Paz, amor y pedal steel: Ringo Starr vuelve a mirar hacia el country

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COWBOY DE CIUDAD

«No encontramos a un Ringo disfrazado de Nashville para aprovechar que medio planeta musical anda últimamente comprándose botas. El country le queda bien porque su relación con el género viene de lejos»

 

Javier Márquez Sánchez, en su sección “Cowboy de ciudad”, se sumerge en el nuevo álbum de Ringo Starr con un marcado sabor country. Bienvenidos a Long long road.

 

Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

Ringo Starr nunca ha necesitado disfrazarse de cowboy para parecer cercano al country. En realidad, si uno observa su carrera con algo más de calma que la que suele permitir la beatlemanía —ese deporte de riesgo para adultos nostálgicos—, descubre que la querencia por las raíces norteamericanas estaba ahí desde muy pronto. No como pose ni como capricho de madurez, sino como parte natural de su manera de cantar, de tocar y de ocupar un lugar dentro de una canción. Ringo no ha sido nunca el vocalista de las grandes arquitecturas melódicas, ni el predicador de las revelaciones líricas. Ha sido otra cosa: una voz humana, algo rota, simpática sin empalagar, de esas que parecen venir de un bar, de un tren, de una sobremesa o de un escenario pequeño donde nadie necesita demostrar demasiado. Y eso, bien mirado, es profundamente country.

Su nuevo disco, Long long road, publicado el 24 de abril, prolonga la senda abierta el año anterior con Look up. De nuevo aparece T-Bone Burnett como figura decisiva: productor, coautor y, sobre todo, guardián de un sonido que no intenta modernizar a Ringo a martillazos, detalle que la humanidad debería agradecer con una placa en algún edificio público.

El álbum incluye diez canciones y colaboraciones con Sheryl Crow, Sarah Jarosz, Billy Strings, Molly Tuttle y St. Vincent, además de una producción compartida por Burnett, Daniel Tashian y Bruce Sugar. No estamos, por tanto, ante una simple excursión sentimental de exBeatle, sino ante la continuación de una alianza que ha encontrado en el country, el folk y la americana un territorio muy adecuado para su último tramo artístico.

Lo interesante de Long long road es que no suena a gesto impostado. No encontramos a un Ringo disfrazado de Nashville para aprovechar que medio planeta musical anda últimamente comprándose botas. El country le queda bien porque su relación con el género viene de lejos. En los Beatles ya interpretó “Act naturally”, clásico asociado a Buck Owens, y algunas de sus canciones con el grupo, como “What goes on” o “Don’t pass me by”, dejaban ver ese gusto por las formas sencillas, el compás directo y cierto aire de canción de taberna con corazón herido.

El propio Starr ha explicado más de una vez que Liverpool, por su condición de puerto, recibió mucha música llegada de Estados Unidos, y que esa mezcla de rock and roll, blues, swing y country formó parte del paisaje sonoro de su juventud.

El antecedente más claro, naturalmente, sigue siendo Beaucoups of blues, aquel disco de 1970 grabado en Nashville con Pete Drake. Publicado apenas unos meses después del final de los Beatles, el álbum fue una rareza en su momento y hoy se entiende mejor como una pieza reveladora: Ringo, recién salido del huracán más famoso de la historia del pop, no buscó una obra monumental ni una revancha autoral, sino un disco de country. Grabado en Nashville, producido por Drake y construido sobre melodías de aire tradicional, Beaucoups of blues ya mostraba que Starr se sentía cómodo cuando las canciones respiraban con sencillez y cuando su voz no tenía que competir con la épica, esa enfermedad tan querida por los músicos con exceso de espejo.

En Long long road esa historia regresa, pero lo hace filtrada por la edad, la memoria y el oficio. No es un disco juvenil, ni pretende serlo. Sería ridículo pedirle a Ringo Starr, con 85 años, que cante como si acabara de descubrir el desamor en una gasolinera de Texas. Lo que ofrece es otra cosa: una mirada serena, amable, algo crepuscular, sobre el camino recorrido. La canción que da título al álbum funciona casi como declaración de principios. “Long long road”, con la presencia vocal de Sheryl Crow y Daniel Tashian, se apoya en la idea del viaje vital, de las bifurcaciones, de todo aquello que pudo haber sido y no fue. Incluso cuando mira hacia atrás, Ringo parece levantar dos dedos y sonreír.

El disco se mueve en una zona templada entre el country clásico, el country rock y la americana de producción pulida pero no plastificada. “Returning without tears”, con Molly Tuttle en las armonías, abre una puerta acústica y reposada, casi de canción de regreso, mientras que “It’s been too long”, primer adelanto del álbum, deja ver mejor el método Burnett: guitarras con raíz, percusión firme, melodía directa y voces femeninas que arropan a Starr sin convertirlo en invitado de su propio disco.

En “Baby don’t go”, la presencia de Billy Strings aporta una energía bluegrass que no rompe el tono general, sino que lo aviva. Y “I don’t see me in your eyes anymore”, vinculada al repertorio de Carl Perkins, sirve como puente simbólico hacia una tradición que Ringo conocía desde los días en que el rock and roll todavía olía a Sun Records.

También hay un componente autobiográfico evidente. “Choose love”, nueva lectura del tema que daba título a su álbum de 2005, conecta con el mensaje de paz y amor que Starr ha convertido en santo y seña personal. En otros artistas podría sonar a eslogan de taza barata, pero en Ringo tiene algo de persistencia casi entrañable. No porque el lema sea sofisticado, que no lo es, sino porque ha sobrevivido a décadas de cinismo, industria, pérdidas y reconstrucciones. En el contexto de Long long road, esa insistencia adquiere un sentido mayor.

Long long road no reinventa a Ringo Starr. Tampoco lo necesita. Su valor está en confirmar que el viejo batería de los Beatles ha encontrado una forma tardía, cálida y coherente de dialogar con sus raíces. Después de Look up, este nuevo trabajo ya no parece una visita aislada al country, sino una pequeña estación estable en su discografía reciente. Nashville, la americana, el eco de Carl Perkins, la sombra de Buck Owens, la memoria de Liverpool y la mano sabia de T-Bone Burnett se reúnen en un disco que no pretende competir con el mito, sino acompañarlo con dignidad.

Anterior entrega de Cowboy de Ciudad: Dale Watson, el último guardián del honky tonk.

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