Operación rescate: «Buena suerte», de Los Rodríguez

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«Si uno creyera en conjunciones astrales, pensaría que un alineamiento planetario iluminó el nacimiento de Los Rodríguez, porque de otro modo no se entiende lo que hicieron»

 

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Los Rodríguez
«Buena suerte»
PASIÓN, 1991

 

Texto: JUAN PUCHADES

 

 

Por increíble que parezca (¡que esto es EFE EME!), ningún disco de Los Rodríguez había visitado hasta ahora esta sección de rescates discográficos. Así que bien está que vayamos a los orígenes, al primero, a «Buena suerte». A ese álbum que en 1991 fue como una bocanada de aire fresco, cuando el rock español tan necesitado estaba de regresar a la esencia, a lo primario si se quiere, al rock and roll de raigambre clásica pero adaptado a los tiempos, buscando la contemporaneidad. Es cierto que con «Buena suerte» no pasó gran cosa y que Los Rodríguez tuvieron que esperar hasta 1993 (con «Sin documentos») para que el proyecto lograra despegar en serio y a nivel popular. Pero ahí queda esta perla preciosa, historia mayor del rock español. O del rock en castellano, dada la (posterior) influencia que el grupo tuvo en ambas orillas atlánticas.

Si uno creyera en conjunciones astrales, pensaría que un alineamiento planetario iluminó el nacimiento de Los Rodríguez, porque de otro modo no se entiende lo que hicieron (y lo que grabaron, que los tres discos de estudio son de los que cualquier persona cabal debería atesorar). Y es que lograron dotar de nuevos bríos al rock en nuestro idioma sin hacer algo que, aparentemente, resulte asombroso: solo es una banda de rock clásico dándole con fuerza a lo suyo. No hay mucho más. Pero cuando analizas la obra, descubres esa inigualable suma de talentos, el anclaje en la tradición del rock argentino y en el español (uniendo mundos), el poder magnético de las canciones que dejaron, el asumir géneros, la fortaleza rítmica del grupo (con Germán Vilella controlando en los tambores; y en este disco con Guillermo Martín en el bajo), el despliegue de guitarras robustas pero briosas (hay momentos en los que parece que Ariel Rot y Julián Infante enfrentaran las suyas para, al segundo inmediato, hermanarlas en una sola), el sacar pecho de Rot y Calamaro como compositores (el primero volcadísimo, sobre todo en este primer elepé, en el rock and roll), juntos o por separado. Y ese Andrés Calamaro al que estábabamos descubriendo por aquí y que nos sorprendía por personalidad desbordante y garganta prodigiosa, cantando con una desarmante naturalidad rock, probablemente sin ser consciente (y sin importarle lo más mínimo) que su voz podía matarnos de placer (tan alejado de grabaciones recientes, en las que parece buscar una perfección canora que le hace perder su magia, su esencia, esa locura tan rock and roll que maravillaba y noqueaba en disco y en directo y que le hacía único). Me podrán contar lo que quieran, pero Los Rodríguez fueron la gran banda del rock and roll español; de los noventa desde luego, y si me apuran, de todos los tiempos

En pleno estado de gracia, y componiendo a dúo (Calamaro/Rot, Rot/Infante, Calamaro/Infante), a trío (Calamaro/Rot/Infante) o en solitario (Calamaro, Rot e incluso Infante) dejaron, para la edición en cedé de «Buena suerte», dieciséis temas incuestionables. Canciones escritas en los primeros meses trabajando juntos en el local de ensayo, en ocasiones partiendo de melodías de Ariel o Julián a las que Andrés ponía letra en minutos aislándose en un rincón. Así lograron un álbum autoproducido (seguramente no había mucho que producir, solo trasladar el sonido de los ensayos y los directos al estudio) que explota en un torbellino de rock por momentos furioso, con ecos stonianos, beatlelescos y tequileros, y en el que, en ocasiones, parecen colarse soluciones sonoras (ruedas de coros en bucles que podrían no tener fin) que remiten a los Byrds. Y pese a que las guitarras lo dominan todo, los teclados de Andrés juegan constantemente apuntalando el sonido, y lo mismo buscan colores en unas palmas flamencas (con Antonio Flores por ahí), un acordeón (sí, ¡un acordeón!, y tocado por Calamaro) o un saxo (Daniel Melingo soplando) que en una slide guitar (tocada por Ariel, quince años antes de que fuera casi inevitable en toda grabación de rock español que se precie).

Cuesta mucho, ante estos dieciséis pequeños manjares, destacar alguno, maravillas en letra y música, en concepción y puesta en pie. Pero, de acuerdo, es imposible no mencionar ‘A los ojos’ (Ariel y Calamaro conformando un dúo imbatible: ritmo y melodía perfectas y unas soluciones pop abrasivas), ‘La parte de atrás’ (un blues que desemboca en un rock urgente y furioso, con Andrés rockeando con sentido y hablando de la propia condición urbana en aquellos momentos y del sexo, incluyendo un polvo en toda regla: «El cuero [la piel] directamente sobre el cuero y un tremendo tiro certero»), ‘100 pajaros volando’ (una estremecedora balada sobre la soledad y la búsqueda de un amor que parece no es para ti), ‘La mirada del adiós’ (un tema que se mueve en una rueda pop, casi en un bluque que podría ser eterno), ‘Buena suerte’ (baladón incandescente, con imágenes taurinas, de esas que tanto juego le darían posteriormente a Calamaro, y de las que tanto abusarían años después los grupos de Rodriguitos y Calamaritos que afloraron en el rock español), ‘Dispara’ (un tiro intenso de Ariel y Julián, cantada por el primero), ‘Señorita’ (Ariel marchándose hacia la ranchera, porque Los Rodríguez asumían desde el rock clásico la tradición musical latina), ‘Engánchate conmigo’ (una de las piezas mayores, una rumba de un Calamaro inspiradísimo, hablando de la noche, madrileña por entonces, suponemos. Con ese «engánchate conmigo», tan canino y tan sugerente), ‘Mi enfermedad’ (uno de los primeros apuntes claramente dylanianos de Calamaro) y, por supuesto, ‘Sol y sombra’ (el único corte de Julián en solitario, una canción divertida sobre las copas de coñac y anís que se metía en el cuerpo. Un tema tremendo, preñado de humor autobiográfico y con sabor tex mex, cantado a trío por Andrés, Ariel y Julián).

Escuchado veintidós años después, se aprecia que a «Buena suerte» le falta una puesta a punto, remezclarlo o masterizarlo de nuevo para mejorar algunas partes, pero, demonios, ya no se hacen discos de rock and roll así. Aunque hay que dejar claro que cuesta quedarse con uno de los tres álbumes de estudio de Los Rodríguez: juntos escriben una de las páginas más intensas y emocionantes del rock en nuestro idioma. ¡Joder, qué grandes fueron!

Anterior entrega de Operación rescate: “Fotografiando al corazón”, de Corcobado.

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