Placeres Culpables: “Sweet dreams (are made of this)”, de Eurythmics

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“Contiene una melodía deslumbrante de la que es materialmente imposible escapar, esconde alma bluesera donde la garganta de Lennox suena primitiva, desesperada y grande, incluso cuando lo hace en falsete, una obra maestra del pop de todos los tiempos”

 

Rememorando los primeros 80 y el tecnopop de Azul y Negro, Óscar García Blesa pedalea esta semana a través de géneros y subgéneros hasta el debut discográfico de Dave Stewart y Annie Lennox, en el que se detiene para narrar sus bondades.

 

 

Una sección de ÓSCAR GARCÍA BLESA.

 

 

Eurythmics
“Sweet dreams (are made of this)”
RCA, 1983

 

 

“En Inglaterra tenemos esta música llamada ambient… Ambient-tecno, ambient-house, ambient hip-hop, ambient tal, ambient cual…”. Brian Eno.

Publicado en 1983, el álbum “Sweet dreams” cambió significativamente las reglas del synth pop. Dave Stewart, un aplicado guitarrista, y Annie Lennox, una voz en ocasiones demasiado atlética, encontraron en la tecnología y el espíritu punk del DIY los ingredientes definitivos para desarrollar la fórmula del éxito. Eurythmics crearon canciones de pop esbelto absorbiendo influencias que viajaban desde el sonido Motown hasta herencias de Suicide, Lou Reed o el soul glacial del “Low” de Bowie. Demasiado jóvenes para ser hippies, demasiado mayores para alistarse en el ejército punk y no lo suficientemente cultos para ser tomados en serio por los seguidores de Krafwerk, no tuvieron más remedio que inventarse un espacio en el género. Su reinado fue efímero (el rock volvería a reinar a partir de 1985), pero durante un cuarto de hora la chica de pelo naranja fue la estrella más rutilante del planeta logrando un éxito mainstream sin precedentes entre los artistas de máquinas.

A principios de los ochenta, cuando yo tenía once o doce años, ordenar grupos por estilos era algo relativamente sencillo para mí. Sin contar con la música culta, resumida en los compositores clásicos y el jazz, mi clasificación de todo lo que se podía escuchar por la radio en 1983 estaba directamente relacionada con los utensilios que los artistas usaban a la hora de crear sus composiciones. Los grupos de rock utilizaban batería, bajo y un número variable e indeterminado de guitarras y por lo general todos ellos incluían la figura de un señor cantando. Cuando el artista reemplazaba los instrumentos tradicionales por cajas de ritmos y sintetizadores, utilizando secuenciadores MIDI, samplers y loops que formulaban un sincronizado y repetitivo chunda-chunda dentro de un compás 4/4, lo llamaba, simplificando al máximo, música tecno. No había más. Entonces resultaba extraordinariamente sencillo agruparse en un género musical y formar parte de una comunidad, algo que en cierta medida echo de menos.

Han pasado más de treinta años y las cosas ahora se han complicado demasiado. Resulta verdaderamente complejo comprender los matices que diferencian el ambient del chill out. ¿Pretende el trance hacerte entrar precisamente en trance? Me confunde que llamándose drum n’ bass no haya un tipo melenudo aporreando una batería. ¿Está emparentado el trip hop con el hip hop? Eso por no mencionar el bakalao. ¿En qué demonios estaban pensando cuando le pusieron ese nombre y erigieron a Chimo Bayo como héroe contracultural? ¿Es el jungle un artefacto sonoro creado por animales recién salidos del zoo? Y el house, ¿es algo que sólo puedes disfrutar estando en casa? No lo creo, y por más tiempo que le dediquen a explicármelo no tengo la menor idea que es eso del krautrock, progressive, deep, dub o glitch. Es más, ni siquiera me he esforzado en intentar descifrarlos. Reconozco que tecno puede ser un término un tanto anticuado, y reconozco también que para los especialistas del gremio recapitular toda la producción de música electrónica en un solo género abreviado puede parecer una denominación de origen un tanto simplista por mi parte. No lo niego, es más, puede que tengan razón. Pero para mí, y me temo que para la mayoría de individuos de mi generación –incluyendo a los más modernos– , el estilo de música electrónica realizado a través de computadoras se resume con el nombre de música tecno.

Atendiendo exclusivamente a detalles cronológicos, el primer artista tecno del que tengo un recuerdo verdadero es, y estoy bastante seguro de esto, Azul y Negro. Antes de que los ciclistas se doparan sistemáticamente, las grandes vueltas eran un acontecimiento televisivo ciertamente muy popular. Es posible que estos esforzados héroes de las carreteras se drogaran también durante la década de los sesenta y setenta, ¡o incluso antes! ¿Quién en su sano juicio no lo haría si tuviera que enfrentarse a 3.000 kilómetros de valles y montañas durante tres semanas de manera ininterrumpida?

En los 80 el ciclismo vivió su etapa de máximo esplendor (una edad de oro que vivió una resurrección durante la gesta de Perico Delgado en el Tour de Francia en 1988, y el periodo hegemónico de Miguel Induráin en la misma ronda algunos años más tarde). En 1982, soñar con levantar la copa del mundo, ganar Roland Garros casi todos los años, ver jugar a un español el partido All-Stars de la NBA o tener a un piloto al que animar montado en su Formula 1 eran cosas que disfrutaban otros países y a las que los españoles ni siquiera aspirábamos. Nos gustaba el Brasil de Sócrates y Zico, vibrábamos con Connors y McEnroe, la NBA de Bird y Magic Johnson parecía verdaderamente mágica y éramos un poco más de Senna sólo porque Prost tenía pasaporte francés. No creo haber sentido frustración por no tener un deportista español a quién animar siendo niño, sencillamente no contabas con ello.

Con la llegada de Induráin el Tour de Francia se hizo muy popular, congregando a familias enteras frente al televisor durante la hora de la sobremesa. Gracias a Miguelón sacrificamos la siesta pero aprendimos geografía. La gente hablaba de los Campos Elíseos o el Alpe d’Huez con verdadera erudición, como si se tratara de la Gran Vía o de una montaña delante mismo de sus casas. El Tour (la Grand Bouclé en la tertulias de cafetería) introdujo en nuestras vidas palabras nuevas. Las barras de bar de media España discutían sobre la conveniencia o no de usar una rueda lenticular durante la decisiva etapa cronometrada, y todos sin excepción utilizaban las palabras pelotón, abanico, escalador, tumba abierta, pájara, montonera, rompe piernas, escapada y, por supuesto, serpiente multicolor, en perfecto contexto durante sus animadas charlas. De no existir Laurent Fignon, un tipo alopécico con unas gafas modelo John Lennon y un carácter terrible que aparentaba 57 años, y su rivalidad hercúlea y enfermiza con su compatriota Bernard Hinault, ciclista entrado en kilos que a su vez parecía el padre de Fignon, nadie hubiera dedicado un solo minuto al Tour de Francia.

La temporada ciclista también traía las carreras de chapas al patio del colegio, donde podías jugar de manera individual o en pareja. Yo casi siempre formaba tándem con Daniel Fernández, un chico con una pierna quince centímetros más corta que la otra. La pierna corta era tan delgada como su brazo y tenía pegada una cuña a modo de alzador en su zapato que debía pesar por lo menos medio kilo o más. Siempre sonreía y contaba chistes de gente tuerta o coja, y con las dos palmas de las manos diseñaba los circuitos en las polvaredas de la escuela. Cuando llovía no teníamos recreo por lo que solo hacíamos las carreras cuando la tierra estaba seca, levantando altísimas columnas de polvo que llegaban desde la calle Pez Volador hasta la M-30. El circuito incluía largas rectas, curvas pronunciadas, algún terraplén y una línea de meta marcada con un destornillador de estrella. Una chapa de Mirinda o de Kas con la foto recortada de tu corredor favorito pegada sobre una firme base de plastilina hacía el resto.

Para mi chapa siempre escogía a José Luis Laguía. En las grandes vueltas ciclistas existen dos categorías incomprensibles y, lo que es peor, dos triunfos absolutamente inútiles a pesar del titánico esfuerzo necesario para lograrlos: el gran premio de la montaña y el de las metas volantes. Yo entonces no lo sabía, y el hecho de que Laguía fuera todo un campeón, aunque sólo durante el rato que ascendía en dirección a los Lagos de Covadonga, me parecía un sólido argumento para escogerlo como parte de mi equipo. Además, el resto de niños ya habían pegado en sus tapones las caras de Eric Caritoux, Sean Kelly o Robert Millar, convirtiendo a José Luis Laguía en la mejor elección del pelotón dadas las circunstancias.

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Azul y Negro dinamitaron las listas de éxito entre 1982 y 1983 gracias a la pareja de hits ciclo-turísticos creados para la sintonía de la Vuelta. ‘Me estoy volviendo loco’ en 1982, y ‘No tengo Tiempo’ sólo un año después (es realmente increíble que con aquel “…con los dedos de una mano…” del estribillo la canción llegara a ninguna parte) fueron la aportación española al mundo del tecno a principios de los ochenta. Es verdad que dentro del tecno hispano hubo otros grupos antes y posiblemente mejores que Azul y Negro. Aviador Dro fueron los auténticos pioneros, con esa estética futurista, un fuerte componente punk en su ideología y unos temas en los que hacían crítica del sistema y loa de las máquinas y la ciencia. ‘Alas sobre el mundo’ es un estupendo disco de debut (álbum que incluye el himno ‘Selector de frecuencias’). Visto en perspectiva, lo cierto es que ni Aviador Dro ni Esplendor Geométrico eclipsaron la importancia del dúo de Madrid en lo que a la popularización del género se refiere. Azul y Negro, formado por Carlos García-Vaso y Joaquín Montoya, publicaron en 1981 “La Edad De Los Colores”, reeditado al año siguiente gracias al éxito de ‘Me estoy volviendo loco’, tema que no iba en el vinilo, que contenía grandes temas de tecno pop como ‘Catedral de sal’, ‘No controlo nada’, ‘No queda paz’ o ‘La torre de Madrid’, dando forma a un disco dignísimo y perfectamente reivindicable. ¡Qué demonios!, quizá lo haga algún día.

Pero en lo que al uso de sintetizadores se refiere –y a pesar de que Depeche Mode o New Order molaban más–, mi verdadero momento revelador llegó la primera vez que escuche la intro de la canción ‘Sweet dreams’ de un dúo inglés llamado Eurythmics. Stewart y Lennox se conocieron a finales de los 70 formando parte del grupo de punk ligero The Catch (luego The Tourists). Su propuesta cercana a la new wave apenas llama la atención y tras su disolución en 1980 crean Eurythmics, un plan artístico para poder desarrollar sus ideas de experimentación con la electrónica y el avant-garde.

Tomando su nombre de una serie de ejercicios pedagógicos que Lennox practicaba siendo niña, se lanzan abiertamente a la investigación de nuevos sonidos y a la tarea de escribir nuevo material con el sintetizador como herramienta principal, una suerte de Steely Dan robotizados.

Rápidamente firman contrato con RCA y después de “In the garden” (1981), un debut prometedor con mezclas de pop electrónico amable y sonidos psicodélicos, aunque no sería hasta la edición de su segundo trabajo “Sweet dreams (are made of this)” el que lograría llevarles al estrellato internacional.

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En 1982 el dúo se deshace prácticamente de todos los colaboradores externos y se convierten en los únicos elementos humanos de Eurythmics, definitivamente lanzados al uso de las máquinas como complementos musicales. Es verdad que contaron con otros músicos, pero estos no eran más que instrumentos con manos puestos al servicio de su creatividad. Los 3 primeros sencillos, ‘This is the house’, ‘The walk’ y ‘Love is a stranger’, en un principio no funcionan en las listas británicas, pero el triunfo estaba mucho más cerca de lo que nunca hubieran podido imaginar. En enero de 1983 se edita “Sweet dreams”, un hit estratosférico (aún hoy esa introducción sigue siendo una de las líneas pop más recordadas de todos los tiempos) y una canción que les ofrecería sitio asegurado en el olimpo del pop.

La oscura sucesión de la línea de bajo enlatado, la extraordinaria fuerza de una letra con un alto componente sexual y un video de potente dramatismo protagonizado por la rompedora imagen de una Lennox con el pelo naranja y de traje y corbata en una estética robada de Krafwerk fueron herramientas más que suficientes para el pelotazo. En relación al vídeo, digamos que no ha envejecido especialmente bien, pero ofrece algunos pasajes de lo más delirantes, como esa presencia de una vaca en las oficinas de lo que aparentemente parece ser una discográfica y que a mí me recuerda una barbaridad a la sala de juntas del ya derribado edificio de Sony en el Conde de Orgaz

Paradójicamente, el single no alcanzó el número 1 en Inglaterra (se quedó en el 2), pero sí lo hizo en los Estados Unidos, convirtiéndoles en uno de los iconos musicales de la época. Como no podía ser de otra manera, el éxito de ‘Sweet dreams’ devolvió la vida a los singles anteriores, especialmente a ‘Love is stranger’, que también triunfó en las listas. Del vídeo pocos comentarios, otro ejercicio freak muy “ochentas” con la andrógina Lennox de protagonista absoluta.

Dave Stewart produjo el disco junto a Robert Crash y Adam Williams –del grupo Selecters– utilizando un pequeño estudio portátil de 8 pistas. La idea era distanciarse de la leve psicodelia de su primer trabajo centrándose ahora en los sintetizadores analógicos. Lograron eliminar la sensación de música sin emoción que generalmente acompañaba a los grupos de synthpop, apoyándose en la voz de Lennox que ofrecía un toquecito soul dando un color mucho más dinámico a las canciones, y por extensión, mucho más amable para el gran público.

El disco se abre con ‘Love is stranger’, sexy, misteriosa y elegante. ‘I’ve got an angel’ con unas líneas de flauta con cierto aire fantasmagórico es una canción inquietante. ‘Wrap it up’, una versión de Sam & Dave con Green Gartside de Scritti Politti abunda en unos secuenciadores pesados dando un toque general bastante marciano. Hoy puede resultar una evocación hasta cierto punto casera, pero en 1982 aquella revisión electrónica de un clásico del soul era pura vanguardia y un brindis a la modernidad. ‘I could give you a mirror’ son más sintetizadores descarados justo antes de ‘The walk’, una de las mejores del disco, sutil y delicada y a la vez ardiente y provocativa y que fue extraída como sencillo en julio de 1982 con escaso éxito. Con todo, posee una textura maravillosa, con evocadores acordes de piano, fanfarrias de trompetas y más sintetizadores eficaces.

La cara B despega con ‘Sweet dreams (are made of this)’, indudablemente la canción más memorable no sólo del disco, sino de toda la carrera del grupo. Una pieza sublime, un trabajo fantástico, posiblemente la quintaesencia del pop sintético, oscuro y apocalíptico. Contiene una melodía deslumbrante de la que es materialmente imposible escapar, esconde alma bluesera donde la garganta de Lennox suena primitiva, desesperada y grande, incluso cuando lo hace en falsete, una obra maestra del pop de todos los tiempos. La canción nació fruto de la urgente necesidad del grupo por despachar un éxito tras el tibio (siendo muy generosos) recibimiento de su primer disco y responde a situaciones desesperadas por las que atravesaron incluyendo momentos de pobreza (literalmente estaban sin un clavo). ‘Sweet dreams’ no es solo una canción de éxito, se trata de un triunfo personal ante las adversidades de la vida. La canción les hizo increíblemente ricos, pero faltó muy poco para que hoy nadie supiera quiénes eran aquellos dos tipos raros.

‘Jennifer’ es brillante y una de mis favoritas. Cuenta de manera hermosa una historia dramática y duele, y es tremendamente emocionante con esos aires de marcha fúnebre folk, una línea de bajo sintético marca de la casa, un sabor a Philip Glass y a Joy Division y la pregunta sin respuesta de Lennox cuando masculla eso de “Jenniffer, where are you tonigh?” envuelta en unas guitarras de Stewart que contagian rabia en una canción verdaderamente preciosa.

‘This is the house’ incluía una introducción en español al más puro estilo de las clases de inglés de Follow me, “esta es la casa, este es el cerro, esta es la historia de algo chiquitito…”. Es divertida, muy soulera, con un bajo infatigable y una sección de metales típica de la época, un conjunto de guiños que en general podrían recordar al Bowie de la etapa “Let’s dance”, aunque todo cogido con alfileres. ‘Somebody told me’ es un tema que seguramente le ofreció a Madonna más de un truco para crear ‘Like a virgin’, y tiene el honor de ser la canción que telonea ‘This city never sleeps’, epílogo del álbum y una de las canciones más inmensas de su carrera, atmosférica, industrial. La mejor Lennox de todo el disco, con una letra asombrosa que envía un mensaje de soledad absoluta a pesar de estar en el medio de una multitud en una gran ciudad: “Paredes tan finas que casi puedo escucharles respirar, y cuando les escucho sólo oigo el latir de mi corazón”. Cuando la escucho yo imagino una estética propia de “Blade runner”, aunque fuese incluida en la banda sonora de la pajillera “Nueve semanas y media”. Aquí suenan trenes, guitarras que lloran y todo esconde misterio y mucha clase. Un cierre colosal.

Acusados de ofrecer discos incompletos (un par de buenas canciones por entrega y pocos más), su ascendente en toda la música electrónica de evidente corte comercial que estaba por llegar les debe mucho. Es verdad que heredaron algo de la ambición snob electrónica de Krafwerk, pero a diferencia de estos, no fueron tomados en serio por presentar canciones con forma de canciones, es decir, temas que pudieran ser cantados, tatareados, reconocidos por un público ávido de estribillos pegadizos. En este disco Eurythmics transformó el sonido sintético de la época electro-pop en música accesible. Los sintetizadores son los verdaderos protagonistas, pero inservibles sin la poderosa voz de Lennox, el legado de dos genios dispuestos a derribar sus límites físicos, financieros y emocionales. El resultado es música synth pop sin precedentes en la época, logrando capturar el calor y la emoción del sonido humano a través del uso de las máquinas, y lo que es más importante, una identidad inimitable en su sonido. Uno puede discutir sesudamente el academicismo del “Blue monday” de New Order o el componente hedonista de “I just can’t get enough” de Depeche Mode pero, siendo justos, “Sweet Dreams” se emparenta con lo mejor del género sacando pecho sin complejos.

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Con diez años, en algún momento de 1983, poco después de terminar la Vuelta Ciclista a España, ante el asombroso éxito de ‘Me estoy volviendo loco’ y una vez finalizada la temporada de chapas, oficialmente monté mi primer grupo de música serio con mi hermano pequeño Guillermo. Fue un proyecto musical breve, nunca llegamos a grabar ni componer una sola nota y a pesar de una excelente acogida nos separamos amigablemente sólo dos días después de formar el grupo. Armados exclusivamente con un pequeño teclado Casio VL-1 de color blanco salimos de gira actuando en la cocina, la terraza y el salón de casa (dos veces). Nuestro repertorio estaba compuesto por una única pieza: la demo que el Casiotone incluía por defecto en el aparato, una canción folk alemana llamada ‘Unterlanders heimwe’ (La nostalgia del lowlander) creada en 1824 por el compositor alemán Friedrich Silcher. Con un sencillo cambio de patrón, ‘Unterlanders heimwe’ sonaba a flauta, violín, trompeta o piano y podías cambiar el tempo, haciendo que fuera más lenta o acelerarla hasta velocidades de vértigo utilizando un dedo. Nunca un solo tema nos dio tanto ni hacer música fue tan sencillo. Aquel pequeño aparato japonés hizo que durante algún tiempo la profesión de estrella de rock rondara por mi cabeza.

Para mi desgracia, tres alemanes que se hacían llamar Trio (sí, eran tres y se llamaban Trio), tuvieron la misma idea y ocuparon la vacante de estrella de rock que yo me había reservado. El sencillo ‘Da Da Da (ich lieb dich nicht du liebst mich nicht aha aha aha)’, que utilizaba los ritmos pregrabados del Casio VL-1 vendió la interesante cifra de 13 millones de singles en 1982, y ante la poco probable posibilidad de repetir la misma jugada con éxito, con once años decidí convertirme en futbolista. Al menos hasta que terminara el mundial de Naranjito.

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