Música de club y años setenta galácticos con Fangoria

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«El espíritu, la personalidad, es un componente que se tiene dentro y que sale, lo quieras o no»

 

César Prieto se adentra en el nuevo disco de Fangoria, La verdad o la imaginación (Warner, 2026). El decimocuarto álbum de estudio de su carrera y con el que regresan al formato de larga duración.

 

Texto: CÉSAR PRIETO.

 

La pareja que forma Fangoria —y que a poco que nos descuidemos llevará ya treinta años en el oficio con este nombre— ha publicado una cantidad ingente de discos y de canciones. Si añadimos sus anteriores encarnaciones como Pegamoides o Dinarama, la cuenta ya sube hasta luchar por un puesto entre los más prolíficos autores de canciones de todo el pop español.

Ya conocen, su mundo está hecho de melodías adictivas y de arreglos completamente electrónicos. Excepto por esta instrumentación, que apuesta por evitar primeros planos de guitarras o baterías sudorosas, tampoco están tan lejos de sus grupos anteriores. El espíritu, la personalidad, es un componente que se tiene dentro y que sale, lo quieras o no. Quizá, aunque ellos no lo quieran creer, o incluso lo rechacen, en Fangoria hay un componente social que a poco que uno arañe en las letras resulta menor, si quieren, pero evidente. Aparece por ejemplo en “La verdad o la imaginación”, que parte de la premisa de que el absurdo nos domina. El problema es conocer si es real o es soñado. Fangoria lo tienen claro, apuestan por la fantasía.

También actual es “El síndrome de París”. La modernidad que apareció en algún momento en este país se ha convertido ahora en rutina y vulgaridad, dicen en la letra. Aunque las canciones se sostengan con medios electrónicos, que aparentemente no dejan espacio para la variación sonora, un oído atento establece diversos parámetros que las individualizan. Aquí, por ejemplo, el sonido es duro y sólido. En cambio, “Bailo” tiende más al hedonismo. La física del cuerpo y el sonido se arman para neutralizar al cerebro que nos ha de «dejar en paz». Recordemos que una de las canciones más exitosas de su carrera es “Bailando”.

Otra variable, “El punto de partida” es música de club, con efectos más afines a los ochenta y una habilidad especial para conseguir la melodía perfecta. “Pasará” también sigue este camino, música hecha para clubes nocturnos a partir de las dos de la madrugada, la simbiosis perfecta. Y yendo un poco más atrás, “Consecuencias” tiene algo de galáctico que la retrotrae a los arreglos de los últimos años setenta, una música que entonces era experimental y un estribillo que, a poco, resulta eurovisivo.

“El beso que jamás le pude dar”, que aporta una letra sin aparente carga sentimental, pero bajo la cual sí que laten sentimientos criogenizados y reflexivos, tiene también un estribillo muy setentero. Y entre una década y otra, “La sombra” bebe de las maravillas que nos ofrecieron New Order.

No son ecos de su pasado, pero el que tuvo, vuelve a tener. “Me voy” es equiparable a las canciones de más éxito de Dinarama, esas que las orquestas que recorrían España usaban para el gran subidón, y “Cada quién con su cual” es muy afín a las que hacía Carlos Berlanga, en la letra incluso, una mezcla de lenguaje informal, frases hechas, y registro culto.

He dejado para el final “Tigres de escayola”, en la que Olvido, a pesar de todos los reproches que se han hecho a su voz, se revela como una de las grandes damas de la canción. Mesurada y elegante, llena los tres minutos y medio del corte, como llena el escenario cada vez que se sube a él.

No puedo hablar de grandes evoluciones técnicas. Ni de originalidad absoluta, pero sí que puedo hacerlo de que Fangoria, en cada disco que editan, cuelan una buena cantidad de canciones en las que el buen gusto y la elegancia acompañan esa facilidad para las melodías y para dar solidez a las canciones de Nacho Canut. Lo han vuelto a hacer y seguramente lo volverán a hacer. Eso que ganamos.

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