“Network, un mundo implacable” (1976), de Sidney Lumet

Autor:

EL CINE QUE HAY QUE VER

 

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“La película se convierte poco a poco en un cuento oscuro sobre el mundo de la televisión, y sobre cómo esta es capaz de crear a sus propios monstruos para acabar consumiéndolos y devorándolos”

 

El despido de un veterano presentador de noticias por la baja audiencia es el punto de partida de “Network, un mundo implacable”, la recomendable película de 1976 que protagonizan Peter Finch, William Holden, Robert Duvall y Faye Dunaway. Por Héctor Gómez.

 

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“Network, un mundo implacable” (“Network”)
Sidney Lumet, 1976.

 

Texto: HÉCTOR GÓMEZ.

 

Cuando le preguntaban, en 1976, por la exitosa sátira sobre el mundo de la televisión que había escrito (premiada con cuatro Oscars), el novelista y guionista Paddy Chayefsky contestaba que en realidad no se trataba de una sátira, sino de un reflejo de lo que ya estaba sucediendo ante los ojos de millones de espectadores. Las palabras de Chayefsky pueden parecer algo exageradas, pero si uno se detiene a analizar la película es innegable que hay más de reflejo de nuestra sociedad que de elucubración fantástica.

“Network, un mundo implacable” (“Network”) comienza con el despido del veterano presentador de noticias Howard Beale (Peter Finch), debido a la caída en las audiencias. Viudo reciente, deprimido y sin expectativas, Beale (cuya única ayuda es su amigo y compañero de batallas, el director de informativos Max Schumacher interpretado por William Holden) anuncia públicamente que en su último programa se suicidará en directo. Lo que en un principio podría parecer un acto desesperado de un demente, se convierte sin embargo en el acicate que hace regresar a la audiencia al canal de noticias, algo que no pasa desapercibido al nuevo mandamás del grupo empresarial (Robert Duvall) y a una despiadada jefa de programación, Diana Christensen (Faye Dunaway).

 

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Con esta premisa, “Network” se va convirtiendo poco a poco en un cuento oscuro sobre el mundo de la televisión, y sobre cómo esta es capaz de crear a sus propios monstruos para acabar consumiéndolos y devorándolos. En una época como la que se retrata en la película, en la que la televisión ya estaba presente en la inmensa mayoría de los hogares, su poder de seducción y convicción era casi infinito. Y a ese caramelo no se podían resistir las grandes empresas del establishment de la comunicación, ávidas por controlar a la audiencia a través de la alienación, el miedo o el morbo. Así, algo totalmente reprobable desde el punto de vista moral, como es un suicidio retransmitido en directo, es el punto de partida de una carrera desbocada sin un destino concreto, con el único objetivo de llegar hasta donde sea necesario para mantener el share de cada semana. Howard Beale, despedido y denostado por su cadena, pasa de repente a ser una especie de profeta del desencanto (literalmente, ya que el estudio se convierte en una especie de espacio oscuro únicamente iluminado con una vidriera que recuerda a una iglesia gótica), un portavoz de aquellos que no la tienen, un adalid de las clases populares, hartas de ser continuamente pisoteadas. Un hecho que se sublima en el famoso discurso que Beale pronuncia, en una suerte de trance, y que culmina con la frase “¡Estoy muy furioso, y no pienso soportarlo más!”, respondido por el eco de cientos de personas que se asoman a sus ventanas repitiendo la nueva consigna del inconformismo.

 

 

Pero lo interesante del caso que la película es cómo esa supuesta veta de inconformismo y contestación al sistema está cuidadosamente controlada por el propio sistema, a través de los medios de comunicación y, en este caso concreto, la televisión. Todas las consignas y los ataques que el mesiánico Beale pronuncia en contra del statu quo, mordiendo la mano que le da de comer, no son más que pequeñas dosis de rebelión controlada para que la audiencia se reúna en torno al aparato a disfrutar de su engañosa sensación de libertad mientras las arcas de las grandes empresas se llenan a un ritmo vertiginoso. Es significativo, en este sentido, que el momento en el que Beale empieza a proclamar la insignificancia del individuo, es precisamente cuando las audiencias (despojadas de su dosis de adrenalina y alimentadas con el pesimismo) empiezan a abandonar de nuevo el programa, cuyo modelo empieza a parecer agotado. Lógicamente, dentro de la lógica del filme, el final necesario es apartar definitivamente a Beale, para lo cual (ironías del destino) se valen de un grupo terrorista al que estaban dedicando una serie de programas para que asesinen, en directo (¡cómo no!) al último juguete roto de la televisión.

Por tanto, el calado ideológico de una película como “Network, un mundo implacable” sigue siendo, cuarenta años después, de una profundidad pasmosa. Filmada en un tono deliberadamente aséptico y casi más propio del documental por Sidney Lumet (curiosamente, un director de esa generación amamantada por la televisión antes de llegar al cine) y apoyado en las magníficas actuaciones de sus protagonistas, la cinta nos sigue sorprendiendo hoy en día por su capacidad premonitoria, sobre cómo ahonda en aspectos que están presentes en los medios de comunicación, que aunque más atomizados y dispersados que hace cuatro décadas, siguen guiándose (en general) por la lucha sin cuartel por la atención del público, y donde las líneas rojas de la ética parecen desplazarse sin descanso hacia el “todo vale”. No hay más que dedicar una tarde (no recomendamos hacerlo más tiempo) a zapear por los canales de nuestra televisión actual para darse cuenta.

Anterior entrega de El cine que hay que ver: “Toy story” (1995), de John Lasseter.

 

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