The Standby Connection, algo más que el vínculo entre Valencia y Nueva York

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«Un álbum que roza el sobresaliente, y en el que el ejercicio de estilo no llega nunca a ahogar la acrisolada y puntiaguda personalidad que transmite»

 

En el nuevo disco de The Standby Connection, formación que nació de las cenizas de los recordados Polar, indaga Carlos Pérez de Ziriza.

 

Texto: CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA.

 

«Son el mejor grupo de Valencia». Me lo dijo Juan Enrique León, de la promotora Tranquilo Música (el año pasado cumplían 30 años como impulsores de los conciertos más exquisitos que hemos tenido en la ciudad desde 1995) una noche de enero de 1996. Se refería a Polar, el cuarteto local que aquella noche teloneaba a El Niño Gusano en la sala Papillon. Era el primer concierto del grupo que entonces integraban Jesús De Santos, Miguel Matallín, Paco Grande y Tintín Calero (poco después reemplazado por Guillermo Alcover y ya en 1999 por Jesús Sáez).

Podía sonar exagerado, cierto. Pero no andaba tan desencaminado: Polar fueron la banda que mejor supo trasladar la sonoridad de The Velvet Underground, Galaxie 500 o Luna al imaginario del pop independiente estatal durante más de una década.
También es cierto que operaban casi en monocultivo, porque no tenían mucha competencia en su lid —ni apenas en la del llamado slowcore, con el que colindaban, esa escuela yanqui de rock premioso pero intensamente emocionante que iba de Codeine a Low— , pero dejaron un reguero de álbumes exquisitos, de control de calidad estable y tempo en ascenso: ahí están Sixteen second communication (1998), A lettter for the stars (2002), Comes with a smile (2004), Surrounded by happiness (2006) y Fireflies in the alley (2010) para quien quiera (re)descubrirlos. Era habitual verlos en las listas de los mejores discos españoles en las revistas especializadas a final de año, aunque no convocaran multitudes.

Se disolvieron, el vocalista y guitarrista Jesús De Santos se embarcó en la promoción de música en directo (donde sigue) y los tres miembros restantes formaron The Standy Connection, título que sugiere que el piloto aún parpadea, que las constantes vitales no aplanan su curva, pese a que se lo tomen con más parsimonia editora: tres álbumes y un epé desde 2012. Pasados los cuarenta, la vida les reservaba otras servidumbres de paso más urgentes.

Al núcleo duro formado por Miguel Matallín, Paco Grande y Jesús Sáez, se les unió luego Ramón Manzaneda (La Gran Alianza, el más joven de los cuatro) para reforzar una alineación que, con el homónimo The Standy Connection (2026), de recientísima publicación, ha deparado su mejor trabajo y encarna una excusa para que reeditemos el entusiasmo de Juan Enrique hace justo treinta años: quizá no sean ahora el mejor grupo de Valencia, pero sí uno de los mejores. Sin duda. Y el disco nos llega avalado por una preciosa portada: fotografía de Juan A. Pardo de la famosa gasolinera de Oliva construida en los años sesenta, aún en pie. Es como sus torres Marina City (Chicago) particulares, las conocidas como Torres Wilco. Que Valencia y sus tierras también merecen resaltar su iconografía a golpe de pop. ¿Por qué no?

El disco se abre con “2024”, remitiendo inequívocamente a la secuencia Velvet – Modern Lovers – Feelies – Hefner – Wave Pictures: territorio reconocible. “Dreams” suena más jangle pop de lo que quizá nunca han frecuentado, en algún lugar equidistante entre Teenage Fanclub y The Lemon Twigs. El estribillo de “Visions” vuela aún más alto, como si llegara de la Escocia de Ché Records. El marchamo selenita (o sea, de los Luna) se evidencia en la primorosa “We can hide in L.A.” y también en el delicado tributo al ubicuo productor Matthew Barnhart que es “M.B”, con la presencia —cómo no— de Dean Wareham y Britta Phillips: colaboraciones de lujo.

Qué rotundas suenan luego las guitarras de “Pats on the back”, qué sedantes las de “End of the summer” y qué ágil la cadencia de “Last chance” y sus refulgentes coros: pop de quilates. Valencia no es California (aunque un expresidente autonómico que desvariaba mucho las llegara a comparar), pero nadie lo negaría escuchando esto.

La atmósfera envolvente de “Day one” y “My friends” (imponente crescendo, inmejorable broche) clausura un álbum que roza el sobresaliente, y en el que el ejercicio de estilo (evidente: no se pimplará este café quien no comulgue un poquito ya de antemano) no llega nunca a ahogar la acrisolada y puntiaguda personalidad que transmite.

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