LIBROS
«Se dedica al agrohorror en un libro conceptual en el que todos los relatos giran alrededor de pueblos perdidos, casi vacíos, olvidados y de extraños habitantes»

David Roas
Territorios
PÁGINAS DE ESPUMA, 2026
Texto: CÉSAR PRIETO.
David Roas es el maestro de la literatura de terror en nuestro país. En el doble sentido, no solamente escribe los relatos más conectados con la tradición cultural de esa estética, sino que, como catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, dirige el Grupo de Estudios sobre lo fantástico. Teoría y práctica se aúnan para conjugarse en nuestro escritor más atento a lo espeluznante. En esta ocasión, se dedica al agrohorror en un libro conceptual en el que todos los relatos giran, de una u otra manera, alrededor de pueblos perdidos, casi vacíos, olvidados y de extraños habitantes. Los títulos de los relatos suelen homenajear a novelas o a conocidas películas del género.
Es lo que sucede en “El gañán entre el centeno”, donde el heredero de la casa de su abuela en un pueblo al que hace décadas que no va, se encuentra a un niño que aparece, y desaparece, al borde de un enorme campo de centeno. Ya surgen en él estos personajes secundarios que tan bien manejará Roas. La dependienta de ultramarinos Merceditas y el bar Venancio son impagables.
Algunos de los cuentos tienen ambientación gallega, en geografía y en costumbres. Sucede en “A matanza do Porco”, en el que un viajero que va a visitar un dolmen se pierde y llega, por un sendero, a una abertura en el bosque donde un grupo de personas vestidas de ninja van a recuperar la antigua tradición. Cerdos también aparecen en “La noche de los puercos vivientes”, con el mismo ritual, pero con consecuencias, que ya adivinará el lector por el intertexto del título, inesperadas. Sobre todo cuando un universitario que está en la cuadrilla recita un conjuro a los cerdos, un conjuro sacado de un libro, un tal Necronomicón. Sí, acertará el lector, hay más ironía en estos cuentos que verdadero pánico; sin embargo, no llegan al esperpento ni a la farsa, son más costumbristas que otra cosa.
Hay más viajeros. El de “La conjura de los recios”, por ejemplo, que aburrido de conducir se detiene en el primer pueblo que ve. Cuatro casas y un bar donde le hablan de Santa Pelagra, la patrona, y le instan a acudir a la iglesia donde se encuentra su cuerpo incorrupto. De santos y de iglesias también habla “Rituales”, que aplica ese refrán gallego por el que si uno no va de vivo a San Andrés de Teixido, tendrá que ir de muerto. Así que, hacia allí se dirige nuestro protagonista, acompañando a su madre, ya fallecida, y para la que compra un billete de autobús.
Quizá el más apartado de todos los relatos sea “La invasión de los ladrones de huertos”, en el que unos hipsters empiezan a llegar a la aldea a comprar tierras para, con la ayuda de inmigrantes marroquíes, montar pequeñas empresas de verdura ecológica. Los campesinos que les han vendido las tierras, y que tan felices se las prometían con la liquidez que les habían aportado los hipsters, empiezan a desesperarse porque ven de qué manera crece el dinero que producen sus antiguas tierras. También está fuera del foco común “Listo para usar”, muy breve y en el que un vestido verde que la protagonista encuentra en el desván va a ser vivir como venganza para todas aquellas personas que la han hecho sufrir.
Roas se aleja tanto de la farsa como de la idealización de lo rural, y mezcla lo insólito con lo cotidiano, con total naturalidad y con un humor que es, al cabo, el que destaca lo tenebroso e inquietante. Lo sobrenatural se convierte en natural, en normal dentro del sistema cultural de esos pueblos. Y ahí sí que reside lo terrorífico.
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Anterior crítica de libros: Doce pequeños misterios previos a la muerte, de Bill Jiménez.



















