Oniria popular, de Xoel López

Autor:

DISCOS

«Tiene tanto de belleza como de primigenio, arreglos muy cuidados, experimentación y tierra. Referencias antiguas y resolución moderna»

 

Xoel López
Oniria popular
ESMERARTE, 2026

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

Xoel López ha vuelto a hacer un disco maravilloso —el decimoséptimo de su carrera—, plagado de adictivas melodías, de arreglos escuetos, pero muy efectivos, y de un espíritu de optimismo; si no luminoso, sí muy agradable. Las diez canciones que contiene Oniria popular, una de ellas en dos partes, la que abre y la que cierra, revela al artista como uno de los mejores artesanos de nuestro pop. Lo que nos ofrece, cada vez nos llega más pulido.

Además, se trata de un disco que revela influencias que, aun habiendo estado en algunas canciones anteriores, no tenían tanta presencia, tan constante, como en este disco. La de los cantautores, por ejemplo. Empecemos por ella.

“Campos de Castilla para siempre”. Es la que abre el disco y la que lo cierra, como esas canciones tan largas de los años setenta que tenían que repartirse entre la cara A y la cara B de los singles. Es de las cosas más abiertamente pop que ha hecho el músico gallego. Desde luego, su título es una referencia machadiana, pero es que hay muchas más referencias en la canción, hasta a los Beatles en “Stramberry Fields”. Es una canción compacta, mezcla de serenidad y pasión. Trigo y cigüeñas, fuentes y viñas, y un estribillo medido y perfecto en el que caben Rosalía de Castro, Gabinete Caligari y Serrat.

Para cerrar el disco, el último tema se abre con un fade in que añade a la canción una armónica a lo Dylan y retazos de Cecilia. Sobre la misma melodía cierra un “Se hace camino al andar” que sitúa perfectamente la canción.

Más cantautores. En “Enséñame”, su letra y su fraseo son muy cercanos a Aute. No un remedo, no, Xoel tiene su personalidad, su mundo propio y la canción, recuerde a lo que recuerde, es suya. Los arreglos son de una brevedad obsesiva. Hay también algo en este disco de evanescente. “Tronco y raíz”, más acústica el final, lo es, y la que da título al disco, que se inicia con un piano solitario, continúa con fondos de ensueño que hacen bueno su título. Conforme avanza la canción, entramos en un mundo de dulce fantasía con una guitarra que juega a ser flamenca.

Porque esta es otra de las características del disco. No solo hay cantautores, sino intersecciones con otros géneros. En “Mundo flotante” también hay algo que remite a la guitarra flamenca y en la letra cuestiona que nos mantenemos a base de química, de lo superficial, de promesas que nunca se resuelven.

Es un disco con luz, como hemos dicho, pero en “Sombras chinas”, que empieza y acaba con un cencerro infantil apelando a la inocencia de la infancia, habla de una depresión a la que no pueden acompañar ni las canciones, ni Bowie, ni Dylan, ni Serrat. Y aquí entra otro de los cortes, “La batalla”, con inflexiones melódicas también cercanas a Aute y con sintetizadores que recuerdan a Kate Bush por esa tensión que se frena. Se trata de la resistencia del día a día, con la cara al viento, cuando vienen mal dadas. La luz que entra por la ventana cada amanecer es el símbolo de esa resistencia.

Volvamos a las incursiones en otros géneros. Uno en el que ya había entrado Xoel con frecuencia es el folklore gallego. “Cupido (muerte al amor romántico)” tiene ritmo de muñeira, pero es totalmente eléctrica, las guitarras se hacen más gallegas que nunca, con tono de gaita, aturuxos, gritos… Es la esencia de su tierra, que tanto tiene dentro. Pero la más extraña, y maravillosa, es “Monstruo final”. Desde el primer segundo, tiene un ritmo totalmente funky, bailable, y a la vez, también, mucho de gallego, con alalás incluso.

Ahí está Oniria popular, que tiene tanto de belleza como de primigenio, arreglos muy cuidados, experimentación y tierra. Referencias antiguas y resolución moderna. Al fin y al cabo, emoción, que es lo que va faltando cada vez más en las canciones que oímos por todos lados.

Anterior crítica de disco: No centro do mundo, de Tesouro.

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