Placeres Culpables: “Weezer (The blue álbum)”, de Weezer

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“En el disco “Azul” hay seguramente más guitarras distorsionadas y actitud rebelde que en muchos álbumes abiertamente catalogados como grunge”

 

Óscar García Blesa sitúa el debut discográfico de Weezer, de título homónimo pero popularmente conocido como el disco “Azul”, entre sus “Placeres culpables” de esta semana.

 

 

Una sección de ÓSCAR GARCÍA BLESA.

 

 

Weezer
“Weezer (The blue álbum)”
GEFFEN

 

“Tengo pósters en la pared, tengo el de Ace Frehley y el de Peter Criss, mi grupo favorito es Kiss. En el garaje toco la guitarra, toco mis canciones estúpidas y escribo mis estúpidas letras, y las quiero a todas igual”. Rivers Cuomo.

 

Si, ya sé, ahora resulta sencillo apuntarse al carro de Weezer, pero juzgados prematuramente de manera injusta, este trabajo fue calificado de tonto y vacío en su día. Han pasado más de 20 años y el disco “Azul” se levanta hoy erguido como una de las obras esenciales del rock de los noventa. Pero no siempre fue así. Este grupito de tarados con aspecto de nerds universitarios no pasó de un asombroso desprecio en el momento de lanzar su debut. En los rescoldos del grunge aún doliente por la muerte de Kurt Cobain, Weezer fue considerado poco menos que un chiste masacrado sin piedad por la crítica de la época. No cabe duda de que se equivocaron.

Su estreno supuso una alternativa definitiva a la tediosa actitud quejica del movimiento grunge gracias a sus melodías pegadizas y unas letras amables, apostando por un estilo diferente, y paradójicamente no por una ausencia de guitarras. En el disco “Azul” hay seguramente más guitarras distorsionadas y actitud rebelde que en muchos álbumes abiertamente catalogados como grunge. Ciertamente el legado de “Nevermind” fue mucho más inmediato, pero la influencia del primer disco de Weezer está diseminada por cientos de bandas emo, pop y punk rock que florecieron en los 90 y principios del 2000.

La segunda entrevista que realicé en mi vida fue a Rivers Cuomo. Era 1994 y estaba en Madrid. La primera debió ser allá por 1981 o 1982 para un trabajo del colegio y se la hice a la señorita Sarita, la profesora de música que atormentó mi infancia con la maldita flauta Hohner. Resulta jocoso que la llamáramos Sarita teniendo en cuenta que la señora ya era entonces sexagenaria. ¿Por qué a los profesores varones les llamábamos de don y a las mujeres señoritas? No le encuentro explicación, aunque supongo que esta es una discusión para otro foro. En el más que improbable supuesto de que la señorita Sarita lea estas líneas, aprovecho para saludarla, decirle que a veces cojo la flauta de mis hijos y todavía recuerdo cómo tocar la intro de Star Wars. Y de verdad deseo de corazón que siga gozando de buena salud.

En 1994 ocupaba mi tiempo libre escribiendo majaderías en un fanzine. No, no se trataba de una cabecera local a la altura del NME o Melody Maker, aquello era la prehistoria del DIY, mucha grapa, pegamento y fotocopia, y rara vez alguien lo leía. Á veces llamaba a las compañías mendigando algún disco o una entrevista. Con el tiempo logré que me llegara algún ejemplar de saldo pero, ¡ay de las entrevistas! Que quieren que les diga, entrevistas no hice ninguna. Hasta la de Weezer.

La responsable de prensa en Universal, que por entonces no se llamaba Universal y recibía el enigmático nombre de MCA y estaba situada en una callecita cerca del Viso justo detrás del Paseo de la Habana, me llamó un día cualquiera por teléfono. “Weezer está en España”, dijo. En realidad lo que quería decir era que tenía que cerrar un plan de promoción con un grupo americano y que ante la falta de interés de los medios serios por el conjunto musical en cuestión, o bien llamaba a fanzines de tercera como el mío o aquella jornada promocional iba a ser francamente ligerita. Claro, todo esto no lo supe interpretar hasta algunos años después cuando yo mismo forme parte de la dinámica de una multinacional disquera, pero en ese momento me sentí como Cameron Crowe en “Casi famosos” y empecé a preparar la entrevista como si fuera la cosa más importante de mi vida.

En su momento Weezer no le importó una mierda a nadie. Bueno, esta afirmación no es del todo exacta. Al menos tenían una buena base de fans en L.A. que se preocupaba por ellos, aunque en 1994 sin apenas haber girado por el resto de estados y todavía en los primeros hervores de la era internet casi nadie tenía muy claro quiénes eran aquellos cuatro muchachos con aspecto de seminaristas freaks. En España a duras penas les conocía su propia compañía, y en el concierto del día siguiente a mi entrevista en la sala El Sol solo había cien personas, seguramente los únicos cien fans de todo el país. Aquel fue uno de los mejores conciertos de mi vida, tal cual.

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En 1994 –sólo tres semanas después de la muerte de Kurt Cobain-, cuatro muchachos vestidos con camisetas lisas y pantalones chinos y liderados por un geek con gafas de pasta lanzaron su primer trabajo al mercado. El músculo del grunge y el sonido seattle estaba ya muy debilitado, y armados de potentes melodías y canciones redonditas salieron dispuestos a conquistar el trono del rock juvenil ahora desierto. Resulta inexplicable el motivo por el que “The blue álbum” fue repudiado en su momento. Weezer fue vapuleado por crítica y público hasta la deshonra, acusados de presuntuosos haciéndose pasar por nuevos heavies adaptando los trucos de Nirvana o Pixies a través de videos exuberantes para MTV.

La banda se formó en Los Ángeles en 1992 con Rivers Cuomo (guitarra y voz), Patrick Wilson (batería), Jason Cropper (guitarra) –reemplazado más adelante por Brian Bell– y Scott Shriner (bajo) –sustituido poco después por Matt Sharp–. En 1993 firman con Geffen Records y comienzan la grabación de su primer disco, Weezer, conocido popularmente como el disco “Azul” por el color de fondo de su portada. Grabado en los estudios Electric Lady de Nueva York y producido por el líder de los Cars Ric Ocasek, el disco apenas tuvo incidencia durante sus primeros meses de vida. Sólo la persistente demanda popular del single ‘Undone (The Sweater song’ desde una emisora de radio de Seattle, curiosamente cuna del difunto Grunge, logró despertar las ventas del disco. “The blue álbum” lleva vendidas hasta la fecha más de 7 millones de unidades, cifra nada despreciable para un grupo de “tolais” inadaptados.

Paradójicamente y a pesar de sus imponentes ventas, no produjo ni un sólo número uno en las listas de éxitos, y eso que todos los temas del disco eran buenos. Dicho de otra manera, tiene seis canciones excelentes y cuatro muy buenas, un promedio lo suficientemente interesante como para darle una oportunidad.

Dicen que el tiempo lo cura todo, incluso la vergüenza, y con los años este glorioso álbum ha ido escalando posiciones hasta, pásmense, estar incluido en los sesudos glosarios que recogen los mejores discos de todos los tiempos. Es verdad que Rivers Cuomo, incuestionable líder del grupo, bebió de las fuentes de Pixies o Nirvana con dinámicas muy similares, algo que por otro lado no parecía nada especialmente recriminable. Pero también había mucho Beach Boys y Beatles, y Hard Rock y AOR, y Simon & Garfunkel y por qué no, referencias a Nirvana (compañeros de sello discográfico, no lo olviden). Lo que muy pocos fueron capaces de ver fue la habilidad de Cuomo para domesticar el sonido rudo del rock metal de los años 70 presentándolo en un formato power pop sorprendente, original y comercial.

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Melódicos y muy divertidos, tiraron de bases urgentes y guitarras pesadas como sello distintivo. Sí artistas coetáneos como Pavement o Sebadoh apostaron por caminos más oscuros que inevitablemente desembocaban en audiencias más selectas, Weezer plasmó la universalidad de la cultura pop en canciones sencillas alejadas de lo excluyente. Con un grupo de músicos muy solventes capaces de sonar francamente bien, Cuomo fabricó una colección de riffs y estribillos inteligentes capaces de conectar inmediatamente con el público. El carisma introspectivo del personaje hacía que mostrara cierta vulnerabilidad oculta bajo un enorme manto de densas guitarras en sus canciones, convirtiéndose en uno de los autores referentes de su generación.

Llegué a mi entrevista con Cuomo a la hora señalada. No tuve tiempo o simplemente olvidé contarle mi anterior experiencia profesional con la señorita Sarita, y tratándose de un joven raro y reconocido marciano estoy seguro que le hubiera encantado mí batallita tonta con la flauta. Hablaba muy despacio y el tipo era de lo más interesante. Alejado del estereotipo de cantante indigesto, opinaba de un recién llegado Bill Clinton, de la cocina europea incluyendo detalles de la gastronomía española y mostró un enciclopédico conocimiento del rock norteamericano en una interminable lista de referencias a cada cual más sugerente. Como contrapunto, a su lado compartió respuestas el guitarrista Brian Bell, un tarado permanentemente ataviado con un gorro de lluvia y gafas de sol incluso en el interior del hall del hotel y con aspecto de haber fumado lo bastante como para que todo lo que dijera resultara incomprensible y muy gracioso. No recuerdo ni una sola palabra de Bell, pero, ¿saben qué?, a los tres nos dio exactamente igual, todos sabíamos que la difusión de aquella entrevista sería en el más optimista de los escenarios muy moderada.

Soy de los que piensan que la primera canción de un álbum debe ser buena. Quizás sea por mí pasado como agente de ventas, vendiendo discos a granel con albarán y maletín en Prycas y Continentes, un tiempo en donde los puntos de escucha en los centros comerciales marcaban la diferencia y los clientes con sus auriculares generalmente no pasaban del primer track haciendo que mi comisión mensual y mi calidad de vida dependiera de ello. El ya fallecido director comercial en Warner siempre lo pedía a los departamentos de marketing y artístico: “¡Pongan en el disco la buena la primera, hombre!”. Desde un punto de vista puramente mercantil, la verdad es que aquello tenía bastante sentido.

Esta teoría de la primera canción se vuelve fundamental y dramática cuando se trataba del primer disco de un artista. ¡La primera canción de la primera cara del primer disco de un grupo necesariamente debe ser buena! Al fin y al cabo si llevas toda la vida esperando firmar un contrato discográfico, qué menos que enseñar tus mejores cartas desde la misma puerta de entrada, ¿no? ‘I Saw her standing there’ de The Beatles, ‘I will follow’ the U2, ‘Rock and roll star’ de Oasis, ‘I wanna be adored’ de The Stone Roses, ‘Good times bad times’ de Led Zeppelin I, ‘Take it easy’ de Eagles… supongo que se entiende la idea. ‘My name is Jonas’, la canción que abre el disco “Azul” es una tarjeta de visita perfecta, tres minutos y pico que muestran claramente la oferta del grupo: armonía, estribillos y guitarras eléctricas, muchas guitarras eléctricas.

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‘No one else’ es una canción de desilusión, una de esas cosas que todo joven piensa cuando su amorcito le manda a paseo. Es sencilla y muy eficaz, y Cuomo por arte de magia es capaz de enmascarar el contenido deliberadamente tonto bajo un muro infranqueable de densas guitarras. ‘The world has turned and left me’ posee una hipnótica estructura en espiral y da la bienvenida a ‘Buddy Holly’, uno de los cortes más celebrados del grupo y que tiene como casi toda la obra de Cuomo esa apariencia externa de gran broma. Pero no lo es. Aquí se destapan las referencias de Cheap Trip o Quiet Riot, y no porque fueran en su momento divertidas sino porque verdaderamente el líder de Weezer aplaude su sonido. ‘Undone (The Sweater Song)’ fue el primer sencillo del disco e irónicamente lo más grunge del mismo, pero ante todo una gran canción. Los dos temas lograron gran notoriedad en la MTV gracias a los videos realizados por Spike Jonze, tipo tan raro como el propio Cuomo con el que claro, se entendió a las mil maravillas.

‘Surf wax America’ abre la segunda parte del disco en un homenaje velado a los adorados Beach Boys en un tema decididamente simple y placentero a diferencia de otros cortes donde tienden a mostrar abiertamente sus miedos, ansiedades y nerviosismo. ‘Say it ain’t so’ es una de mis favoritas. Tiene la estructura típica e imbatible de calma-caña-caña-calma, es fácil de cantar y emociona y emparenta el heavy metal de Aerosmith y Kiss con el pop tradicional de Al Stewart y Cat Stevens. Brutal.

‘In the garage’ habla de la felicidad de un muchacho haciendo música en el sótano de su casa. Si en 1994 hubiera seguido tocando la batería con mi grupo en el garaje de la casa de mis padres, ‘In the garage’ sería mi canción rock favorita. Lástima que para 1994 mi grupo estaba disuelto, había vendido la batería y en la casa de mi madre ya no había garaje. Cada vez que escucho eso de “En el garaje me siento seguro, a nadie le preocupa lo que hago, toco la guitarra, toco mis canciones estúpidas y escribo mis estúpidas letras” pienso en lo divertido que es tener un grupo de rock y tocar en un local de ensayo con tus colegas, una de las mejores cosas que uno puede hacer en su vida.

La recta final del disco la ocupan la infecciosa ‘Holiday’ con esa intro deliciosa y sobretodo ‘Only in Dreams’, o el ‘Starway to heaven” de Weezer, con su inicio sosegado, estrofa en alto y gran solo final de guitarra. Dura sus buenos ocho minutos y, como en casi todo el disco, prevalece la emoción de la canción por encima del virtuosismo. Ojo, no digo que no sea un buen solo de guitarra, solo espero que nadie busque a Jimmy Page por allí.

A pesar de su tono ligero, este álbum tiene un amargo sentimiento general de soledad en un trabajo con un fondo increíblemente conmovedor. ‘The world has turned and left me here’ habla del final de una relación, ‘Only in dreams’ es irremediablemente desesperada, ‘My name is Jonas’ profundiza en recuerdos ásperos de la niñez, ‘Say it ain’t so’ relata el dolor de un padrastro alcohólico, ‘In the garage’ habla abiertamente de esconderse, ‘Undone…’ o el absurdo y vacío placer que te produce tu prenda de vestir favorita. Casi todos los discos de algún modo muestran cicatrices vitales e inseguridades en sus textos, pero esas palabras suelen estar después eclipsadas por estribillos facilones y grandes solos de guitarra. Aquí también hay estribillos facilones y solos de guitarra, pero están ahí para apoyar los sentimientos en los versos de Cuomo, empujándolos con fuerza hacia delante, canciones artesanas de apariencia muy sencilla pero con una arquitectura profunda y compleja.

Casi enterrado el grunge, en 1994 el grupo compitió en USA con un trío de punk pop energético llamado Green Day y al otro lado del charco con la llegada de un nuevo fenómeno llamado brit pop, con los insoportables hermanos Gallagher liderando el movimiento. Sorprendentemente, Weezer fue capaz de infiltrarse entre los dos con una propuesta de rock alternativo inteligente. Acostumbrados a la indiferencia durante la supremacía de Pearl Jam, Nirvana, Soundgarden y el resto de bandas con camisas de cuadros, el éxito les cogió por sorpresa. Mucho antes de ser unas estrellas, Rivers Cuomo y su banda habían estado tocando las mismas canciones por los locales de la escena de Los Angeles sin que nadie mostrara un mínimo interés. Cuando esos temas lograron llegar a un público masivo el grupo no entendió nada. La deliberada rareza de su siguiente trabajo, el igualmente recomendable “Pinkerton” quizás tenga que ver con el extraño recorrido comercial de su debut.

El disco “Azul” no es solo uno de los mejores debuts de la historia, se trata de un disco esencial. Grandes grupos necesitaron de dos, tres y hasta cuatro álbumes para alcanzar lo memorable. Weezer lo hizo a la primera. Este trabajo tiene la extraordinaria capacidad de conectar las rarezas de un solo individuo de una manera universal, y es ahí donde uno se explica su fenomenal legado. Las letras con marcada temática juvenil añaden un encantador componente de nostalgia para los que hoy juegan la liga de los 40 años, aunque cualquiera puede disfrutarlo. Si uno elimina las partes de guitarras más duras, las baterías destartaladas o incluso la voz aún por modular del vocalista lo que queda debajo sigue siendo una colección de canciones estupendas. Y ya saben que en el fondo esto no es más que un negocio de canciones. El álbum se las arregla para ser ingenioso y divertido sin necesidad de utilizar chistes y le da un buen lavado de cara al acartonado rock independiente americano sin necesidad de “one hit wonders” convirtiendo para siempre lo geek en chic.

Anterior entrega de “Placeres culpables”: Placeres Culpables: “Appetite for destruction”, de Guns N’ Roses

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