LA ESPUMA DE LOS DÍAS

Simon Reynolds: «¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea… su pasado?»
Luis Lapuente, en su columna mensual “La espuma de los días”, reflexiona sobre la vida de la música con la mirada puesta en el pasado para advertir el futuro y asumir el presente. Ni retromanía ni decepción, sino un buen puñado de artistas, discos y temas eternos.
Una columna de LUIS LAPUENTE.
Fotos: LUAN TORREIRA (Jorge Ben Jor), AVRO (Roxy Music) y JOHN MATHEW SMITH (Clarence Carter). Todas extraídas de Wikipedia.
Simon Reynolds escribe al principio de su muy recomendable libro Retromanía: la adicción del pop a su propio pasado (Caja Negra, 2012) que vivimos años de locura en el mundillo del pop, la locura de volver al pasado una y otra vez en busca de quién sabe qué piedra filosofal. Siempre hay algo que conmemorar. Viejas bandas que vuelven a juntarse para revivir pasados oropeles en giras mastodónticas que, si es posible, terminan con la grabación de un álbum en directo. Bonitos cofres antológicos con todas las tomas alternativas, los descartes, las fotos que nunca viste, las remasterizaciones definitivas con la máxima calidad de sonido (que luego se descargan en formato mp3 y se reproducen en el teléfono). Festivales que celebran el aniversario de tal o cual disco, conciertos en los que una banda al completo o uno de sus antiguos miembros recrean el repertorio de su disco más famoso: «¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea… su pasado? (…) Así termina el pop, no con BANG, sino con una caja recopilatoria cuyo cuarto disco nunca llegamos a escuchar».
Al final de su ensayo, Reynolds mantiene el optimismo ante el futuro de la música popular, apelando al vértigo de lo ilimitado, a sus propios sucesivos descubrimientos como oyente, desde “I feel love” (Giorgio Moroder/Donna Summer) hasta Remain in light (Talking Heads), pasando por Computer world (Kraftewerk) y “Ashes to ashes” (David Bowie). Cada uno tenemos nuestros propios descubrimientos, ese fogonazo de originalidad, de talento, de emoción que supera todos los esquemas previos. Como afirmó Dylan refiriéndose a los Kinks: «Creo que Ray Davies es un genio. Nunca nadie me preguntó por él. Siempre he sido un fan de Ray Davies. Desde siempre. Siempre me han gustado él y su hermano y su grupo. Cada vez que te sale algo es como si fueras un químico. Cuando te sale algo nuevo, has creado algo nuevo y yo admiro a cualquiera que sea capaz de eso. Y esa canción… “You really got me” y la que hizo después. Aquello era nuevo, era distinto, nunca se había hecho antes».
A muchos les ocurrió con los dos primeros álbumes de Roxy Music, sobre quienes escribí en el número 17 de Cuadernos Efe Eme, nuestra revista de historia del pop: «La irrupción de Roxy Music en el pop británico de principios de los años setenta fue casi una epifanía para periodistas musicales de tan reconocido criterio como Richard Williams (entonces, en Melody Maker, ahora en Uncut y The Guardian), que saludó su debut como una fantástica síntesis entre el clasicismo del pop más transparente (Jan & Dean, Duane Eddy) con numerosos elementos vanguardistas. Nada que objetar: en sus primeras apariciones públicas, en sus primeras referencias discográficas, la banda británica acertaba a diluir su impecable gusto melódico en un suculento magma electrónico, canciones sin estribillo, finales abruptos, sonidos procesados, adornos cibernéticos, guitarras punzantes y una garganta educada en el arte de los crooners, un cóctel irresistible en el epicentro de la revuelta propiciada por el glam en el pop inmediatamente posterior a la separación de The Beatles».
Músicos de vanguardia como Fernando Márquez «El Zurdo» y Mario Gil inmortalizaron esa devoción en el álbum El eterno femenino (Nuevos Medios, 1982): «El coche no era mal lugar, / la noche resultó ideal, / aquella canción de Roxy fue la señal. / Tu piel se fundió con mi piel / y Bryan Ferry dijo ok, / aquella canción de Roxy fue lo que fue. / En la trasera del capó / mientras sonaba el transistor, / aquella canción de Roxy fue el detonador» (La Mode, “Aquella canción de Roxy”).
O periodistas especializados tan queridos en esta casa como Ramón de España. «La primera canción del primer disco de Roxy Music empezaba con rumores de fiesta», decía Ramón en su libro sobre el grupo (Ediciones Júcar, 1982): «La primera actuación tuvo lugar en el transcurso de una fiesta privada. ¿Coincidencias? No creo. Más bien cabe hablar de un culto a la diferencia, de un deseo de sentar distancias entre ellos y los demás grupos. Deseo mezclado con las ganas de rendir culto a una actividad social banal e inútil que permite ser contemplada desde fuera, aunque se esté dentro».
Así era. Bryan Ferry cantaba en “Re-make/Re-model” (del primer elepé, titulado Roxy Music) como si la vida fuera a terminarse después de cada estrofa, atosigado por el enjambre de sonidos electrónicos que inventa Brian Eno a una velocidad endiablada. Fue el epítome del glam, pero también protopunk al más puro estilo y un fabuloso anticipo del techno y el electro disco, como si las fantasías eróticas de Marc Bolan se hubieran fundido de repente con el ritmo apocalíptico de los nonatos Kraftwerk, en una fórmula que luego canonizaría a los Talking Heads. Diez años después, el propio Ferry certificaba el final de la banda con Avalon, anticipo de todo el pop de los años ochenta, canciones inspiradas (“Avalon”, “More tan this”), palindrómicos ritmos sintetizados, exquisitos pespuntes de guitarra, una garganta transparente, que te acaricia y te envuelve con la delicada suavidad de una boa constrictor, hasta ahogarte en su propio néctar de celofán, tan dulce y satinado como un helado de crema bañado en miel y chocolate líquido.
Por fortuna, los discos de Roxy Music nunca fueron pasto de coleccionistas. Cuando alguien como Prince decidió incorporar a su repertorio en directo piezas lubricantes como “More than this”, lo hizo quizá solo, como diría Gonzalo Gacía Pelayo, con nostalgia del futuro. Por supuesto, tanto Bryan Ferry como Brian Eno o Phil Manzanera han continuado facturando discos espléndidos en los que nunca celebraban sus fabulosos hallazgos artísticos de principios de los setenta, sino que alimentaban nuevos caminos por donde transitar, quizá sin el éxito masivo de los años dorados de Roxy. No importa. Ni retromanía ni decepción. Como dijo el propio Eno: «Uno de mis suegros, un médico, gran persona, me dijo: “Las personas mayores mueren de decepción”. Y creo que es cierto».
El pop no debe vivir de sus propios fastos, y quienes disfrutamos con la música tenemos un casi infinito vergel inexplorado delante de nuestras narices. Tanto si miramos hacia atrás como si lo hacemos hacia el horizonte. No conviene ponerse límites ni renunciar a degustar nuevos sabores, siempre hay, tanto ayer como mañana, un aluvión de tonalidades inéditas con que inundar nuestra retina.
Invito al lector sin prejuicios a descifrar las músicas deslumbrantes, tan distintas entre sí, tan sorprendentes a veces, que encontrará en el siguiente listado sobre los que consideran mejores álbumes de 1976, publicado hace poco más de un mes en la revista Paste.
1. Stevie Wonder: Songs in the key of life
2. Jorge Ben: África Brasil
3. David Bowie: Station to station
4. Fela Kuti & The Africa ‘70: Zombie
5. Joni Mitchell: Hejira
6. Marvin Gaye: I want you
7. Warren Zevon: Warren Zevon
8. Ramones: Ramones
9. Milton Nascimento: Geraes
10. Thin Lizzy: Jailbreak
11. Chico Buarque: Meus caros amigos
12. Tom Waits: Small change
13. Marijata: This Is Marijata
14. Gary Stewart: Steppin’ out
15. Ryo Fukui: Scenery
16. Boston: Boston
17. Joan Armatrading: Joan Armatrading
18. The Modern Lovers: The Modern Lovers
19. Cartola: Cartola II
20. Rush: 2112
21. The Upsetters: Super ape
22. Bob Dylan: Desire
23. George Benson: Breezin’
24. George Jones / Tammy Wynette: Golden ring
25. Parliament: The clones of Dr. Funkenstein
Solo para quienes aún no se hayan rendido al talento deslumbrante del gran Jorge Ben (o Jorge BenJor), dejo por aquí el comentario del periodista de Paste sobre el que, para ellos (y para quien esto escribe), es el segundo mejor álbum de aquel año:
«En 1975, Jorge Ben se unió a Gilberto Gil para grabar Gil e Jorge: Ogum Xangô, una revolución guitarrística plasmada en obras maestras de la samba. Un año más tarde, se pasó a la música eléctrica y grabó el mejor álbum de su carrera, África Brasil. El groove es aquí el punto de referencia de Ben, su motor y su destino. Cada segundo de este elepé es aventurero y trepidante, repleto de trompetas de afrosamba y de voces góspel. Las canciones son homenajes a la herencia afrobrasileña y a la diáspora. “Ponta de lança africano (Umbabarauma)” trata sobre un delantero de fútbol africano. “África Brasil (Zumbi)” trata sobre un líder brasileño del siglo XVII.
El arte de Ben se transforma en espirituales de MPB psicodélicos y polirrítmicos. “A história de Jorge” es uno de sus temas más extáticos. El pulso nunca cesa. Ben vio la «música de los dioses» de Miles Davis y utilizó la intensidad del trompetista en el álbum On the corner para crear África Brasil. Las canciones se deslizan de lado. ¿Esta versión de “Taj Mahal”? Me temo que se ha comido a Rod Stewart. Pero África Brasil encuentra su mayor valentía en la canción que da título al álbum, cuando el funk se manifiesta en un grito arrancado del diafragma de Ben. En este espacio, la ascendencia es movimiento y memoria».
Más retromanía de la buena, en La espuma de los días, que nos trae la mala noticia del fallecimiento de Clarence Carter (1936-2026), un extraordinario soulman que cumplió 90 años el pasado 14 de enero. Ciego de nacimiento, natural de Montgomery (Alabama), Carter fue uno de los grandes del soul, autor y/o intérprete de decenas de grabaciones esenciales en los estudios FAME de Muscle Shoals, donde su rica voz de barítono y su guitarra con toques de blues formaron parte del clásico sonido del soul sureño.
Sus mayores éxitos, todos editados por Atlantic Records, fueron “Slip away”, “Too weak to fight”, “Snatchin’ it back” y “Patches”, una pieza deslumbrante de Chairmen of the Board que hizo suya con una carga de emotividad absolutamente única, casi como si se tratase de su propia autobiografía, la de un niño negro que crece con los pantalones remendados (los parches del título) en un ambiente de extraordinaria pobreza en una granja de Alabama y que se ve obligado a tomar las riendas de su familia tras morir su padre.
En 1970, en la cima de su creatividad, Clarence Carter se casó con una de sus coristas, la gran Candi Staton, con quien tuvo un hijo antes de divorciarse tres años más tarde, más o menos cuando grabó uno de los últimos singles suyos que entraron en las listas de Pop y de R&B, “Sixty minute man”, versión socarrona del clásico de 1950 de Billy Ward & The Dominoes, para muchos el primer rock and roll de la historia, un blues acelerado de fuerte contenido sexual sobreentendido en su letra, donde el protagonista presume de satisfacer a sus amantes en sesenta minutos utilizando un lenguaje lleno de dobles sentidos, clásico en el blues negro pero inédito en el mercado del pop blanco de la época.
Clarence Carter hizo gala toda su vida de ese humor socarrón y ese talento innato, patrimonio de solo unos pocos, para descifrar las claves del soul en una discografía desperdigada en compañías grandes y pequeñas, como Ichiban Records, donde publicó en 1986 la sicalíptica “Strokin’”, su último gran éxito.
–
Anterior entrega de La espuma de los días: Lirios y cenizas, U2 contra los religiosos de este mundo.



















