
«Nat Simons ocupa hoy un espacio que nadie más se atreve a pisar: ese puente de hierro entre el rock de carretera estadounidense y la tradición española de escribir con las tripas en la mano»
Sendoa Bilbao se embarca en un viaje por la carrera de Nat Simons, con parada especial en su último disco, Pregúntale a Sarah Connor.
Texto: SENDOA BILBAO.
Foto: ESTHER GALVÁN.
El ruido analógico coloca la bobina en el transistor y el muelle abre la puerta en diagonal. Ese sonido eléctrico era la invitación oficial para devorar un elepé de principio a fin; solo tenías que estar pendiente del momento exacto para darle la vuelta a la cinta. Hoy bajo el radiocasete de la balda y, al pulsar eject, la tapa se abre como la puerta de un DeLorean. Es el momento de viajar al pasado. Un viaje hacia la canción que descubriste en el cine, en la cinta que te regaló aquella chica o en la tienda de discos que ya cerró. Un viaje al interior de nuestras mejores canciones.
Pero antes de seguir, marquemos 2014 en el panel. Nat aparecía con Home on high, puro aroma a campo abierto y Laurel Canyon, con Dylan y Joni Mitchell vigilando desde la niebla. Luego, 2018 y Lights, grabado en Durham con Gary Louris: diez piezas de folk estadounidense que no envidiaban nada a las grandes. El cambio de piel llegó en 2021 con Felina. Nat decidió que el castellano no era un experimento, sino la única lengua para escupir verdades sin que se rompan por el camino. No fue un error, fue encontrar su propia voz de combate.
Todo eso nos escupe en Pregúntale a Sarah Connor (Calaverita Records). Plantarse en Nashville con Álex Muñoz, que ha sabido mostrarnos sin filtros a Margo Prince, Nikki Lane o Llly Winwood, y Jacquire King, el tipo que le arrancó el hígado a Tom Waits en Mule variations es una declaración de guerra. Nat nos sirve una sobredosis de actitud entre destellos de glam y pop rock salvaje y sólido. Olvida la perfección estéril; aquí mandan las válvulas calientes, la madera que respira y el chirrido de un cable en el lugar exacto. Con Fred Eltringham aporreando la batería con el peso de la verdad, sabes que este disco no se ha procesado hasta dejarlo irreconocible. Es rock and roll vivo.
Hacía años que no percibíamos tanta calidad de base en un disco de rock en español. La garganta de Nat se expone aquí como nunca: roza la membrana del micro, raspa el aire, grita, sube o susurra en una misma estrofa. En “Alain Delon” cabalgan ritmos a lo Tom Petty o Roy Orbison hacia un estribillo en falsete que huele a The Darkness, un dardo directo contra esos machitos y depredadores de facha canalla que acechan en cualquier rincón.
Pero el disco muerde de verdad cuando entran los punteos eléctricos de “Llamas de dragón”, que sirven para introducirnos en la confusión y la ansiedad de un mundo que nos consume. Es la radiografía de este momento de mierda que vivimos, a la espera de la enésima guerra mundial o el resurgimiento de la ultraderecha. Una letra inmensa que culmina con un golpe de realidad: «Todas esas mariposas que ahora vuelan no te dejan ver, ese bosque tejido de sueños que tiende a palidecer, Lorca nos vislumbra y se lamenta en la penumbra del ayer. En este mundo incierto de idiocracia y promesas de papel».
Y sin resuello, llega “Especie en extinción”, que nos lleva a gritar la verdad en un tema que es pura energía, todo huracán. Es una línea sonora que activa el motor, que empuja, que convierte un temporal en una tormenta perfecta para ayudarnos a soltar lastre y aullar.
Dale la vuelta a la cinta. El disco está pensado para ser disfrutado así, por cara A y cara B. La segunda mitad es donde el álbum se oscurece y se vuelve literario sin dejar de ser físico. “Nieve en el desierto” comienza con esa intro tan “Baba O’Riley” de The Who, tiene algo de la carga emocional del OK computer, pero con los pies en la tierra, con Jairo Zavala (Depedro) arrastrando la voz por una carretera secundaria que no lleva a ninguna parte.
Pero el momento sagrado, ese donde el disco roza el suelo y levanta polvo, llega con la sombra de José Ignacio Lapido. “Efímero” es la canción que nos obliga a bajar las pulsaciones para digerir los últimos pasos de una historia que se termina. Mordemos el polvo, sí, pero qué fácil es aprender de las respuestas del camino cuando las verdades se escriben a cuatro manos, estrofa a estrofa, entre Nat y el maestro granadino. La esencia del disco vuelve a cristalizar en una letra que duele y libera: «Por cada palabra olvidada cerré un telón / Por cada disculpa que dabas soñé una canción / Y ahora que no hay nada despliego de nuevo mis alas / Libre y en silencio levanto el vuelo y me alejo».
Y como si no fuera suficiente, el disco nos escupe un regalo épico firmado íntegramente por Lapido: “Tan extraño para mí”. Una pieza donde los perdedores somos, por fin, los únicos merecedores de estos versos y de esa música lejana. Es la vida pasando entre dudas, saltos al infinito y la admisión de que, al mirar atrás, nada fue normal. El camino fue, en definitiva, un trayecto extraño, hermoso y jodido.
Ya en la cinta solo quedan un par de vueltas, como el brillo que avisa que el rollo de Albal se termina. “Más que a todo lo demás” es una oda a su gata que acaba siendo el manifiesto más humano de la década de los veinte. En un mundo de silicio, filtros y simulacros, esta es una auténtica canción de amor para todas nosotras, las que hemos decidido nuestra vida con ellos, aquellas que no podríamos vivir sin ese recibimiento selecto que nos dan los gatos.
Nat Simons ocupa hoy un espacio que nadie más se atreve a pisar: ese puente de hierro entre el rock de carretera estadounidense y la tradición española de escribir con las tripas en la mano. Pregúntale a Sarah Connor es el manual de instrucciones de cómo debe sonar un álbum de rock en español: real, analógico y con el alma puesta en el poder de las canciones. Porque estas composiciones tienen todo lo que las buenas canciones deben tener, y ejecutadas con una maestría.
A pesar de la exigencia vocal, del dramatismo y de esa mirada crítica que nos intercepta y nos recuerda lo duro que es pisar por los caminos escarpados de la vida, el disco siempre encuentra una grieta por la que meter luz. Son temas graves, fuertes, exigentes, pero que dejan una sensación luminosa; esa esperanza que solo proviene de las cicatrices, de las marcas que nos deja la vida después de sufrirla y disfrutarla hasta el fondo.
Eso es lo que una IA nunca podrá entender. Eso es lo que sí sabía Sarah Connor cuando, al ver una inteligencia artificial andante, no dudó en eliminarla, secarse el sudor del cuello con el dorso de la mano y seguir pisando fuerte hasta el final del camino. Pon este disco fuerte. Hasta que duela un poco y, la próxima vez que dudes, no mires al móvil, pregúntale a Sarah Connor.



















