
«No hay voluntad de modernidad, ni de agradar, ni de sonar actual y, en 2026, eso resulta casi revolucionario»
César Prieto se sumerge en el nuevo disco de Revólver, LA 03010 (Compañía de Canciones SL, 2026), el vigesimosegundo de su carrera. Un álbum conceptual y autobiográfico con el que regresa a las raíces.
Texto: CÉSAR PRIETO.
Hace muchos años, allá por el principio de los ochenta, un grupo valenciano que se hacía llamar Garage publicó un par de singles en compañías independientes. Eran canciones muy devotas de la nueva ola, guitarras y energía. Esa guitarra y la voz las asumía un tal Carlos Goñi, que poco después fundó Comité Cisne, estos ya de talante más tecnificado, como la moda valenciana exigía. En los noventa fue Revólver y alcanzó el éxito masivo, muy masivo. Y ahí sigue.
He de reconocer que en esos noventa, Revólver no estaba entre mis referencias más inmediatas, pero en base a la huida de Goñi hacia territorios más convencionales, este LA 03010 me ha interesado sobremanera, porque en él no hay voluntad de modernidad, ni de agradar, ni de sonar actual y, en 2026, eso resulta casi revolucionario.
El título remite al código postal del barrio alicantino donde Goñi pasó parte de su infancia, Los Ángeles, y el disco funciona exactamente así, una vuelta a los orígenes, pero sin nostalgia, ni revisionismo sentimental, ni idealización del pasado. Hay, eso sí, memoria áspera, de esquinas desconchadas y bares de suburbio. Esta no nostalgia se muestra en “Aquellos días», con un bajo impresionante y la visión de que sigue siendo él mismo si se mira al espejo, con la misma fuerza y la misma ilusión. También “Mis asuntos y batallas”, con toda la vida de barrio de los años setenta, en la que todo era precario, pero cualquier regalo te hacía millonario. Aquí lo inmenso es el puente.
Con un recitado inicial y órgano se abre “Mundos paralelos”, una ranchera sentida como canción de amor, sensual, con sensibilidad, que enfoca la infancia y la juventud.
Y ahí están los tres capítulos dedicados a Marcial Cuartero, que conforman así una novela que se inicia acústica y se concluye eléctrica en el primer capítulo, maltrato infantil con el fondo sonoro de Carmen Sevilla y The Beatles. En el segundo, Marcial asume violencia falangista por llevar una chapa del Che. Empieza con lluvia y silbidos, a lo Joan Bautista Humet, y son los basureros los que aparecen para cortar la situación. El tercer capítulo es un rhythm and blues de exquisita melodía, con su regusto a unos ochenta en los que venía a España Bruce Springsteen.
También aparece Marcial Cuartero en “Lo mejor de mí”, entrando al bingo del Riscal donde suele acudir, una canción de ritmo alegre, con vientos y ambiente de barrio en la que nuestro narrador se reafirma desde el soul.
También hay barriada en “El último bucanero de San Blas”, que demuestra que todas las canciones tienen puntos de conexión; personajes, bares, licores, mujeres. Hay en ella electricidad dura, un solo impresionante y un piano que deja arreglos esplendorosos.
A este mundo también pertenece el registro coloquial de “Pelea entre dos frentes”, más enérgica, con el blues convertido en rhythm and blues, sirenas de policía y sueños. Y un blues hablado es “No practicar esgrima con pistoleros», donde se mezclan religión, desamor y enseñanzas de la vida.
Y hay amor pasado, precioso, en “King’s road”, que tiene algo de sinfónico, para explicar una relación engendrada y abortada a los quince años, un amor lejano, de 1976, que vuelve muchos años después a la mente. Todos vuelven a la mente, a todo el mundo le vuelven.
Goñi ya no necesita reivindicarse. Y sigue escribiendo desde ese territorio propio donde conviven Bruce Springsteen, los bares de carretera y la dignidad de quien sabe que el rock no va a salvarle la vida a nadie, pero puede acompañarte mientras todo se derrumba. Tiene el oficio de los años para hacer enormes canciones y las está haciendo. Ahora sí.



















