Pamplona, Coque Malla y sus cuerdas irrepetibles

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«Un violín se abre hueco en mitad del silencio, con tal delicadeza que casi podemos sentir el roce del arco con las cuerdas»


Solo cuatro ciudades verán el formato más minimalista de Coque Malla para acabar 2018: un cuarteto, un piano y su guitarra. Nos desplazamos a Pamplona para acompañarle en la preparación del tercero de sus shows.


Texto: Arancha Moreno.
Fotos: Javier Escorzo.


Pamplona luce grisácea y medio lluviosa la tarde que Coque Malla prepara su penúltimo concierto con el Cuarteto Irrepetible. El tercero de los cuatro directos que ofrece acompañando a su guitarra de pianos y cuerdas. Una nueva vuelta de tuerca a los múltiples formatos en los que han sonado sus canciones desde que publicó “El último hombre en la Tierra”. Otro reto más.

Cruzamos la puerta trasera del Teatro Gayarre y recorremos un pasillo oscuro hasta desembocar en un amplio escenario. De frente, el patio de butacas luce como pequeños tronos rojos, con brazos de madera y botones dorados con el número de cada uno de los ochocientos asientos. En menos de dos horas, casi todo el vetusto teatro estará lleno. Ahora lucen vacíos.

Los backliners y el equipo técnico llevan más de dos horas preparándolo todo para la prueba de sonido. Un violín empieza a abrirse hueco en mitad del silencio, con tal delicadeza que casi podemos sentir el roce del arco con las cuerdas. Poco después aparece Coque con la guitarra, hablando con su equipo de sonido para ver si consiguen ajustar los graves. Reconocemos los acordes de ‘La señal’. «Vamos con la voz», pide ahora, interpretando primero ‘Berlín’ y después ‘La carta’.

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«Hay canciones que se hicieron para sonar con un cuarteto clásico de rock, pero ‘La señal’ pide violines»


David Lads se ha sentado al piano y al Wurlitzer, y el cuarteto de cuerda ya está ocupando sus banquetas: Juan Luis Gallego (primer violín), Gala Pérez (segundo violín), Sergio Sola (viola) y Juan Pérez de Albéniz (chelo). Suenan los violines y los teclados. La viola prueba con una melodía inesperada: parece la sintonía de El coche fantástico. Al rato, Lads jugará también con los teclados lo que parece un rock and roll de los cincuenta.

Escuchar la intro de ‘La señal’, solo con las cuerdas y en mitad de un teatro vacío, conmueve. Casi nos olvidamos de que estamos en una prueba, en la que una decena de técnicos tratan de dejarlo todo perfecto, mientras se van sucediendo ‘Berlín’, ‘La carta’, ‘Despierto’, ‘Pétalos, sonrisas y desastres’…

Todo está a punto. Coque atraviesa el patio de butacas para atender a la prensa, mientras le graba una cámara de televisión. Minutos después regresa al camerino, donde les espera una cena muy temprana, ya que el concierto empieza hoy a las ocho y media. Los instrumentistas de cuerda, acostumbrados a formaciones y conciertos clásicos, comentan divertidos que en ese tipo de actuaciones solo suelen ponerles «té verde». Hoy, la fusión entre lo clásico y el rock ha llenado los camerinos de cervezas, gominolas, tortilla… y vino, imprescindible para los buenos momentos de Coque.

A las ocho y media el público ya está ocupando sus asientos, expectante. Detrás del escenario, los seis músicos se abrazan, buscando un momento de comunión previo a lo que va a ocurrir. El cuarteto sale al escenario. El público tarda un poco en arrancar sus aplausos. Silenciosos y coordinados (aunque alguna partitura rodará por el suelo durante el show), comienzan a interpretar ‘La señal’, con un halo mágico que marca muy bien el tipo de concierto que van a plantear. Los aplausos se vuelven más fuertes cuando irrumpe Coque y hace una reverencia en el escenario.

Hay canciones que se hicieron para sonar con un cuarteto clásico de rock, pero esta pide violines. Las cuerdas van arropando la voz de Coque, que durante unos instantes tiene algún problema de sonido, probablemente inadvertido para los espectadores. Desde el lateral del escenario, media docena de hombres pasean como sombras sin rostro, escondidos entre telas negras con forma de columna («patas», lo llaman ellos) que les dejan ver lo que está ocurriendo sobre las tablas sin ser vistos. Caminan sigilosos, tratando de no pisar ningún cable ni hacer el más mínimo ruido. Si algo sucede, se hacen señas con luces rápidas que cruzan el escenario de lado a lado. Son seres invisibles vestidos de negro con las letras de «staff» sobre la espalda.

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«Las cuerdas parecen chirriar, tenebrosas, como si quisieran transportarnos al infierno. Generan tensión»

La reciente ‘Santo, santo’ precede a la antigua y cálida ‘La mujer sin llave’, una canción que da ganas de tararear, si pudiésemos hacer ruido. Quizá sea el propio teatro el que infunde tal respeto que la gente se mueve y pronuncia lo mínimo. Coque da las buenas noches y desea que todo el mundo disfrute «de esta velada emocionante y musical que les hemos preparado».

Las cuerdas giran como un carrusel cuando interpretan ‘El último hombre en la Tierra’, con coros que se enredan y que invitan también a dar vueltas, como si estuviésemos en una escena circense pero muy bien equilibrada, sin números estrepitosos ni movimientos bruscos. Coque da unos pasos atrás para tocar con sus compañeros. Es una de sus canciones favoritas, según ha dicho más de una vez, y a juzgar por la oleada de aplausos, también gusta mucho a quienes la escuchan. 

Coque coge la copa de vino, y bebe fugazmente antes de que el escenario se tiña de rojo. Las cuerdas parecen chirriar, tenebrosas, como si quisieran transportarnos al infierno. Generan tensión. Los pianos también se suman a ese ambiente inquietante, justo antes de que Coque recite y le pregunte a alguien «¿A dónde vas?». Están tocando ‘La carta’.

‘Berlín’ vuelve a traer la luz, la calma, toda esa paz que el compositor siente cuando pisa aquella ciudad con aroma de domingo, según cuenta. Su hermano Miguel ha preparado los arreglos para estos directos, y los del tema ‘El sombrero’ tienen un aire arabesco, más exótico. En medio de la canción, las luces se apagan un instante para provocar mayor intensidad. Con su habitual manejo del escenario, Coque pide permiso para sentarse también en una banqueta mientras tocan la mordaz ‘El cambio interior’, ‘Termonuclear’ y ‘Pétalos, sonrisas y desastres’. Una pequeña cascada de luces sutiles desciende del techo sobre su figura, para iluminar sutilmente la escena. Suena también ‘Una moneda’, que tiene tanta fuerza visual que nos imaginamos una piedra cayendo en un lago calmo, creando pequeñas ondas en el agua. Sería un buen colofón para la banda sonora de una película con final abierto.

El brindis musical a Neil Hannon llega con ‘My beautiful monster’, y se une con una versión a la que Coque le tenía muchas ganas: el ‘One for my baby’ de Frank Sinatra. Ahí está el Malla crooner, luciendo su traje blanco y despojado de su guitarra, centrado solo en defender los versos del maestro. Ya lo hizo en las fiestas de San Isidro, el pasado mayo, pero era hora de hacerlo también en un teatro. Por qué no. 

Tal vez sea el recinto, tal vez sea el formato, o tal vez el carácter del público reunido. El caso es que el patio de butacas se muestra más bien callado y quieto durante el concierto. Sí se animan a cantar cuando llega ‘No puedo vivir sin ti’, como si fuera ya algo superior a sus fuerzas. ‘Despierto’, más intenso, acaba con unas cuerdas preciosas, y los músicos se despiden antes del último bis.

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«A Coque le gusta cuidar la parte visual de todos sus conciertos, tanto la puesta en escena como la propia fotografía»


Solo una canción sonará sin el cuarteto esta noche, y es ‘Hasta el final’. Únicamente guitarra, piano y voz antes de encarar el ‘Quiero volverte a ver’ y la pieza que cierra el concierto, que se inicia con unos pianos y una guitarra muy delicados, creando la atmósfera mágica de una de las canciones más emocionantes que ha firmado Coque en la última década: ‘Me dejó marchar’.

La gente se pone en pie a aplaudir mientras los músicos se sitúan en hilera y se acercan al borde del escenario. Se inclinan abrazados. Así comienzan y acaban el concierto, agarrándose después de haber estado toda la noche tocando solo sus instrumentos, generando vibraciones en el aire. Un fotógrafo aparece detrás de ellos para captar el momento. A Coque le gusta cuidar la parte visual de todos sus conciertos, tanto la puesta en escena como la propia fotografía. Con la misma elegancia con la que salieron, se marchan.

Detrás, en los camerinos, se nota la adrenalina de estar expuestos al público. Algunos hablan y ríen. Otros se toman la primera copa de la noche. Hay quien tiene hambre y quien vuelve a tener frío, una vez se pasan los efectos secundarios de estar expuestos a cientos de personas. Un joven de 18 años entra entusiasmado para abrazar a Coque, a quien le dice que es uno de sus músicos favoritos. Parece que lo ha disfrutado mucho aunque no sea un concierto de rock al uso, algo tal vez más atractivo para la gente de su generación.

La noche cubre Pamplona, gota a gota. Hace frío en los soportales. El cuarteto carga sus instrumentos mientras cruzan las calles, como si fueran una extensión de sí mismos. Aunque a su alrededor le transmiten buenas sensaciones, Coque siente que no ha sido el mejor concierto que han ofrecido con ese formato. Un punto de autocrítica que le seguirá haciendo crecer. Quizá lleva demasiado tiempo exigiéndose cosas muy elaboradas, con mucho detalle, convirtiendo un concierto en un espectáculo de precisión agotador. Después de dos años muy intensos, este viernes se despide de las cuerdas en Murcia, y enfila la recta final de la gira ‘Irrepetible’, que terminará en La Riviera madrileña los días 6 y 7 de diciembre, con todo vendido (aunque hoy ha anunciado que se han puesto a la venta algunas entradas extra). Es el momento de gastar las últimas balas antes de retirarse un tiempo a componer y darle forma a lo próximo. Y dice que tiene muchas, muchas ganas. De esos últimos escenarios y de lo que está por venir.

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