Rosalía ante el espejo

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«En un país que suele penalizar la ambición, no debería ser necesario recalcar que Rosalía es una artista total»

 

A la primera cita de Rosalía con Barcelona, por la gira con la que está presentando su nuevo disco, Lux, asistió Carlos Pérez de Ziriza. Aquí nos lo cuenta.

 

Rosalía
13 de abril de 2026
Palau Sant Jordi, Barcelona

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.
Fotos: CHRISTIAN BERTRAND.

 

Lo único que podía recordar a la gira de Motomami (2022) eran las dos pantallas verticales a ambos lados del escenario, dispuestas tal y como lucen las pantallas de esos teléfonos móviles a través de los cuales vivimos casi todo ahora. Lo demás, todo distinto. Cualquiera que viera algún video desde el estreno en Lyon, hace un mes, lo sabrá de sobra. Escenario en forma de semicírculo teatral con luces simulando candilejas, un segundo estrado en forma de cruz en el centro de la pista para una orquesta de veintidós músicos —Heritage Orchestra, dirigida por Yudania Gómez Heredia— y, eso sí, la compañía de trece bailarines. Y dos pantallas con las letras sincronizadas de cada una de las canciones: anoche, una en catalán y otra en castellano.

¿Que no lleva músicos reales, de “los de verdad” (qué risa)? Pues toma músicos. ¿Que no se le entiende cuando se presta a latinizar su dicción con esa suerte de koiné que lleva a muchos a pensar en la necesidad de un logopeda? Pues toma textos. Y toma concepto. En un país que suele penalizar la ambición (por desconocimiento, por estrechez de miras, por cerrazón, por envidia, por lo que sea), no debería ser necesario recalcar que Rosalía es una artista total. Y que lleva tiempo moviéndose, como todos los grandes creadores que hacen de la mutación un motor indispensable de su propuesta, por ciclos de acción y reacción. Tocaba giro de tuerca.

La gira Lux, que tuvo anoche la primera de sus cuatro paradas en Barcelona, resulta (en todos los sentidos) mucho más estimulante que la de Motomami (que a mí, personalmente, me impresionó, pero no me cautivó). Por disposición, por versatilidad, por pretensión, por plasticidad, por riqueza artística, porque prefiere evocar la —relativa, claro— intimidad del pabellón cubierto a la amplitud de esos estadios en los que el impacto de un espectáculo como este hubiera quedado algo diluido.

Es lo que demandaba también un trabajo en el que el clasicismo de una amplia sección de cuerdas marida con ritmos electrónicos abruptos, de cualidades tectónicas, con una sensibilidad que quizá nadie ha logrado evocar para el gran público desde los tiempos de Homogenic (1997), de Björk, cuya voz anoche escuchamos enlatada en el último tramo de una “Berghain” con estallido rave final. A veces pienso, que si Björk fue Cruyff, Rosalía es Pep Guardiola: una versión perfeccionada, amplificada, actualizada, más elástica y adaptable a diversos contextos.

 

«El plus diferencial anoche era la vuelta a casa. La emoción y la responsabilidad. La confrontación entre la muchacha que fue y la mujer que es ahora mismo»

 

El plus diferencial anoche era la vuelta a casa. La emoción y la responsabilidad. La mirada ante el espejo. La confrontación entre la muchacha que fue y la mujer que es ahora mismo. Y esto no lo digo yo: lo dijo ella en su primera alocución al público, con la voz quebrándosele entre lagrimones. No debe ser fácil llegar a su estatus sin peajes ni lastres en la cuneta: aquellos medios que te ensalzaron cuando apenas te conocía nadie y a quienes ya no tienes tiempo de atender, aquellos amigos con quienes apenas puedes quedar, aquellas costumbres mundanas que ya prácticamente no te puedes permitir. Aquellos fotógrafos de la prensa local a quienes (como en el resto de la gira) no se les permite el acceso porque hay que controlar escrupulosamente la imagen en unos tiempos en los que 15.600 personas pueden fotografiarte con el móvil y difundirlo al instante a través de cualquier red social.

El Palau Sant Jordi encauzó anoche un reguero de guiños locales de su parte: a Peret (quien le aconsejó arrumbar —ja— los nervios), a los Estopa (el primer bolo que presenció en el Sant Jordi) o al Taller de Músics (donde conoció a Llorenç Barceló, su pianista anoche al mando de “Sauvignon Blanc”, y donde se encargaba de hacer algo —no quedó claro qué— la “perla” fugaz a la que aludió la actriz Yolanda Ramos, protagonista anoche del desternillante —aunque algo largo— momento confesionario).

Y está muy bien que así fuera. Es lo que cabía esperar. La gestión de la fama es algo muy personal. La expedición de certificados de coherencia, deporte nacional. Pero el trayecto de Rosalía hasta llegar aquí no necesita bendición por parte de nadie. Se ha ganado todo lo que disfruta.

Con esa gestión de la notoriedad, con la propia conciencia de ser una estrella internacional (es lo que enuncia en “Reliquia”), tiene mucho que ver un espectáculo en el que el sentido del humor es uno de los condimentos. El de los bailarines imitándola al concluir su interpretación de “Mio Cristo piange diamanti” (en cuya presentación había mencionado a Peret y la singularidad de jugar en casa), el del marco del cuadro desde el que entonó la versión de “Can’t take my eyes off you”, de Frankie Valli, el de la Art Cam desde la que se invitaba a parte del público a emular poses de protagonistas de pinturas de Goya, Velázquez, Leonardo Da Vincci o Basquiat (pero también el grotesco Ecce Homo de Borja), el botafumeiro techno bamboleándose a ritmo de “CUUUUuuuuuute” o el del propio confesionario a través del cual van pasando distintas mujeres del mundo de la cultura, del espectáculo o del ocio cada noche (Yolanda Ramos no entraba en ninguna quiniela: parece ser que mañana será Belén Esteban).

Humor, clasicismo, modernidad y teatralidad en un show que simula construirse a sí mismo, con referencias al ballet clásico e incluso a la ópera: estructuras que van sucediéndose entre bastidores, directamente a ojos del público. Arte desde lo lúdico. Expuesto desde lo popular. En lo estrictamente musical, el rango va de este palo: art pop, rumba, electrónica, reguetón, bachata, flamenco o baladismo experimental. Solo se aburre quien se empeña en ello.

El guion es conocido para cualquiera que haya leído alguna de las muchas crónicas que se han publicado de su paso por Lyon, París, Zurich, Lisboa o Madrid, pero una cosa es saberlo y otra bien distinta es vivirlo en directo. No hay puntada sin hilo. Es cierto.

 

«Arte desde lo lúdico. Expuesto desde lo popular»

 

Desde la selección musical que ameniza la espera, con Mozart, Paco de Lucía, Camarón o Jimi Hendrix, hasta los injertos de material ajeno en el propio, como el fragmento de “Thank you” de Dido en “Divinize” o de “Sweet dreams (are made of this)” de Eurythmics en “CUUUUuuuuuute”. Y escaso margen para improvisar en un show muy medido, claro está, más allá de algunos momentos en los que la comunicación entre estrado, pista y gradas es más directa. O esos segundos de silencio en los que se queda divisando la grada, girando la cabeza de lado a lado, entre la satisfacción y el asombro.

Pero la secuenciación de canciones es irrebatible, con Lux (2025) copando el grueso central, el bloque intermedio con la descarga rítmica de los temas de Motomami (2022) —desengrasante, tonificante, aligerador— y el puntual regreso a Los Ángeles (2016) con “El redentor”. Cada cual retendrá en su memoria su selección de momentos predilectos, y lo cierto es que no es fácil escogerlos: cuesta desviar los ojos de lo que ocurre sobre el escenario, no digamos ya buscar un momento para visitar la barra o el urinario. No se mueve ni el tato, vaya.

Yo me quedo con el final rave (en su punto justo de contención) de “Berghain”, con el frenesí in crescendo de “Divinize” (el ritmo hormigueante, los violines escalando dramatismo), la cadencia entrecortada de “La combi Versace” y su contagiosa coreo, la inmersión de Rosalía hasta el escenario central a ritmo de la salsera “Dios es un stalker” y la apabullante interpretación del baladón que es “Magnolias”, con la que cerró.

A todo lo ya apuntado, no he dicho que cantó de escándalo. Y que el espectáculo, casi sobra decirlo, está a la altura de su inabarcable talento. Ya cuesta imaginar cuán lejos puede llegar.

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