Música y mafia: cinco cantantes italoamericanos esenciales

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La música como elemento integrador de una comunidad. De una forma de vida y de ponerle palabras y sonidos a esta, que por la migración italiana a tierras estadounidenses, a principios del siglo veinte, se aunó en una escena muy concreta. Relaciones cercanas o no con la mafia, el papel de algunos de los crooners más imponentes de todos los tiempos a la hora de sonorizar este movimiento, o que dicho movimiento se apropiara de sus canciones, es digno de estudio. Javier Márquez Sánchez, que ha publicado recientemente un nuevo libro, Uno de los vuestros (Muddy Waters Books, 2022), con el que recorre la trastienda sociocultural y política de la Cosa Nostra, nos invita a ello.

 

Selección y texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.

 

Más de cinco millones de italianos instalados en los Estados Unidos en los primeros años del siglo veinte constituían la comunidad de inmigrantes más grande de la época. Al igual que muchos otros grupos de emigrados, estos nuevos estadounidenses, generalmente pobres, en muchos casos analfabetos, enfrentaron numerosos desafíos para adaptarse a su nueva sociedad, desde oportunidades laborales limitadas hasta prejuicios rotundos. En ese contexto de supervivencia social, la música con sello autóctono supuso un elemento de identificación y asimilación gracias al éxito de sus intérpretes. No se trataba de canciones para la nostalgia, sino una reivindicación de raza.

Que Tony Bennett sonara en la radio con la prestigiosa banda de Count Basie, que Dean Martin se convirtiera en la estrella de cine y música más taquillera junto a Jerry Lewis o que Frank Sinatra fuera la voz que aplacaba las penas de las esposas y novias de todos los estadounidenses que se marchaban a luchar en la Segunda Guerra Mundial, fueron factor integradores muy importantes para todos los italoamericanos: aquellos compatriotas contribuían con su trabajo a la causa nacional. Eso era mucho más que simple música.

De hecho, Sinatra llegó a adquirir la categoría de verdadero ídolo racial junto al jugador de béisbol Joe DiMaggio. No es que fueran mejor o peor en sus disciplinas; se trataba, sencillamente, de que eran el ejemplo vivo de que los italoamericanos podían ser los máximos exponentes de la música o el deporte en un país que aún se reía de ellos y les aplicaba motes despectivos, como daggo o spaghetti.

El tenor Enrico Caruso fue el primer cantante que congregó a los italoamericanos alrededor de una radio. El napolitano fue la banda sonora de esas primeras generaciones de italianos llegados al nuevo mundo y, como tal, inevitablemente caló en polluelos como Dino Paul Crocetti, Anthony Dominick Benedetto, Pierino Ronald Como, Louis Leo Prima, Vito Rocco Farinola, Jasper Cini o Francis Albert Sinatra que, a partir de la década de los treinta y sobre todo los cuarenta, tomarían su relevo con los nombres artísticos americanizados de Dean Martin, Tony Bennett, Perry Como, Louis Prima, Vic Damone, Al Martino y Frank Sinatra. Todos ellos dominaron las ventas de discos y espectáculos musicales durante más de veinte años, hasta la irrupción del rock y el pop en los sesenta. Eran unos verdaderos triunfadores. No es de extrañar que la comunidad italoamericana en general, y los «chicos listos» de la mafia en particular, los admirara y respetara. Pero de entre todos ellos, sin duda, siempre hubo cinco favoritos.

 

Foto: Chickering, Boston (Wikipedia).

1. Enrico Caruso

Nacido en Nápoles en 1873 (no era italoamericano, aunque muchos así lo creían), Caruso fue el cantante más escuchado de cualquier género en las dos primeras décadas del siglo veinte, además de ser uno de los pioneros de la música grabada. Con su particular estilo, Caruso fijó un estándar, influyendo en prácticamente todos los tenores del nuevo siglo, y alcanzó el récord de 863 actuaciones en el Metropolitan Opera de Nueva York.

Para la primera generación de mafiosos emigrados de la madre patria, como para tantos otros compatriotas, escuchar a Caruso suponía volver a las calles polvorientas de los pueblos de Sicilia, a sus tabernas y sus iglesias. Por eso no hay película sobre la Cosa Nostra en la que no se escuche una ópera, y raro es que no sea una de las piezas que popularizó el gran Caruso, tales como “Una furtiva lacrima”, de la ópera L’elisird’amore; “O Lola”, de Cavalleria rusticana, o “Vesti la giubba”, de Pagliacci, esta última seleccionada por Brian de Palma para Los intocables de Elliot Ness, donde vemos al propio Caruso (James Guthrie) interpretándola para Al Capone (Robert De Niro).

 

2. Frank Sinatra

En el libro Amore: The story of italian american song, Mark Rotella apunta: «En la voz de Frank Sinatra casi se puede escuchar la supresión de décadas de frustración e ira de los inmigrantes. Este fue el momento en que los italoamericanos entraron en la corriente principal del empoderamiento y cuando irrumpieron en la cultura popular». E irrumpieron, todo hay que decirlo, como un torrente, al menos, en lo que a la canción melódica se refiere. Es difícil citar el nombre de una voz masculina del movimiento crooner que no fuera italoamericana (con las notables excepciones de Bing Crosby, Nat King Cole y Sammy Davis Jr.), y eso hizo que dicha comunidad los abrazara con aún mayor emoción que el resto del país. Y entre todos esos artistas, emergía con luz propia Frank Sinatra, cuyo retrato muchas madres italoamericanas tenían colgado, junto al del Papa y el presidente Roosevelt, en la sala de estar.

Con su imagen de triunfador y, sobre todo, de hombre con poder que no se doblegaba a las grandes corporaciones, Sinatra contribuyó a inspirar confianza en varias generaciones de compatriotas. La combinación de Sinatra, Joe DiMaggio y el político Fiorello La Guardia (alcalde de Nueva York de 1934 al 1945), más o menos coetáneos, ayudó a cambiar para siempre la imagen de los «hijos analfabetos de Italia».

Por otro lado, Sinatra, nacido en Hoboken, Nueva York, siempre se sintió orgulloso de sus orígenes sicilianos, y eso le ayudó a moverse como pez en el agua con algunos «hombres hechos» de la Cosa Nostra, entre ellos, el temido Sam Giancana, jefe de la familia de Chicago. De hecho, existe toda una historia, tan oscura como apasionante, sobre cómo el patriarca de los Kennedy pidió a Sinatra que intermediara para conseguir el apoyo de Giancana, que ayudaría a su hijo John Fitzgerald a ganar las elecciones presidenciales. Ganó, y el hermano pequeño, Bobby, nombrado fiscal general, le declaró la guerra a la mafia. Y van y «un loco solitario» asesina a JFK. Pero esto, como diría Kipling, es otra historia.

Giancana tenía una canción favorita de Sinatra. Lo sabemos por unas grabaciones del FBI en las que habla con otros hampones que le instan a asesinar al cantante para «enviarle un mensaje a su amigo de la Casa Blanca». Ante esa sugerencia, Giancana respondió: «No puedo liquidar a alguien tan famoso como Frank. Además, me gusta demasiado escucharle cantar “Chicago”».

 

3. Tony Bennett

«Que yo recuerde, desde que tengo uso de razón, siempre he querido ser un gánster». Con esas palabras del personaje protagonista encarnado por Ray Liotta arrancan los títulos de crédito de Uno de los nuestros (1990), una de las obras maestras de Martin Scorsese, y estos desfilan por la pantalla al ritmo del tema “Ragsto riches” en la voz de Tony Bennett, quien popularizara la canción a comienzo de los cincuenta. La elección de esta composición no es gratuita, ni mucho menos por criterios musicales. La letra cuenta el ascenso triunfal de un tipo vulgar de la calle que se convierte en un auténtico vividor capaz de disfrutar de los placeres más exquisitos. Eso venía a resumir el impulso vital de cualquier miembro de la Cosa Nostra, por no hablar de los muchos italoamericanos de clase trabajadora; en realidad, de cualquier currito, de Arkansas o de Chinchón, de medio siglo después.

Frente a Frank Sinatra o Dean Martin, que siempre subrayaron su «italaneidad», Tony Bennett nunca renegó de sus orígenes calabreses, pero tampoco tenía especial interés por preservarlos. Se sentía plenamente estadounidense y trataba de alejarse del cliché de cantante romántico italiano, decidido a convertirse en un vocalista de jazz sin sello racial (objetivo que alcanzó con éxito, algo siempre ansiado por Sinatra). Sirva como detalle la letra paródica con la que solía reinterpretar en Las Vegas su éxito “Ragsto riches”, corte extraído en este caso de su magnífico álbum Live at The Sahara, Las Vegas, 1964: «Dado que mi nombre es Tony / algunas personas esperan canciones italianas / Y aunque me gustan los macarrones / nunca he estado en la vieja Sorrento / ni he visto una Roma soleada / Solo soy un latino de Manhattan / Nueva York es mi hogar / Venecia y Nápoles no significan mucho para mí / Canto en Las Vegas, no en Sicilia / Así que relájate y bebe tu vino / “Disfruta la vida”, dice la Biblia / Como, Frank, Vic y Dino / en el corazón, soy calabrés».

 

4. Dean Martin

Es comprensible en cierto modo el recelo de Tony Bennett a ser etiquetado como un «cantante italoamericano», y no un intérprete sin más, porque eso suponía, efectivamente, que el público esperase cierto tipo de canciones en las que sonaban mandolinas o donde se colaban un puñado de palabras o expresiones italianas. Al cabo de los años, basta echar un vistazo a listas de reproducción en Spotify o buscar discos recopilatorios con títulos tipo Música de películas de la mafia, para darse cuenta de que serían básicamente permutables por otros del estilo Los mejores crooners de los 50. El repertorio ofrece la combinación perfecta: son canciones vitalistas, alegres, que evocan un cierto estatus social, una imagen de triunfador y que, además, funcionan muy bien en las veladas románticas; todo ello salpimentado con el recuerdo de la madre patria, ¿qué más le vas a pedir a dos minutos y medio de música? Como la comida o el vestuario, la música es otro pilar fundamental para ambientar cualquier película de la mafia. Basta enchufar a Dean Martin cantando “That’s amore” y ya está listo el clima.

En ese sentido, el eterno compañero de juergas y espectáculos de Frank Sinatra, Dean Martin, fue el cantante italoamericano que con más comodidad se movió siempre entre el repertorio original italiano, bien con composiciones adaptadas con la letra total o parcialmente traducida al inglés, bien con canciones que, directamente, interpretaba en italiano; no en vano, Dean Martin se crio en una familia en la que siempre se habló en su lengua original (aunque el cantante nació en Steubenville, Ohio, su familia provenía de Montesilvano, en la región de Abruzzo).

Por otro lado, aunque a Dino, como se le conocía en la comunidad italoamericana, no le apasionaba tanto como a Sinatra moverse en círculos mafiosos, tampoco los huía, teniendo en cuenta que se había criado con ellos (en su juventud, como crupier o boxeador, los tenía como jefe). Dino llegó a tener gran amistad con Johnny «el Guapo» Roselli, el hombre de la familia de Chicago que dirigía las operaciones en Hollywood y Las Vegas. Por otro lado, el amigo más cercano del cantante, además de acompañante en cada gira y asesor musical, Mack Gray, había sido durante veinte años asistente de George Raft, un actor de conocidas relaciones con la mafia al que Dino admiraba por su increíble forma de entender la vida.

 

Foto: William P. Gottlieb (Wikipedia).

5. Louis Prima

De familia siciliana, Louis Prima nació en Nueva Orleans en 1910 y la ciudad le inoculó su esencia artística. Conocido como el rey del swing, imprimió el sello de sus ancestros italianos a un sinfín de éxitos jazzísticos que popularizó, en muchas ocasiones, junto a su primera mujer, Kelly Smith. Prima suponía un paso más allá de Dean Martin: cogía canciones tradicionales y contemporáneas italianas, las desvestía de sus ropajes originales y se las llevaba al territorio del jazz más genuinamente americano. ¡Y triunfaba entre los críticos! Constituía la integración racial completa. Por cierto, infantes de medio mundo tuvieron su entrañable voz ligada a uno de los grandes éxitos de Walt Disney, ya que Prima dio vida (vocal) al Rey Louie de El libro de la selva.

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