“Rebelde sin causa” (1955), de Nicholas Ray

Autor:

EL CINE QUE HAY QUE VER

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 “Con una tensión latente, la película consigue transmitir al espectador el malestar de sus protagonistas y su incapacidad para encajar, lo que les lleva finalmente a una explosiva autodestrucción”

 

El cine de Nicholas Ray era muy admirado por la crítica francesa de los 50, pero solo uno de sus títulos logró el éxito comercial: “Rebelde sin causa”, la cinta que siempre identificaremos con el legendario James Dean, fallecido un mes antes del estreno. Por Elisa Hernández.

 

Texto: ELISA HERNÁNDEZ.

 

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“Rebelde sin causa”
Nicholas Ray, 1955

 

 

La obra de Nicholas Ray está cruzada por un sentimiento o sensación que él mismo parecía tener en su vida diaria, una cierta imposibilidad de la existencia, un malestar existencial crónico y un desequilibrio constante. Sus películas reflejan incomodidades, frustraciones y angustias sin resolver en una época en que el cine busca el sueño, la catarsis, la comodidad. Como si el propio Nicholas Ray se nos mostrara en pantalla, sus personajes siempre están en crisis, a la defensiva, cargados de una tensión que termina por devorarles. Porque, en el fondo, son tan frágiles como aparentemente fuertes y seguros.

No hay protagonista que represente esto mejor que Jim Stark (James Dean) en “Rebelde sin causa”. Sería simplista y reduccionista pensar en la película como un intento de reflejar la situación de los jóvenes norteamericanos de los años 50, dado que lo que realmente consigue es representar el dolor y la frustración que se esconden bajo el “American way of life” promovido por un discurso oficial y un capitalismo en pleno auge y desarrollo tras la II Guerra Mundial. Los personajes parecen tener todo lo que la publicidad, el cine y la televisión nos dice que necesitamos para ser felices. Y si embargo ni el propio Jim, ni John “Plato” (Sal Mineo), ni Judy (Natalie Wood) pueden evitar preguntarse continuamente por su existencia y no encontrar un verdadero sentido para la misma en el mundo artificioso que les rodea.

 

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En la obra de Nicholas Ray hay siempre rabia surgida de complejos dilemas internos que no solo se transmite mediante la agresividad física, sino también mediante la violencia psicológica que el contexto, la vida en general, impone a los personajes. Con esta tensión latente en la película se consigue transmitir al espectador el malestar de sus protagonistas y su incapacidad para encajar, lo que les lleva finalmente a una explosiva autodestrucción. La cuidada puesta en escena a la hora de filmar esta violencia y el uso de los colores saturados colabora en la creación de este descontento generalizado y lo comparte con la audiencia, recordándole sus propios conflictos internos.

“Rebelde sin causa” es el único gran éxito de taquilla de Nicholas Ray, cuyos filmes eran realizados de manera independiente y poco comerciales, aunque luego fueran enormemente valorados por la cinefilia y la crítica francesa de los años 50: el caldo de cultivo de la modernidad cinematográfica. Y el triunfo de “Rebelde sin causa” se debe sin embargo a una razón muy distinta, que no es otra la romántica conversión de leyenda de James Dean, fallecido de manera dramática a la temprana edad de 24 años solo un mes antes del estreno de la película.

Su capacidad para reflejar la continua insatisfacción del ser humano incluso en un contexto de supuesta bonanza económica y que sea un estallido trágico de lo que fue y pudo haber sido James Dean son solo dos de las múltiples razones por las que, hoy y siempre, “Rebelde sin causa” es uno de los grandes clásicos de la cinematografía mundial, un filme que, al contrario que sus protagonistas, vivirá para siempre.

 

 

 

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “El ilusionista” (2010), de Sylvain Chomet.

 

 

 

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