LIBROS
«La memoria de Cervera se dirige a los años ochenta y modela unos personajes que, mucho tiempo después, también perdieron la guerra. Perdieron todas las guerras»

Alfons Cervera
Singapur
PIEL DE ZAPA, 2026
Texto: CÉSAR PRIETO.
Esta es la historia de un barrio. Un barrio que se adivina suburbial. Pudiera encontrarse en cualquier ciudad. Tiempo ha fue descampado, como todos esos barrios, y poco a poco se han ido construyendo edificios de calidad menos que nula y naves que lindan con el descampado que, no a mucho tardar, también devendrá en viviendas y naves.
Ahí, el vigilante de un garaje, Lomax, contempla un desvencijado Seat 127. Dentro, está muriendo Lola. Es el final de la historia, porque la estructura da un vuelco: comienza por el epílogo y concluye con el prólogo. El narrador conoció a Lola cuando estaba apoyado en una farola y ella le pide un cigarro. Ese día van al bar Rino y al cine.
Una estructura que se organiza en capítulos con el nombre de cada uno de los personajes que asoman por el barrio, a la manera de esa colmena de Cela, y que abrevan en el Kaola, el bar con improvisado karaoke donde recala todo el barrio. Ahí está la abuela, Manuela, que nació en los Yesares, por la Valencia castellana (localidad inventada por Cervera en sus novelas del ciclo de la memoria). Fue en su casa donde Alma, la pareja del narrador, le dice que lo abandona mientras están escuchando a The Clash.
Corretean también por las páginas amigos del narrador, el Chispa, en medio de atracos y heroína, que dormía en la trastienda del Kaola, o Rodri, el dueño del bar, que había llegado de Extremadura y estaba obsesionado con El Fary. Y su esposa Marisa, que preparaba los desayunos y almuerzos en el Kaola. Y su hija Madonna, fascinada por la cantante de Michigan y estudiante de un instituto del centro, que abandona para ayudar a su padre en el bar. Lejos de su temática habitual, la voz de los que perdieron la guerra, la memoria de Cervera se dirige a los años ochenta y modela unos personajes que, al fin y al cabo, mucho tiempo después, también perdieron la guerra. Perdieron todas las guerras.
Como Marsé, que aparece un día por el barrio y canta por Jorge Sepúlveda, un viejo anarquista y atracador de bancos, y su mujer, Antonia, taquillera del cine y gerente de una verdulería. También emergen un par de fantasmas de antiguos tiempos como Lincoln —no pudo escoger Cervera nombre mejor—, una anciana que siempre está sentada en el parque. Dicen que es americana y dicen que llegó con las Brigadas Internacionales y aquí se quedó. O Dachau —otro nombre bien parido—, que nadie sabe de dónde ha salido, pero sí que estuvo en un campo de concentración.
Van circulando más personajes. Josito, el peluquero, con su barbería empapelada con pósteres de Pink Floyd y King Crimson. Todos son retratos de luminosa ternura, de seres desvalidos que vagan sin sentido por un barrio también desvalido y que tiene una rotunda frontera en esa autopista que nunca podrán cruzar, bebiendo solo el licor de los paraísos perdidos, como personajes de un Modiano de barriada y descampado.
–



















