Rockola, Discos. 29 de junio de 2007

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Rockola, Discos. 29 de junio de 2007Chingón
Mexican spaghetti western
ROUNDER/KARONTE

Además de cineasta precoz, Robert Rodríguez es también un gran aficionado musical, y no sólo como oyente. Desde hace años viene curtiendo en directo a su propia banda, Chingón, de la que han podido escucharse algunos temas en las bandas sonoras de la trilogía de El mariachi y las dos entregas de Kill Bill. Ahora llega su primer álbum, que en realidad recupera algunas de esas piezas y rescata otras menos escuchadas, y el resultado te deja con ganas de mucho más. El sonido del disco, del grupo, va en la línea anglo-mexicana fronteriza que rezuman la películas de Rodríguez, combinando tequila y mariachi, con rock desenfrenado de intensos solos de guitarra. Las versiones que ofrecen de clásicos bien conocidos como “Cielito lindo” o “Malagueña”, resultan tan excitantes como pegadizas, así como divertida es ese “Fideo del oeste”, el spaghetti western de la frontera según Rodríguez. Seguro que el maestro Sam Peckinpah habría hecho cualquier cosa por contar con ese desenfrenado “Cucka rocka” para la matanza final de Grupo salvaje.
JAVIER MÁRQUEZ.

Rosendo
El endémico embustero y el incauto pertinaz

DRO/WARNER

Rosendo vuelve a la primera línea de fuego. Lo hace desde su condición de clásico en vida, patriarca del rock patrio, monarca indiscutible para varias generaciones de grupos de rock a la brava, trinchera y kalimotoxo, proclamas disidentes y guitarras que buscan la yugular. Rosendo en 1998 dio un volantazo a su ya por entonces dilatada carrera. Ese año publicó A tientas y barrancas. En ese álbum decidió despojarse de los teclados y otorgarle mayor protagonismo y reciedumbre a su guitarra. Desde entonces ha concatenado discos cuyo eje gravitatorio descansa en aquella feliz decisión. Su magnífico y maravillosamente presentado nuevo álbum, El endémico embustero y el incauto pertinaz, hereda lo más luminoso que ha ocurrido desde entonces. Rosendo suele plagar los discos de canciones reposadas en las que almacena matices y otras posibilidades con las que brincar los estereotipos sonoros a los que todo el mundo asocia su nombre. Este disco es en esencia así, la cara B de Rosendo, su lado menos publicitado, las antípodas de sus himnos callejeros. El trabajo arranca con el Rosendo más eufórico y peleón, el más predecible y rocanrolero (“Harto”, “Date por disimulao”), atraviesa un blues muy solemne (“A donde va el finado”) para  luego dar paso a una cabalgata de canciones más remansadas y templadas (“Horizontes”, con la participación de La Excepción, “Una duda razonable”, “Nadie sabe el paradero”). 
    El disco pregona la buena salud del hombre a una nariz y una guitarra pegado. Lo empapa de nihilismo social y una crítica socarrona que juega más al incordio que al libelo. Todo apresado en textos intrincados y crípticos, más cerca del criptograma que de una letra de fácil digestión, amenizados por esa guitarra áspera de enorme efecto liberador y divulgados por esa voz de cazalla marca de la casa. Un nuevo trabajo que añadir a la rueda de agregación de una discografía cada vez más abultada, más personal, más auténtica, más centrifugada por su propia identidad de rockero con sonido propio.
JOSEMI VALLE.
 

Julio García
Ser

ESCALERA GRABACIONES INTRÉPIDAS

He aquí un guitarrista prodigioso –chamán de las seis cuerdas, compositor delicado–, que lleva con éste cinco trabajos de absoluta independencia musical. El camino que pisa este madrileño confeso ya fue horadado por nuestros Bergia, Paxariño, Paniagua, Delgado, Laguillo y San Miguel, pero –si me apuran– libre de ataduras intelectuales y bohemias. Con la mente puesta en el sonido de otro español dotado, el canario Enrique Mateu de Villavicencio, Julio García se abona a la introspección sonora, enfatizada aquí por un magnífico trío de cuerda. Las piezas son cortas y no hay asomo de muzak. Se abre lo justo para que sus bellos trazos soporten las voces de Teresa Barrientos, Helena de Alfonso (Barahúnda), Lara Rosales o su inseparable Carmen Ros. Apuntes igualmente instrumentales a una música más instrumental aún. Entre los cómplices ocasionales, el bandoneón de Fabián Carbone (Tango Quattro) o el propio Paxariño, con ese memorable solo de bansuri en “Plegaria”. Otra pieza, “Neya”, evoca lo mejor de El Cometa de Madrid, con aquel conjuro llamado Ishinohana (Javier Bergia/Luis Delgado). Lecciones de Historia que los profanos pueden simplemente degustar por su altísimo nivel de ternura y sensibilidad. Sin necesidad de preguntas. La mente en blanco.
GERNOT DUDDA.

Chicos del Sábado
Me da igual

BIP BIP

En el pop español hay todavía varias líneas que se anudan con los primeros ochenta. Suelen ser grupos escasos en ventas y pródigos en conciertos. Una de ellas parte de las bandas de esencia mod, aquellas que seguían parámetros extranjeros, fueran de los sesenta o del entonces reciente revival inglés, y acaba en Chicos del Sábado. Los barceloneses beben conscientemente y con orgullo de esa brillante segunda fila por la que han pasado Brighton 64, Kamembert (esas trompetas de “Me equivoqué” los calcan) o los Elegantes, grupos de raza y con la mala suerte de no haber llegado nunca a su techo.
    Esto hace que no desdeñen el tópico, sobre todo en las letras, demasiado transparentes en sus proclamas de estallido generacional; no tanto en sus melodías y sus arreglos que, aunque resultan identificables, demuestran también personalidad y abren caminos que pueden resultar fructíferos. Como muestra el botón de “Boulevar”: unos juegos de voces impecables, una melodía luminosa y la convicción al cantar que algunos llaman magia. Seguramente es el primer clásico de su carrera. Y no está mal colocarlo en el primer disco.
CESAR PRIETO.

Stacey Kent
SK collection II

CANDID/KARONTE

Desde que publicase su primer álbum en 1997, Stacey Kent le viene dando un buen repaso al cancionero popular clásico norteamericano. Diez discos dan para mucho, por lo que se su casa discográfica ha decidido ya en dos ocasiones reunir lo mejor de esa producción en sendos álbumes con más prestancia que la compilación al uso. El segundo de esos volúmenes, este Collection II, contiene piezas bien conocidas como “Shall we dance”, “One for my baby” o “I’ve got a cruz on you” junto a otras que la propia Kent se ha encargado, con su poliédrica y evocadora voz, de convertir en nuevos clásicos. Para los que vengan siguiente a la cantante desde incursiones anteriores el disco no aportará demasiado, pero es un buen plato de degustación para quien aún no se haya animado a escucharla.
JAVIER MÁRQUEZ.

Lagartija Nick
El shock de Leia

EVERLASTING

Después de una trashumancia sonora que les ha hecho transitar por parajes excéntricos y cultivar extravagancias que los colocaban en la vanguardia rockera, Lagartija Nick recupera la quintaesencia del sonido que hace ya quince años les donó popularidad y loas. Hacen caso omiso al aserto que pregona que nunca debes volver al lugar en el que una vez fuiste feliz. Ellos regresan a Inercia, su mejor disco, su cenit, su emblema como grupo temerario que hace del pasado un objeto perdido y del futuro un objeto de anticuario. Se acercan a como sonaban en aquel intimidante disco. Ya en los conciertos de 2004, en la presentación de su anterior disco, Lo imprevisto, recuperaron las canciones más emblemáticas de Inercia para aliñar su directo. Es normal que ahora recuperen un sonido bastante gemelo. En El shock de Leia los granadinos construyen melodías preciosas para apuntalar canciones livianas que juegan al pop punk.
    Antonio Arias alumbra canciones con la habilidad y la precisión de un papirofléxico, la sensibilidad y el detalle de un amante de la filatelia, la erudición de un catedrático, la energía en dosis adecuadas de un rockero con mucho pasado almacenado en la suela de sus zapatos. Han despojado su sonido de barroquismo y ornamentación innecesaria. No hay prodigalidad en el adorno, no hay teatralidad, no hay dilapidación en los arreglos, no hay aquella obesidad sonora que saturaba sus discos de 1999 y 2001. Ahora son inmediatos, directos, van a la esencia, a la pureza, reclaman la sencillez, muestran el tuétano de las canciones sin necesidad de perder el tiempo en la epidermis. Se han vuelto más austeros en la sónica, pero suenan fantásticos. Estribillos preciosos empapados de electricidad eufórica, ritmos endiablados y acelerados, temáticas oníricas y futuristas, collage de imágenes que te zarandea y provoca fuegos de artificio en el interior de la cabeza («El signo de los tiempos», «Anoche soñé demasiado», «Cosmos», «Pasajeros en tránsito»). Pero no todo es velocidad y latigazos eléctricos. La Lagartija se ha licenciado también en temas tranquilos, remansos de paz que cambian la aceleración por la profundidad (“Un marciano envía una postal a casa”, maravilloso el cierre con “Tu violencia”). Quizá ahora no sean tan procaces como en propuestas precedentes, pero vuelven a sonar como en sus años más inspirados. No han vuelto a Inercia. Han dado otra vuelta de tuerca. Este nuevo trabajo es Inercia en versión desnuda y con varios momentos de tranquilidad y reposo. Lagartija Nick gana nuevos títulos de nobleza rockera. Que sigan así. Depositando en su discografía discos que provocan dudas a la hora de dirimir cuál es el más luminoso de todos ellos.
JOSEMI VALLE.

Maria Muldaur
Naughty bawdy & blues

STONY PLAIN/KARONTE

Maria Muldaur, la cantante neoyorquina que triunfó en los setenta con “Midnight at the oasis”, continúa buceando en el pasado. Hace un año adaptó el cancionero de Dylan en Heart of mine, antes había rendido tributo a Memphis Minnie en Sweet lovin’ ol’ soul y en otros discos rescató canciones asociadas a Peggy Lee y Shirley Temple, por ejemplo. En Naughty bawdy & blues continúa en esa feliz recuperación de sonidos añejos, reinterpretando blues y jazz de la vieja escuela respaldada por la James Dapogny’s Chicago Jazz Band, cuya profusión de metales remite a Nueva Orleáns, y con la ayuda de Bonnie Raitt en su relectura del “Separation blues” de Sippie Wallace. El resto del repertorio ya lo conocíamos en las voces de Mamie Smith, Victoria Spivey, Alberta Hunter y Ma Rainey, entre otras precursoras de la música negra, pero las adaptaciones de Muldaur permiten darlo a conocer al ignaro con un sonido puesto al día, sin las limitaciones de hace casi un siglo, y con otra excelente voz.
IGOR CUBILLO.

Feist
The reminder

CHERRY TREE/INTERSCOPE/EMI

Si el eclecticismo, entendido como el arte de tocar varios palos sin dejar que la personalidad propia decline, fuera un valor supremo, Leslie Feist optaría a más de un premio. Como ya sucedía en su segundo largo (Let it die, 2004), hay en este álbum poco de empanada mental y mucho de caudal desbordante de ideas.    
    Algunas voces críticas han arqueado las cejas –quizá el menor componente jazzy y el predominio acústico tenga la culpa– ante un trabajo nuevamente delicioso, en el que la canadiense, voz femenina de Broken Social Scene y colaboradora de Kings of Convenience, se destapa otra vez como una dulcísima vocalista y una ocurrente compositora. El synth pop minimal del single “My man my moon” juega al despiste, ocultando la auténtica idiosincrasia de The reminder: aquella que se oculta tras los requiebros acústicos de “So sorry” o “The limit to your love”, juega con el estado de euforia en las contagiosas “I feel it all”, “Past in present” o “1,2,3,4” (tres pepinazos con alma de hit), reconstruye un tema de Nina Simone en “Sealion” o se alía con Ron Sexsmith en la desarmante “Brandy Alexander”. La instrumentación de Jaime Lidell o Gonzales aporta su granito de arena a este nuevo triunfo. Un pleno al trece que, por si fuera poco, detenta una comercialidad sin resquicio para el sonrojo.
CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

Curtis Stigers
Real emotional

CONCORDS RECORDS/UNIVERSAL

Vocalista y saxonista de notable talento, con una voz muy peculiar que, por momentos, recuerda a la del desaparecido Ray Charles, éste es ya el noveno álbum de Stigers, con el que vuelve a reafirmarse como uno de los vocalistas de jazz más interesantes del momento. La docena de temas incluidos se nutre de compositores como Bob Dylan, Randy Newman o Tom Waits, y Stigers se los lleva al terreno jazzístico con elegancia y sin forzar lo más mínimo la máquina, logrando una agradable combinación de influencias. Dedica el álbum al desaparecido saxofonista Michael Brecker, y aunque sin llegar a las cotas de aquel, los pasajes de Stigers a cargo de este instrumentos tampoco tienen desperdicio. Los arreglos y la propia ejecución consiguen dotar de unidad a temas a priori muy dispares, haciendo disfrutar por igual del clásico “Stardust” como del “American tune” de Paul Simon, con la voz de Stigers acompañada tan solo por un Hammond.
JAVIER MÁRQUEZ.

The Folkswingers
Raga rock

FALLOUT RECORDS

The Follswingers fue un grupo de estudio creado por unos cuantos de los mejores músicos de sesión de Los Ángeles de mediados de los sesenta. Se especializaron en sacar discos de versiones instrumentales de grandes éxitos del moemento, que tamizaban con guitarras de doce cuerdas. En 1966 dieron una vuelta de tuerca a su proyecto y se hicieron con los servicios de Harimar Rao, un virtuoso del sitar discípulo de Ravi Shankar. El resultado fue Raga rock, un disco de amables versiones en el que el sitar no tiene un papel tan predominante como cabría esperar. La selección de temas no deja dudas sobre las intenciones comerciales de los Folkswingers y no faltan cortes como “Paint it black” (The Rolling Stones), “Eight miles high” (The Byrds) o “Norwegian wood” (The Beatles) que ya exploraban el camino del mestizaje entre el rock y los sonidos orientales. En cambio, la relación no resulta tan evidente en “Shapes of things” (Yardbirds), “Time won’t let me” (Oustiders), “Homeward Bound” (Simon & Garfunkel), esta última una de las revisiones más sorprendentes de este disco que ha sido reeditado por primera vez en CD.
    Raga rock supuso el inicio de un subgénero que siguieron en años posteriores formaciones como Lord Sitar o The Nirvana Sitar and String Group, entre otros, y es una excelente opción para escuchar durante este verano (con tranquilidad y buen karma).
ÁLEX ORÓ.