Operación rescate: Almendra

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“Almendra era capaz de desmenuzar, en los menos de tres minutos que duraba la típica pieza pop radiable, un universo instrumental repleto de variaciones, cambios de ritmo y pequeños detalles, difícilmente asumibles en tan solo tres o cuatro escuchas”

Almendra
“Almendra”
RCA VIK, 1969

 

 

Texto: CÉSAR CAMPOY.

 

 

Luis Alberto Spinetta lo fue (y será) casi todo en la música. Estableciendo una cronología inversa, hasta su muerte, en febrero de este 2012, El Flaco fue un privilegiado, y profeta en su tierra: tuvo tiempo para brindarse un merecido homenaje de casi seis horas, ante decenas de miles de personas, en la cancha de Vélez; varias de sus canciones y discos figuran en las listas de las mejores creaciones del pop y el rock argentino; ganó el Gardel de Oro; fundó y militó en muchos de los proyectos básicos de los sonidos latinos (Spinetta Jade, Invisible, Pescado Rabioso, Almendra); allanó el camino de decenas de nombres, actualmente de sobra conocidos, al dotar al rock en castellano de un elemento netamente intelectual (y, hasta cierto punto, esnob), que alcanzó uno de sus cenits en el “Artaud” de Pescado Rabioso; jugó con estilos dispares; se aupó al cielo de la popularidad más absoluta, pese a lo enrevesado de muchas de sus aventuras; aguantó hasta donde pudo al gran Charly García; él mismo se lo comió y se lo guisó, y, en definitiva, hizo lo que le dio la gana desde bien joven. Y cuando decimos desde bien joven nos referimos a apenas 18 años. Y cuando sentenciamos aquello de “lo que le dio la gana”, nos referimos, nada más y nada menos, que a la que está considerada una de las obras maestras del rock latinoamericano, “Almendra”, basamento indiscutible de los sonidos modernos argentinos.

Precoz hasta límites insospechados, Spinetta comenzó a militar en sus primeros conjuntos cuando apenas contaba 15 años. En 1967, Almendra ya existía oficialmente. Un año más tarde, el cuarteto integrado por Rodolfo García, Emilio del Guercio, Edelmiro Molinari y el propio Spinetta, funcionaba a pleno rendimiento. Casi tanto como el cerebro del genio de Belgrano, que ya había compuesto algunos temas para artistas de la RCA, y al que algunos cronistas musicales ya seguían de cerca. Era cuestión de (poco) tiempo que al cuarteto se le brindara la oportunidad de entrar en el estudio de grabación.

Pese a que, meses antes, la banda había editado un par de sencillos (‘Tema de Pototo’ y ‘Hoy todo el hielo en la ciudad’, netamente eléctricos y energéticos), es entre abril y septiembre de 1969, cuando los cuatro fantásticos registran los nueve temas que convierten “Almendra” en aquella creación perfecta. Siete de ellos llevan la firma de Spinetta, mientras que ‘Color humano’ fue obra de Molinari (título que repescaría para dar nombre a su siguiente proyecto musical), y ‘Que el viento borró tus manos’, de Del Guercio (más tarde, en Aquelarre). Todos ellos significan muchas cosas, pero, ante todo, ruptura. Precisamente la que viene dada por la valiente necesidad, sin ir más lejos, de desmarcarse con letras en castellano, así como de demostrar que se es consciente del momento creativo-musical que vive el planeta, pero también de la pasión por establecer unos parámetros propios, casi locales.

De esta manera, “Almendra” se abre con la deliciosamente mítica ‘Muchacha (Ojos de papel)’, un delicado himno erótico-romántico, ejemplo claro del elevado nivel poético que era capaz de alcanzar Spinetta, arropado, tan solo, por una guitarra acústica, pero apoyado, eso sí, en unos coros de ensueño. Contrasta, radicalmente, con la mencionada ‘Color humano’, casi diez minutos de viaje lisérgico, y vehículo de expresión total para los sonidos más punzantes de la guitarra de su creador, Molinari, que alternan con los registros menos agudos de Luis Alberto. Inspirado por sus estudios de Bellas Artes, Spinetta reúne en ‘Figuración’, y en poco más de tres minutos, un cúmulo de ingredientes que convierten este tema en uno de los más desconcertantes del disco. Los abruptos cambios de estructura y la dulce línea de flauta frente al duro y acusativo coro son el aperitivo perfecto para enfrentarse a la composición que cierra la cara A, la energética ‘Ana no duerme’, donde García y Del Guercio encuentran un vehículo perfecto para mostrar sus buenas artes rítmicas, cubriendo las espaldas de un Spinetta que se siente libre, en un diálogo endiablado con la guitarra de Molinari. Aquellos cuatro imberbes eran capaces de pasar, de la ensoñación calmada a la rabia rockera sin que aquella máquina chirriara lo más mínimo.

Abre el lado B de la placa la dramática ‘Fermín’, basada en los recuerdos que guardaba Spinetta de un niño retrasado de su barrio. La tierna melodía, repleta de desolación, sirve de excusa perfecta para plantear mil y una metáforas en torno a la alienación, la locura, la incomprensión. El propio líder de la banda comentó, en su momento, que la frase final (“Fermín se fue a la vida, no sé cuándo vendrá”), incluso, establece un paralelismo entre lo militar y la idiotez. Le sigue, ahondando en la melancolía, ‘Plegaria para un niño dormido’, una de las primeras composiciones de Spinetta, también semidesnuda de instrumentación, para redundar en la rebelión contra lo injusto y lo represivo, y, acto seguido, estalla ‘A estos hombres tristes’ (bregando contra la soledad y la angustia), uno de los ejercicios interpretativos más depurados del cuarteto, mientras la recta final se inicia con ‘Que el viento borró tus manos’, breve pero correctísima pieza con aires jazzísticos, estructurada inteligentemente. Recordemos que las presiones de RCA para que el grupo creara temas convencionales fueron creciendo a medida que los directivos mostraban su preocupación al comprobar que las composiciones presentadas por Almendra poco tenían que ver con lo establecido. Spinetta y los suyos jugaban en otra liga. Sobre todo, en aspectos relacionados con la trascendencia y complejidad de las letras, y los horizontes musicales explorados. Sin ir más lejos, Almendra era capaz de desmenuzar, en los menos de tres minutos que duraba la típica pieza pop radiable, un universo instrumental repleto de variaciones, cambios de ritmo y pequeños detalles, difícilmente asumibles en tan solo tres o cuatro escuchas.

Cierra el elepé ‘Laura va’ (“lentamente guarda en su valija gris el final de toda una vida de penas”), reconocida por el propio Spinetta, uno de sus temas más antiguos, compuesto a partir del ‘She’s leaving home’ de The Beatles, que, como aquél, en un ambiente agridulce, se convierte en el vehículo perfecto para ser adornado con elementos varios. En este caso, se optó por el bandoneón (a cargo del reputado Rodolfo Mederos), marcando una curiosa fusión entre rock y tango, deambulando por toboganes psicodélicos. Curiosa combinación, surgida de un gran componente, incluso de improvisación, en aquella senda desconocida en la que se había adentrado el cuarteto. No obstante, años después, El Flaco reconocería que “Almendra”, considerada pura vanguardia cuando vio la luz, no fue más que un reflejo (y revisión) de todos los sones y ritmos argentinos que había sido capaz de asumir hasta ese momento.

Pese a haber construido una obra de arte (toda ella, incluso la portada, censurada, en un primer momento, por la discográfica, y cuya contraportada es un auténtico ejercicio de inventiva jeroglífico-mística), o tal vez por ello, el proyecto Almendra estaba herido de muerte. La convivencia filosófico-musical hacía aguas. En apenas unos meses, la banda publicó un segundo elepé, en este caso, doble, que incluye temas tan mágicos como el popular ‘Rutas argentinas’, y cada uno de sus miembros decidió seguir caminos separados (que volverían a juntarse, en décadas sucesivas, en un par de reuniones). Pendiente quedó el estreno de una ópera rock compuesta por ese creador insaciable en que se había convertido el casi adolescente Spinetta que, salvo contadas excepciones, entregó su carrera a proyectos completamente personales, aunque, eso sí, transferibles, ya que buena parte de su manera de entender la música y la vida influyeron, notablemente, en casi todos los gigantes del rock argentino que convivieron con o vinieron tras él. El propio Fito Páez, décadas después de compartir disco con El Flaco (aquel “La la la” del 86), lanzó un guiño al maestro en el tema ‘La nave espacial’ de su “Confiá” de 2010: “El viaje fue divino por las rutas argentinas”. Y tan divino como extraño, complejo y rupturista.

Anterior entrega de Operación rescate: Gato Pérez.

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