionado el repertorio, mis propias canciones y las ajenas, he elegido a los músicos, básicamente los que me acompañan en Europa y en América, y he escogido los arreglos. Creo que «Lookin’ out» es en todos los aspectos mi trabajo más personal.

Con canciones de Lennon & McCartney y de Charlie Haden, recreadas de manera exquisita.
Me encanta esa pieza de The Beatles [‘And I love her’]. Muchas veces me he descubierto canturreándola y un buen día me decidí a buscarle unos arreglos acordes con mi propia visión de la música. Estoy muy satisfecho del resultado. La de Charlie Haden [‘Look in 2 U’] quizás le haya sorprendido menos a quienes saben de mi afición por el jazz, pero la incorporé al álbum porque es una pieza muy espiritual y maleable.

Veo también que ha compuesto una canción (‘Faithfull’) con Gregory Abbot, un sofisticado cantante y compositor neoyorquino del que hace tiempo que no teníamos noticias. Cuéntenos algo sobre él.
Somos muy amigos desde hace tiempo. En cierto modo, le pasó lo que a mí: grabó dos álbumes muy bien recibidos por crítica y público a mediados de los años ochenta y luego se dedicó a otras cosas, aunque nunca dejó de escribir canciones. Hace unos años volvió a grabar y ahora está preparando el quinto álbum de su carrera.

En “Midnite mile”, otra de las canciones de Lookin’ out, usted se refiere a la necesidad de encontrar “un héroe que pueda enseñarnos el camino”.
Sí, todo el mundo busca algo así, para bien o para mal. Hay quienes creen encontrarlo en algunos políticos y quienes prefieren pensar en personas más sencillas, hombres y mujeres clarividentes, capaces de encontrar una luz en medio de tanta violencia y tanta mentira. Pero todos buscamos de una u otra manera un líder espiritual o moral que nos indique el camino hacia la paz.

¿Es difícil ser hoy musulmán en Estados Unidos?
Quizá no más que ser negro en los años cincuenta y sesenta. Allí, muchos aún no se han dado cuenta de lo duro que resulta disentir de la mayoría, buscar un camino propio, ser diferente aunque solo sea por el color de tu piel o por tus creencias religiosas. Quienes se atreven a desafiar a la corriente establecida acaban teniendo problemas con la policía. Ocurre en todos los ámbitos de la vida, en la educación, en el trabajo, en la televisión, en la calle. Parece que existe una especie de pensamiento obligatorio del que nadie puede desviarse. Primero tienen problemas los negros o los musulmanes, pero luego vendrán los demócratas y al final, todos los americanos.

Habrá que volver al mensaje de aquellas hermosas canciones de Curtis Mayfield, como ‘Choice of colors’…
Claro. Me encanta esa canción. Curtis y yo fuimos grandes amigos.

Aparte de Curtis Mayfield y de su gran maestro musical, John Coltrane, ¿qué otros músicos le interesan?
Escucho a todas horas a Coltrane, desde luego, especialmente los discos posteriores al grandísimo «A love supreme». Pero también me encanta la música clásica, Stravinsky y Bela Bartok. Y, por supuesto, Miles Davis. Ahora estoy preparando para mi próximo trabajo una versión de ‘El concierto de Aranjuez’, de Joaquín Rodrigo, según lo entendió Miles en el álbum «Sketches of Spain».

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