Operación rescate: “The buddha of suburbia”, de David Bowie

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“Explorando creativamente su poliédrico pasado musical y asistido por el multiinstrumentista turco Erdal Kizilcay, Bowie confeccionó un trabajo de una variedad estilística imponente”

 

Una propuesta del escritor británico Hanif Kureishi para musicar la adaptación televisiva de su novela “El buda de los suburbios” fue el origen de uno de los discos de Bowie menos conocidos por el gran público, pero más venerados por los seguidores del Duque Blanco. Lo cuenta Javier de Diego Romero.

 

David Bowie
“The buddha of suburbia”
ARISTA-BMG, 1993

 

Texto: JAVIER DE DIEGO ROMERO.

 

Tras transitar por la década de los ochenta con más pena que gloria y desperezarse algo espasmódicamente con el rock duro de Tin Machine, David Bowie se reinventaría como artista relevante en 1993 con la publicación de dos álbumes magníficos. Aparecido en el mes de abril y producido junto con Nile Rodgers, “Black tie white noise” era una nueva incursión en las tradiciones musicales afroamericanas, ya investigadas en “Young americans” (1975) y “Let’s dance” (1983); Bowie retornaba así al universo sonoro que le cautivó en su adolescencia, el que, de hecho, le movió a querer dedicarse a la música. Para su segundo elepé del 93, que es el que nos ocupa, el cantante emprendería también la conquista de su pasado, en esta ocasión con mediación literaria. Entre las entrevistas previas a la edición de “Black tie white noise” destacó la que mantuvo con el escritor británico de origen pakistaní Hanif Kureishi para la revista estadounidense Interview. Genuino entusiasta de la música de Bowie, Kureishi estaba por entonces trabajando en la adaptación para la BBC de su exitosa primera novela, “El buda de los suburbios”, y en los compases finales de la conversación aprovechó para pedirle permiso a su ídolo para utilizar algunas de sus canciones de los setenta en la banda sonora. Bowie le dio el visto bueno y el novelista, crecido, dio un paso más allá y le sugirió que compusiera algo nuevo para musicar la serie. “¡Creía que no me lo ibas a pedir nunca!”, respondió el Duque Blanco, del todo seducido por Kureishi y su obra. En último término, la banda sonora originalmente proyectada daría paso a un álbum más independiente, inspirado en “El buda de los suburbios” pero del que solo una canción, la titular, sonaría en la serie de la BBC.

“Este lugar de mala muerte […]. Al pasar por la estación sabías que todos los trenes iban a Londres y pensabas: ‘Ojalá estuviera en uno’”, afirma el pupilo de Bowie Brett Anderson, en eclosión en 1993 con el fabuloso disco de debut de Suede, de su infancia y adolescencia en Haywards Heath, una ciudad satélite ubicada a medio camino entre la capital y Brighton. “El buda de los suburbios” relata precisamente el traslado de Karim, hijo de padre inglés y madre pakistaní y trasunto del propio Kureishi, de la marginalidad y el tedio del extrarradio a las oportunidades y el esplendor del centro de Londres, peregrinaje tachonado de espiritualidad oriental, tensión racial y ambigüedad sexual. El argumento de la novela resonó en la imaginación de Bowie: la acción está ambientada en Bromley, el barrio londinense en el que creció (Bromley es, asimismo, el barrio natal de Kureishi); el libro retrata con brillantez la cultura juvenil de la década de los setenta, de la que Bowie fue uno de los ingredientes primordiales; la transición al estrellato —como actor— de Karim es paralela a la del autor de “Ziggy stardust”; Bowie es, en fin, uno de los materiales con los que Kureishi talla al personaje Charlie Kay (posteriormente Charlie Hero). Así, “El buda de los suburbios” embarcó a Bowie en un viaje introspectivo y nostálgico por sus años de formación y le impulsó a visitar de nuevo sus recuerdos e influencias de los setenta. Pero el suyo no fue un paseo indolente y estéril por lo pretérito; antes al contrario, al mirar atrás se reencontró con las fuentes de inspiración de su década dorada y descubrió que todavía podía extraer de ellas música maravillosa, anclada en el pasado pero dirigida al futuro: la música de “The buddha of suburbia”.

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“(Un auténtico fan de Bowie) tiene que ser capaz de nombrar tres canciones de ‘The buddha of suburbia’”, sostiene uno de los fans entrevistados por el sociólogo Nick Stevenson para su libro “David Bowie: Fame, sound and vision”. La sentencia es significativa del estatus del disco: por lo general, “The buddha of suburbia” es muy apreciado por los más versados en Bowie, pero desconocido por el gran público —su repercusión comercial fue mínima—. Explorando creativamente su poliédrico pasado musical, Bowie, asistido por el multiinstrumentista turco Erdal Kizilcay, confeccionó un trabajo de una variedad estilística imponente. En ‘South horizon’ se adentra con solvencia en el jazz, uno de sus primeros amores, acompañado por el excepcional pianista Mike Garson, con quien se había reunido para “Black tie white noise”, casi veinte años después de su anterior colaboración. Dos paradas en el ambient, la solemne y evocadora ‘The mysteries’ y la densa y umbría ‘Ian Fish, U.K. Heir’ se amoldarían como un vestido al cuerpo a los discos de su díptico berlinés (“Low” y “‘Heroes’”, ambos de 1977).

Uno de los artistas a los que más escucharon Bowie y Kizilcay durante la elaboración de este trabajo fue Prince, y su impronta se identifica en el funk de ‘Sex and the church’; incluso la convergencia de espiritualidad y sexualidad por la que aboga el texto (“dadme la libertad del espíritu y los placeres de la carne”, recita Bowie) bien podría haberla firmado el autor de “Lovesexy”. La melodía oriental de ‘Untitled no. 1’ es francamente hermosa, en tanto que en ‘Bleed like a craze, Dad’ Bowie se divierte reciclando la línea de bajo de ‘Sister midnight’ (tema de “The idiot”, el primero de los álbumes que le regaló a Iggy Pop en 1977), citando a los hermanos Kray (pareja de matones londinenses célebres en los años cincuenta y sesenta) y rapeando (no se asusten mucho).

“The buddha of suburbia” incluye tres perlas que bastarían para certificar el renacimiento artístico de Bowie en 1993. En la vertiginosa y fulgente ‘Dead against it’ se cita con sus hijos de la new wave, los alumbrados en buena medida por “Low”, y reflexiona oblicuamente sobre el aislamiento y la incomunicación amorosa. Bowie se mira en el espejo de los Roxy Music de la época de “Flesh + blood” (1980) en ‘Strangers when we meet’, un tema bailable rebosante de sintetizadores espaciales con una melodía delicadamente hímnica (una versión diferente de la canción aparecería dos años más tarde en “Outside”). La composición más autorreferencial del elepé —recupera pasajes de ‘Space oddity’ y ‘All the madmen’—, ‘Buddha of suburbia’ es una balada melancólica y ensoñadora situada en las coordenadas acústicas de “Hunky dory” (1971), que rememora al Bowie adolescente que anhelaba escapar de Bromley junto a las vías del tren; el mismo tren, en fin, del que hablaba Brett Anderson.

 

 

En la actualidad, David Bowie está inmerso en una nueva colaboración literaria: para el próximo invierno prepara con el dramaturgo irlandés Enda Walsh “Lazarus”, una adaptación teatral de la novela de Walter Tevis “El hombre que cayó a la Tierra”, llevada a la gran pantalla en 1976 por Nicolas Roeg con el propio músico británico en el papel principal. Entretanto, uno bien puede dedicarse a descubrir (o a desempolvar) “The buddha of suburbia”, un clásico perdido que, hace más de dos decenios, reveló a un Bowie plenamente imbuido de entusiasmo vital e inquietud artística; el Bowie que, como canta en el tema que da título al disco, nunca se aburre y, por tanto, nunca envejecerá.

 

 

Anterior entrega de Operación rescate: “Baladas y canciones de Bertolt Brecht”, de Massiel.

 

 

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