New York Land: Vigencia de Woody Guthrie

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«Hoy, Woody, el visceral, polémico, sensible, agudo, cachondo, picante, monumental y picajoso Woody, es medicina para el alma. Ungüento en las heridas. Munición. Lo contrario al siempre reaccionario ‘término medio»

 

 

El centenario del nacimiento de Woody Guthrie ha pasado un poco de puntillas, casi como era de esperar. Pero Julio Valdeón Blanco reivindica su legado, tan vigente en estos días de turbulencias y oscuridad para la mayor parte de la sociedad.

 

 

Una sección de JULIO VALDEÓN BLANCO.

 

 

El 14 de julio se cumplió el centenario del nacimiento de Woody Guthrie. Durante años Oklahoma, su tierra natal, contempló con una mezcla de desprecio y sospecha al hijo pródigo. «Bueno, su problema es que era comunista», le explicó su camarada Pete Seeger al biógrafo de Woody, Joe Klein, cuando este le cuestionó, a finales de los setenta, respecto a la ausencia de homenajes oficiales. Afortunadamente algunas cosas cambian. Woody, con los primeros síntomas de su enfermedad neurodegenerativa (Huntington Corea) en marcha, insistió a su hijo Arlo, para que se aprendiera los acordes de ‘This land is your land’: con áspero realismo, fruto de demasiadas hostias, sospechaba que si no lo hacía, una vez que él muriera, no quedaría un hombre en la Tierra para recordarla. Poco después, ingresado en un hospital de Nueva York, comenzaba a recibir correspondencia de sus fans. Que se habían multiplicado, resistiendo a pesar del muro de plomo fundido que cayó sobre América durante el macarthysmo y su fascistoide paranonia anticomunista. Vigorizados a partir de finales de los cincuenta con el auge de lo que pasaría a llamarse folk, bien desde posturas más asépticas (The Kingston Trio, The Brothers Four, etc.), bien desde el auge de los movimientos por los derechos sociales, bien desde unos «college» universitarios y núcleos urbanos que anunciaban la llegada de futuros torbellinos como su discípulo número uno, Bob Dylan.

Durante sus últimos tiempos, merced a la generosa abnegación del matrimonio Gleason y la bendita reconciliación con Marjorie, su segunda esposa, recibía en la casita de los primeros, durante el fin de semana, a familiares, viejos colegas y jóvenes admiradores. El Greenwich Village rebosaba de chachorros folk que veneraban su figura. Su aura indomable. Su mitología. Sabiamente fabricada con retazos de pasmosa realidad y una no menos soberbia capacidad para la reinvención totémica. Su sombra crecía. Su fabuloso legado poético comenzaba a apreciarse. Sin embargo, apenas pudo saborear el anhelado triunfo. Su definitiva elevación a la condición «living folk poet» del hombre común, por ponerlo en las palabras de Alan Lomax repetidas por Dave Marsh en sus notas interiores a la reedición de esa joya titulada «Dust bowl ballads». Woody, que ganó dinero, no mucho, pero jamás se preocupó por ahorrarlo, hijo de una familia azotada por la enfermedad y la desgracia, amigo fiel, padre cariñoso pero negligente, fecundado por la misma ambición que Walt Whitman, brillaba ya como el trovador definitivo de una Norteamérica obrera y campesina asediada por la zarpa del capital, turbulento luchador cuyo legado no haría sino multiplicarse en importancia e influjo durante las décadas posteriores.

Claro que resulta fácil malinterpretarlo. Él mismo fomentó un tufo autotémico, luego repetido con éxito por el camaleónico Dylan, que coloca a un ídolo utópico en la tumba donde descansa un hombre doliente, contradictorio, bravo y generoso, alocado y egotista, tan capaz de incurrir en la demagogia y el narcisismo mesiánico como pasmosamente dotado para desentrañar la vividura de la gente corriente. Goloso coleccionista de detalles, perfumes, gestos, que luego trasladaba a su cancionero con la fluidez supersónica de quien vivía enganchado a la máquina de escribir. Autor de centenares de canciones, dejó inéditas miles, así como diarios, cartas, crónicas, etc. De parte de ese repertorio oculto, iceberg legendario, dieron gloriosa cuenta mi idolatrado Billy Bragg, uno de sus hijos más evidentes, y los siempre enjundiosos Wilco. Aprovecho para recomendar encarecidamente la reedición publicada hace poco de ese trabajo fundamental.

Hoy, que vivimos a oscuras. Hoy, que nos acusan de rapaceros maleantes, jetas subvencionados, parásitos, larvas comedoras de despojos, trabajadores poco competitivos, europeos bronceados, sureños irreductibles, malos alumnos. Hoy, que fracasado un modelo de construcción social alternativo nos encontramos desnudos ante la retórica antisocial de unos sacerdotes del libre mercado empeñados en colocarnos grilletes. Hoy, que los medios de comunicación parecen más escorados que nunca a escribir un relato donde sobra el 90% de la población, con columnistas cebados en el selecto comedero de la mordida, editores corruptos y descastados directores cebados de prebendas. Hoy, que la música acribillada por una piratería jaleada por las operadoras de telecomunicación, tan progresistas ellas, acaba de recibir el pistoletazo de guardia con un IVA carnívoro. Hoy, que solo resta exiliarse a un bosque boreal o parapetarse en las alcantarillas. Huérfanos de horizontes. Viudos de la alegría. Deudos y finados en el funeral por una clase media en extinción y un obrerismo desmantelado. Hoy, en fin, Woody, el visceral, polémico, sensible, agudo, cachondo, picante, monumental y picajoso Woody, es medicina para el alma. Ungüento en las heridas. Munición. Lo contrario al siempre reaccionario «término medio» que denunciaba el añorado Vázquez Montalbán. Tomando partido, manchado hasta las cejas, para seguir respirando.

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