Operación rescate: Módulos

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«Aquel jovencísimo cuarteto demostraba tener una cultura musical altísima, una capacidad interpretativa asombrosa y un sentido de la responsabilidad y la profesionalidad pasmoso. Fueron los encargados de fabricar uno de los elepés más importantes de la historia de la música moderna hispana»

Módulos
«Realidad»
Hispavox, 1970

 

Texto: CÉSAR CAMPOY.

 

Revolucionaron, casi sin saberlo, los sonidos del pop hispano de finales de los sesenta y principios de los setenta, y marcaron una de las vías más dignas en la irremediable decadencia de la música moderna española a base de ambiciosa imaginación y atrevimiento.

Pepe Robles, uno de los compositores e intérpretes españoles más personales y reivindicables, venía de convertirse en una suerte de sustituto, en Los Ángeles, después de la momentánea ausencia de Paco Quero y Agustín Rodríguez. Contaba 17 años y ya había tenido la suerte de figurar en la nómina de una de las bandas más populares de la época. Y lo había hecho, además, brindando algunas de sus composiciones. Sin ir más lejos, la beat ‘No pienses’ (cara B del exitoso ‘Mañana, mañana’), y, nada más y nada menos, que la emotiva y épica ‘Créeme’. Por si esto fuera poco, junto a sus nuevos compañeros de conjunto había aparecido en la psicodélica cinta de Zulueta «Un, dos, tres, al escondite inglés» (1969).

Pese a que se llegó a barajar la posibilidad de que Robles permaneciera en el grupo tras el regreso del servicio militar de Rodríguez y Quero, finalmente es el propio Rafael Trabuchelli, de Hispavox, el sello que editaba a Los Ángeles, quien, avispado, trata de atar a Pepe, al descubrir su increíble potencial, y le ofrece un contrato como solista. Nuestro protagonista prefería liderar una banda, así que contactó con el teclista Tomás Bohórquez y el bajista Emilio Bueno, y este último reclutó al batería Juan Antonio García Reyzabal. Acababan de nacer, en aquel 1969, Módulos.

Trabuchelli e Hispavox, como era de prever, echaron toda la carne en el asador. No era para menos. Aquel jovenzuelo, claramente influenciado por los sonidos modernos que llegaban de Norteamérica, y apasionado del rock progresivo y sinfónico, y la psicodelia, presentaba un listado de composiciones asombrosas. Además, su registro vocal era tan sorprendente como peculiar. En pocas semanas, el grupo entraba al estudio y comenzaba a registrar aquella atractiva cantidad de composiciones. Ese mismo 1969 verían la luz dos sencillos que deslumbrarían a propios y extraños. El primero de ellos ya marcaba la senda que caracterizaría a Módulos: sonidos brillantes, elegantes melodías, depuradas voces, claro protagonismo del teclado y correctísimos arreglos. La mágica ‘Ya no me quieres’ y ‘Recuerdos’ integraban aquel primer vinilo, al que seguiría un segundo que convulsionó la actualidad musical hispana y marcó el devenir del conjunto; el compuesto por la mítica y millonaria ‘Todo tiene su fin’ y ‘Nada me importa’. Ambas formarían parte del vinilo que nos ocupa: el primer larga duración del grupo.

La confianza de Hispavox y Trabuchelli en el proyecto Módulos (eran los candidatos ideales para convertirse en estandarte de su «sonido Torrelaguna») quedó refrendada en el hecho de que, menos de un año después de su formación, la compañía editaba un elepé de la banda. Hablamos de un disco grande al uso; no de una colección de sencillos. Aquel jovencísimo cuarteto demostraba tener una cultura musical altísima, una capacidad interpretativa asombrosa y un sentido de la responsabilidad y la profesionalidad pasmoso. Y ellos fueron los encargados de fabricar «Realidad», uno de los elepés más importantes de la historia de la música moderna hispana. El disco, que incluye siete temas propios (participan en la composición todos los integrantes a excepción de Emilio), y dos versiones de The Beatles, sorprendió al contar con varios temas de más de cuatro minutos de duración.

La primera cara (¡que incluía, tan solo, cuatro composiciones!) se abre con la canción que da título al disco (firmada por Reyzabal y Robles). Un ejercicio de pop progresivo aupado por los vibratos de la voz de Pepe y los inmejorables ambientes creados por las teclas de un insuperable Bohórquez. Ambientes etéreos, cautivadores solos de guitarra y órgano… Inmejorable tarjeta de presentación a la que sigue una ‘Noche de amor’ (obra de Bohórquez y Robles) muy en la línea de lo ya apuntado: larga y barroca introducción (en este caso, a cargo de violín, interpretado por el propio Reyzabal, y teclado), para dar forma a una dramática y cadenciosa suerte de extraño vals en el que la maestría vocal de Pepe alcanza una de sus cotas más altas e irrepetibles. Sirve de sorprendente elemento desengrasante ‘Luz errante’ (Reyzabal-Robles), en cuanto a breve pieza pop en la que los coros y una efectiva sección rítmica coquetean con un bello duelo vocal-teclado, y cierra este primer lado del vinilo una curiosa y rococó revisión del ‘Yesterday’ de Lennon y McCartney, de más de cinco minutos, a partir de una introducción inspirada en las variaciones de Bach, en la que la voz de Pepe menos parece encajar, y se vislumbra cierta saturación de elementos recargados.

La cara B se abre con la gigantesca ‘Todo tiene su fin’ (las cosas, claras: su mayor éxito hasta ese momento, en un segundo plano), cuya disputa por su autoría acabó siendo solucionada por la propia compañía, que obligó a Reyzabal y Robles a compartir firma. Triste introducción a cargo de un inspiradísimo Bohórquez, coros que apoyan al religioso teclado, una línea de bajo que aporta interesantes elementos, serenos arreglos de viento, un par de solos de guitarra convertidos en lamento, una inconmensurable batería, una sobrecogedora letra elevada a los altares por una espeluznante ejecución vocal, y un ejemplar final. Módulos habían creado una de las baladas más impactantes del pop y el rock español. En Hispavox se felicitaban, mientras media industria musical ibérica no daba crédito. No podían creer que cuatro jóvenes fueran capaces de construir semejantes estructuras musicales. ¿Una prueba más? La agridulce y acústica ‘Cuando te espero’ (Bohórquez-Robles), tierna como pocas a partir de una guitarra acústica, tenues ambientes, y el melancólico diálogo entre la voz de Pepe y el violín de Reyzabal.

Era, precisamente, el momento de recuperar aquella ‘Nada me importa’ (Reyzabal-Robles), que compartió sencillo con ‘Todo tiene su fin’. Se trata de una resultona media balada, que gana velocidad y luz en un estribillo luminoso en el que juegos vocales y flauta rezuman optimismo, y que da paso a una de las declaraciones de intenciones más definidas de Módulos: ‘Dulces palabras’, compuesta por Bohórquez, es una demostración de las posibilidades instrumentales del cuarteto; un ejercicio interpretativo en el que dan rienda suelta a sus reconocidas habilidades. Todo ello combinado con efectivos cambios de ritmo y juegos vocales de altura. Dignísima manera de finiquitar un disco predestinado a hacer historia, justo antes de despedirse con una jugosa propina: una remozada versión del ‘Hello goodbye’ de Lennon y McCartney; como en ‘Yesterday’, pasada por el tamiz de Módulos a base de un virtuoso preludio de dos minutos que desemboca en un homenaje contenido en cuanto a tempo, pero vistoso y orgásmico (esa influencia andaluza en el deje vocal de Robles, que tanto marcaría algunos de los derroteros del grupo) en lo interpretativo. En un acto de divina chulería, aquellos españolitos habían decidido no limitarse a calcar los temas de The Beatles, sino a dotarlos de una dimensión tan personal como atrevida.

Un año después de «Realidad», veía la luz el segundo larga duración de Módulos, «Variaciones», y, en los tres años siguientes, dos más. A ellos habría que sumar, además, un grandes éxitos. Y todo aquello, en poco más de cuatro años. Módulos se habían convertido en leyenda porque, además, tras aquella colección de magníficas canciones en que se convirtió su primer elepé, todavía serían capaces de crear monumentos musicales como la grandiosa ‘Solo tú’, ‘No puedo estar sin ti’, ‘Un nuevo día’, ‘Adiós al ayer’, ‘Tú eres tu mundo’, la ambiciosa ‘Perdido en mis recuerdos’ (ya con Cánovas) o las desgarradoras ‘Si tú no estás’, ‘Piensa en mí’ y ‘No quiero pensar en ese amor’. El (según su compañía) progresivo «endurecimiento» de su sonido, a medida que avanzaban los setenta, hizo que la incomprensión de la industria relegara al conjunto a un injusto olvido (se vieron obligados a autoproducirse su quinto elepé), hasta el retorno a la vida pública, de Pepe Robles, ya iniciado el siglo XXI.

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