Punk, rock y underground frente al torrente Bad Bunny

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EL RITMO DE LA SEMANA

«¿Serían capaces los Clash o los Sex Pistols hoy, si siguieran en activo, de abarrotar diez noches seguidas el gran recinto de una ciudad? ¿Seríamos nosotros capaces de acompañarlos?»

 

Con motivo del mediático paso de Bad Bunny por España, Sara Morales dedica su columna semanal, “El ritmo de la semana”, a comparar su figura con la de otros emblemas de la música.

 

Una sección de SARA MORALES.
Foto: Portada del disco Bad music for bad people, de The Cramps.

 

Que si gracias a él estamos asistiendo a un nuevo orden mundial de la música. Que si anda haciendo historia por todo el globo y ha revolucionado los patrones de consumo cultural. Que si ha restablecido el concepto de número uno y del streaming. Que si nos encontramos ante el nuevo rey del pop… Esto último me hace especial gracia, teniendo en cuenta que últimamente andamos recordando desde los cines al que lo fuera de verdad.

Estos días nos estamos hartando de leer titulares y escuchar sentencias de este tipo sobre Bad Bunny. Ya están aquí sus doce conciertos en España (dos en Barcelona y diez, ¡diez!, en Madrid) y hay que aligerar las ventas para seguir alcanzando hitos galácticos. No podemos, ni debemos, perdernos al gran icono de este tiempo; si lo hacemos, estaremos fuera de onda, ajenos a la tendencia, totalmente out de la contemporaneidad; nos quedaremos solos, marginados y desterrados de “lo que se lleva”, de “lo que se mueve ahí fuera”… Y a huevo nos lo ponen, claro; no será por falta de oportunidades. Una decena de conciertos en Madrid, insisto. Uno tras otro.

Y esos que ya nos sentimos fuera, habitamos a gusto ahí y no vamos a hacer ni el intento, tampoco devaluamos la fiereza del puertorriqueño en sus misivas cantadas ante micrófonos globales. Plantarle cara a Trump en la mismísima Super Bowl es de tenerlos bien puestos y de agradecer, en la música siempre hemos peleado por el buen uso (ético y moral) de ese altavoz social que ejercen algunos artistas a la hora de reivindicar causas humanitarias. Pero que sea el reguetón el que se lleve el gato al agua, eso…, eso ya cuesta digerirlo más. Escuece.

Por eso, esta semana, desde este rincón, mientras suena “Dákiti” y “Me porto bonito” entre la mayoría visible y escandalosa, y otros tantos seguimos moviéndonos en una autoimpuesta espiral del silencio —¿recordáis aquella teoría de Noelle-Neumann?—, quiero pararme en las que fueron, en su día, otras formas de cultura pop, aunque no de masas, vale, de acuerdo.

Me refiero a casos como el de Black Flag, que este año se cumplen cincuenta desde que comenzaron aquella cruzada de neurosis y subversión, con la que nos regalaron temazos como “Rise above”, “Nervous breakdown” o “TV party”. El do it yourself tenía su valor en aquel momento, recordemos que fue precisamente esta consigna el arma que utilizaron los oriundos del punk y del underground para hacerse oír, hacerse un hueco y hacerse entender ante el rock de estadios.

También los Clash cumplen medio siglo de existencia este 2026, aunque ya solo sea en nuestra memoria con su legado eterno. Y los Sex Pistols. Y The Damned. Y los Cramps. ¡Y Joy Division! ¿Serían capaces hoy, si siguieran en activo, de abarrotar diez noches seguidas el gran recinto de una ciudad? ¿Seríamos nosotros capaces de acompañarlos y de estar a la altura como lo van a hacer los parroquianos del conejito malo? Me gusta pensar que sí. Que podría ser, que ahí estaríamos. Ni ellos ni nosotros hemos envejecido tanto ni tan mal, que no nos hagan creer lo contrario.

Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: La idea feliz de Billy Corgan para sus Smashing Pumpkins.

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