Murder ballads, los crímenes cantados de Nick Cave 

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TREINTA ANIVERSARIO

«Su temática nos llevan a mirar al interior del ser humano, a su lado más oscuro, pero publicar un elepé repleto de historias de crímenes y desgarro no se antojaba la maniobra más amable de cara al mercado en 1996»

 

Sobre el impactante y siniestro noveno disco del líder australiano y su banda regresa Fernando Ballesteros. Un álbum plagado de historias de terror y de brillantes colaboraciones (Kylie Minogue, PJ Harvey y Shane MacGowan).

 

Nick Cave & The Bad Seeds
Murder ballads
MUTE RECORDS, 1996

 

Texto: FERNANDO BALLESTEROS.

 

Nick Cave era, en la primera mitad de la década de los noventa, un artista en estado de gracia. Es verdad que esa afirmación la podemos hacer extensiva a toda su carrera, pero, lo cierto, es que, The good son (90), Henry’s dream (92) y Let love in (94), conformaron una trilogía difícilmente superable, incluso cuando nos movemos en los parámetros de excelencia en los que siempre se ha manejado el australiano.

El señor Cave le dio la bienvenida a los noventa con unos Bad Seeds engrasados como la perfecta banda para cubrir las espaldas a sus historias y sus aún incendiarias representaciones en directo. El guitarrista Blixa Bargeld, el bajista Martin P. Casey, el teclista Conway Savage, el baterista Thomas Wydler y el polivalente instrumentista Mick Harvey, conformaban un equipo casi imbatible cuando se subían juntos al escenario.  Por si fuera poco, durante el periodo de gestación de Murder ballads, se unió a la tropa Jim Sclavunos y, cuando el proceso tocaba a su fin, hizo su primera aparición en escena el violinista Warren Ellis, un hombre que, con el paso del tiempo,  se iba a consolidar como una pieza clave en la carrera de Cave.

Uno echa la vista atrás y puede entender que, a estas alturas de su trayectoria, Nick se podía atrever con todo, incluso a grabar un disco compuesto por canciones sobre asesinatos. Pocos autores de canciones se me ocurren con una narrativa tan poderosa como la suya para pisar un terreno que podría haber sido resbaladizo para cualquier otro, pero que él transitó con maestría.

Las murder ballads, su temática, nos llevan a mirar al interior del ser humano, a su lado más oscuro, y es ahí donde Cave siempre ha sabido moverse como pez en el agua. El género, íntimamente ligado al folk, cuenta con una amplia tradición histórica, pero publicar un elepé repleto de esas historias de crímenes y desgarro no se antojaba la maniobra más amable de cara al mercado en 1996. Y tampoco es que la idea fuera esa de entrada, digamos que el disco surgió de una forma más casual.

 

 

Un marco adecuado para dos canciones huérfanas 

Es un hecho que, en el estilo narrativo de Nick Cave a la hora de escribir canciones, la violencia ha tenido siempre una importante presencia. Pues bien, en su cajón llevaban ya unos años metidos y casi olvidados un par de temas, “O’Malley’s bar” y “Song of joy”, que no habían encontrado acomodo en sus anteriores grabaciones, entre otras razones por su larga duración.  De manera que lo que se propuso el autor fue hacer un disco en el que aquellas dos composiciones encontrasen cobijo. Le gustaba demasiado aquel material y no quería que se perdiera en el olvido. El nexo de unión de ambas historias era el asesinato, y esa temática fue la que iba a presidir el resto del disco que ya empezaba a diseñar en su cabeza. Aquel sería el hilo conductor, casi a modo de obra conceptual.

Murder ballads le sirvió a Cave para hacerle justicia  a sus dos canciones marginadas y también para sacudirse la presión. Su nuevo elepé, el que tenía que dar la réplica a una serie de trabajos sobresalientes, se convirtió en una obra, según sus propias palabras, «agradable de hacer» y abierto a unas colaboraciones que, con los resultados en la mano, no hicieron otra cosa que enriquecer el resultado final.

Y dicho y hecho. Entre 1993 y 1995, Nick fue registrando en el estudio las canciones que iban a formar parte de su noveno disco junto a The Bad Seeds.  Y si hay dos que ya hemos nombrado y que, de alguna forma, fueron el detonante de Murder ballads, hay otro par de temas, con sus correspondientes duetos, que marcaron la obra para bien. Con su compatriota Kylie Minogue, grabó “Where the wild roses grow”, primer sencillo del álbum y su mayor éxito en medio mundo.

La colaboración no fue casual, Nick escribió la canción con Kylie en su mente. Él mismo declaró, tras la salida del disco, que llevaba tiempo deseando escribir una canción para ella. Lo suyo era casi una obsesión que le llevó a hacer la prueba con varios temas,  pero ninguno de ellos le pareció adecuado para poner sobre la mesa una propuesta formal  a la estrella pop. Todo cambió cuando Nick terminó de darle forma a este diálogo entre un asesino y su víctima, en aquel momento supo que aquella era la canción idónea para Minogue, así que se la mandó y ella apenas tardó veinticuatro horas en darle una respuesta positiva.

 

El encuentro de dos genios y una canción para la historia 
La otra colaboración con historia propia fue la que protagonizó junto a la gran PJ Harvey.  Ella también venía de grabar tres discos memorables y el encuentro entre dos artistas mayúsculos es una explosión de talento y química. Esa electricidad en sus voces y esa atracción que se intuye se confirma en un video inolvidable, y todo ello se refrendó en eso que solemos llamar “la vida real”.

“Henry Lee”, una adaptación de la canción folk escocesa “Young hunting” a la que el australiano cambió la letra de forma sensible, es, por méritos propios, otro de los momentos álgidos del disco y, aunque sean palabras mayores, de las carreras de sus dos protagonistas.

Murder ballads se abre con una de las canciones que no habían encontrado hueco en sus dos discos anteriores. “Song of joy”, ejerce como perfecta puerta de entrada a la experiencia que vamos a vivir. Siete minutazos en los que la voz de Cave, nos narra la historia de un hombre que ha visto cómo su familia ha sido liquidada por un asesino en serie.  Pero todo es más retorcido aún de lo que parece. El protagonista ofrece demasiados detalles de los crímenes, la sospecha sobrevuela y  no termina de quedar claro si fue él mismo quién acabó con la vida de su mujer y sus hijos. Casi nada para empezar.

“Stagger Lee” es otro de los momentos destacados del disco. Otra larga historia, con el bajo dominando la escena,  que nos lleva de visita por la canción folk de comienzos del pasado siglo y por su mito, tantas veces rescatado en la cultura pop. En cualquier caso, la crudeza de la lectura de Cave y su interpretación sobrecogedora recitando las andanzas de un Stagger Lee descontrolado hace que no nos extrañe que, desde entonces, se convirtiera en una de las cumbres de sus directos.

Entre las dos canciones interpretadas junto a PJ Havey y Kylie Minogue encontramos “Lovely creature”, en la que todos los miembros de la banda echan una mano para darle lustre a cuatro minutos de tensión inquietante a la que suma mucho el contrapunto femenino en los coros.  “The curse of millhaven” es rápida, rica en instrumentación y se acerca a territorios country para trasladarnos a un pequeño pueblo sacudido por las desgracias y la violencia.

“The kindness of strangers” es una balada al piano en la que Cave nos enseña lo bien que se desenvuelve en un tipo de canción en el que le hemos visto sentando cátedra en las últimas tres décadas. Hay aires ligeramente jazzísticos en “Crow Jane”, en la que se cuenta la historia de una mujer violada por un grupo de veinte mineros, que se toma la justicia de su mano. Otra historia que pone los pelos de punta, aunque la canción está muy lejos de encontrarse entre lo mejor del disco.

“O’Malley’s bar” es, con diferencia, la canción más larga de Murder ballads.  Catorce minutos plagados de muertes y que, efectivamente Nick, tenías razón, solo podría tener un encaje satisfactorio en un conjunto como el que nos ocupa. Después de esta novela sonora rebosante de crímenes, llega el momento de abrochar la historia con un giro sorprendente. El número elegido es “Death is not the end”, una versión de Bob Dylan en la que los protagonistas son el piano y un desfile de voces entre las que volvemos a encontrar a PJ Harvey y Kylie Minogue, además del vocalista de los Pogues, Shane MacGowan. Después de tanta muerte, el mensaje esperanzador es que hay algo más allá. Tras un viaje reflexionando sobre el lado más oscuro del ser humano y narrando sus miserias, un rayo de esperanza con su punto de ironía.

Murder ballads fue recibido con alborozo por parte de la crítica y situó a su autor en su punto máximo de popularidad hasta aquel momento.  Y no era para menos, se trataba de un disco sublime dentro de una discografía soberbia, la de un autor en permanente estado de gracia.

Anterior entrega: Moseley Shoals, el renacer de Ocean Colour Scene.

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