TREINTA ANIVERSARIO

«Plasmó en él todas sus inquietudes artísticas y, entre ellas, estaba el folk, por supuesto, pero también había hip hop, garaje o punk; todo un collage sonoro enriquecido con el arte del sampleado»
Hasta el quinto álbum de estudio del músico estadounidense, al que conocimos unos años antes por el tema “Loser”, se remonta Fernando Ballesteros para dar con las claves de su éxito y su merecido Grammy a mejor álbum de música alternativa aquel 1996.
Beck
Odelay
DGC, 1996
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
Para acercarnos a la figura de Beck en 1996, tenemos que comenzar hablando, de forma casi obligada, de “Loser”, porque el inesperado éxito de aquella canción tres años antes, y su conversión en himno generacional, lo cambió todo en el mundo del artista. La carrera de Bek David Campbell había dado sus primeros pasos ya a finales de la década de los ochenta en el folk, aunque, para ser más precisos, deberíamos hablar de la escena antifolk. Su irrupción a lomos de “Loser” le convirtió en la figura del momento en el pujante y heterogéneo mundo de lo que se etiquetó como rock alternativo.
Poco tiempo después de aquel single, editado en un principio en la independencia y con una tirada limitada, la gente de Geffen puso sus ojos en él y consiguió su fichaje aunque le dio, no solamente libertad creativa, sino también la posibilidad de seguir publicando trabajos con etiquetas independientes. Beck, que ya había debutado con Golden feelings (93), vivió un año 94 extraordinariamente prolífico, pues publicó Stereopathetic soul manure, con veinticinco canciones de cosecha previa y marcado carácter experimental y One foot in the grave, folk de baja fidelidad con Calvin Johnson, de Beat Happening, a los mandos.
Pero la expectación la generaba el disco que iba a poner en el mercado de la mano de Geffen. Así las cosas, planeaba sobre él la sombra del one hit wonder. El estribillo de la canción que le había puesto en el mapa y que surgió casi como una broma tenía tintes de himno y su sentido del humor conectaba con la forma en la que respiraba aquellos días la denominada Generación X, pero ¿podría revalidar aquel reconocimiento masivo? La respuesta tenía que estar en su debut para una grande.
Mellow gold (94), el artefacto en cuestión, tenía buenas canciones más allá de “Loser”, pero era un trabajo demasiado arriesgado incluso en unos tiempos en los que el público parecía especialmente abierto a propuestas poco convencionales. Aun así, el disco funcionó, al menos para que los focos siguieran muy pendientes del siguiente paso de Hansen.
Ya a finales de su intenso año 94, Beck se metió en el estudio para comenzar a grabar la continuación de Mellow gold. Sus primeras creaciones para el álbum le acercaban a un folk intimista que terminaría explotando unos años más tarde. Pero aún no era el momento, así que decidió meter en un cajón aquellas canciones que, en algunos casos, terminarían viendo la luz en posteriores lanzamientos. Su siguiente disco, el segundo para una grande, iba a caminar por otros derroteros.
Jugando para crear un clásico de la década
Cuando se volvió a poner manos a la obra, descartado el primer material registrado, su participación en la gira del Lollapalooza del 95 paró el trabajo. A la vuelta tenía que rematar y no había mucho tiempo que perder. Tampoco, según sus propias palabras, se detuvo mucho en los detalles. El proceso, a pesar de lo elaborado que suena Odelay (96), fue ágil. Las letras, en algunos casos, nacían de sus improvisaciones sobre las melodías previamente creadas. Hubo mucho de juego en aquella grabación y eso también se transmite en el resultado final. Por la cabeza de Beck no pasaba la idea de que estaba grabando un futuro clásico.
La mente más creativa de su generación plasmó en Odelay todas sus inquietudes artísticas y, entre ellas, estaba el folk, por supuesto, pero también había hip hop, garaje o punk, todo un collage sonoro enriquecido con el arte del sampleado que había puesto en práctica en la canción con la que había saltado a la fama. A pesar de que, en un principio, se trataba de una obra de complicada digestión para el gran público, el segundo disco de Beck para Geffen vendió más de dos millones de copias y le convirtió en una de las grandes estrellas del momento gracias, entre otras cosas, a “Where it’s at”, una canción cuyo video fue programado con generosidad en MTV.
Odelay fue, en palabras de su artífice, un disco muy informal, pero, una vez escuchado, queda claro que el juego de Beck era, sobre todo, creativo. La sencillez de sus planteamientos iniciales —ya saben: un chaval con una guitarra dispuesto a grabar melodías— convive con un trabajo extraordinario de producción, y esa es una de las grandes paradojas de un disco como este en el que todo aparece más cohesionado que en su predecesor. Un logro meritorio, más aún cuando hablamos de un artista inclasificable y capaz de tocar todos los palos que aparecían en su debut, más algún otro que incorporaba a su paleta estilística.
Grandes canciones y una obra cohesionada
Por encima de conceptos generales, y yendo a lo concreto, muchas de las canciones del disco brillaban con luz propia. “Devil’s haircut” comienza con un riff poderoso y navega por un mar de ritmos electrónicos, con la misma naturalidad que “Hotwa” se acerca a sonidos más cercanos al soul y “Minus” muestra su vena más punk y gamberra.
“Lord only knows” y sus ritmos acústicos, unidos a la fantástica interpretación vocal, le emparentan con Gram Parsons o con los mismísimos Rolling Stones, cuando se acercaban al country rock. “The new pollution” es otro buen single, repetitivo y representativo del álbum, igual que “Where it’s all” que sintetiza buena parte de los méritos que adornan a Odelay.
“Novacane” es el momento del disco en el que recuerdo que su vertiente hip hop es, seguramente, la que menos me ha llenado siempre de él; menos mal que “Jack-Ass” le devuelve pronto al pop con sabor folkie que el señor Hansen borda como pocos.
La recta final del disco, sin contener ninguna de sus mejores canciones, mantiene el nivel lo suficientemente alto como para que no aparezca el fantasma del bajón. Además, hay sentido del humor en unos textos que abordan problemas sociales como la alienación. Todo muy serio y también divertido, como su música. Finalmente, Beck lo había logrado. Con Odelay, espléndidamente producido por los Dust Brothers, el geniecillo había firmado su primera gran obra con todas las letras. Había madera de creador de largo aliento y el futuro no iba a hacer otra cosa que confirmarlo.
Las críticas de Odelay, cuando el disco vio la luz el 18 de junio, fueron entusiastas casi de forma unánime. El chico de “Loser” se había hecho mayor muy rápido y los premios y el reconocimiento del mainstream no tardarían en llegar; de hecho, la obra se alzó con el Grammy a mejor álbum de música alternativa.
Los años siguientes fueron también muy creativos. Mutations (98) y Midnite vultures (99) son sobresalientes y demuestran que no iba a dejar de moverse y de probar nuevos campos. Lejos de acomodarse, Beck pasó del funk festivo y llenapistas con el que nos hizo disfrutar en algunas de sus canciones para Midnite, al folk confesional y sombrío de Sea change (02) con el que, ahora sí, dio rienda suelta a aquellos sonidos con los que empezó a jugar cuando Odelay apenas era un boceto.
Mientras termino de escribir, me doy cuenta de que el último elepé de Beck se publicó en 2019. Es cierto que, hace apenas unos días, nos regaló Everybody’s gotta learn sometime, ocho canciones con el amor como nexo; pero se trata, al fin y al cabo, de un aperitivo de rarezas y versiones que ni siquiera son novedosas del todo, así que pienso en su próximo trabajo largo y ni siquiera sospecho por dónde pueden ir los tiros. Yo le sigo viendo como el geniecillo juguetón que conocimos en el 93 y que se consagró tres años más tarde.



















