TREINTA ANIVERSARIO

«Es imposible entender la historia del grupo de Birmingham, sin referirnos a la mano que les echó Paul Weller y a una relación de amistad y mutua admiración que fue beneficiosa para ambas partes»
A pesar de un disco anterior, este fue el trabajo con el que Ocean Colour Scene saltaron a la palestra. Y a ello ayudó su amistad con Paul Weller, incluso con Oasis, pero sobre todo la colección de canciones por las que está compuesto. Fernando Ballesteros repasa su historia.
Ocean Colour Scene
Moseley shoals
Island Records, 1996
Texto: FERNANDO BALLESTEROS.
Para buena parte del gran público, Moseley shoals (96) fue el primer disco de Ocean Colour Scene, pero la realidad es que la historia de la banda ya venía de lejos. Simon Fowler, su vocalista, el baterista Oscar Harrison y el bajista Damon Minchella ya habían formado parte de The Fanatics. Su vida dio un giro cuando una noche, en un concierto, conocieron al guitarrista Steve Cradock que militaba en The Boys, otra formación de la escena de Birmingham. La conexión fue tan rápida que decidieron formar un nuevo grupo con él.
Corría 1989, el año de los Stone Roses, un periodo en el que los grupos de Manchester y su peculiar sonido marcaban la pauta de lo que sucedía en el pop británico, y aquello no terminó de jugar a su favor. Para empezar, en su sello, decidieron hacer una remezcla de “Sway” su primer sencillo, que se ajustara a las preferencias del momento. El grupo no veía con buenos ojos aquella maniobra y mucho menos aún el retraso con el que OCS (92) salió al mercado casi un año y medio después.
Cuando las canciones de Ocean Colour Scene vieron por fin la luz, la historia había dado un giro de 180 grados, la explosión de Nirvana había dado un vuelco a los gustos del público y el disco, en el que —todo hay que decirlo— había buenos temas, pasó completamente inadvertido.
Lo que sucedió fue que cuando estaban inmersos en la grabación de su puesta de largo con el prestigioso Jimmy Miller a los mandos, dieron el salto a Fontana y el proceso se demoró hasta abril de 1992. Demasiado tiempo, una eternidad cuando hablamos de algo tan voluble como la industria del rock and roll. La consecuencia fue que el lanzamiento se saldó con un rotundo fracaso comercial.
Chris, el padre de Steve fue pieza clave en la nueva vida de los Ocean Colour Scene después de aquel revés. Es probable que fuera la pasión con la que se mira lo que es capaz de crear un hijo, pero el caso es que él creía en el grupo y tenía tanta confianza en sus posibilidades que se metió en una empresa quijotesca que consistió en hipotecar su casa para conseguir que pudieran continuar con su carrera, después del despido de su anterior discográfica que les había dejado parados durante un tiempo y amenazaba su supervivencia.
Un par de encuentros decisivos para reactivar el proyecto
Otra figura, casi familiar y decisiva para la continuidad de Ocean Colour Scene, fue la de Paul Weller. El ex Jam, que vivía un buen momento artístico, aunque también sabía ya lo que es experimentar en sus propias carnes los rigores de los altos y bajos del mundo de la música, se llevó de gira a Cradock, Fowler y Minchella para algunos de los conciertos de presentación de Wild wood y, más tarde, los músicos colaboraron en su siguiente álbum, Stanley road. Es imposible entender la historia del grupo de Birmingham, sin referirnos a la mano que les echó el modfather y a una relación de amistad y mutua admiración que fue francamente beneficiosa para ambas partes.
En aquellos años de barbecho también se produjo un encuentro crucial con los chicos de Oasis. Los hermanos Gallagher, nada dados al elogio gratuito, pero poseedores de un buen paladar musical, avalado por otros “descubrimientos“ como los de Cotton Mather y Soundtrack of our Lives, se los llevaron de teloneros cuando su Definitely maybe era la gran sensación y no dudaban en afirmar que los Ocean Colour Scene eran una de las mejores bandas del Reino Unido, concretamente la segunda, detrás de ellos, claro.
El caso es que todos estos episodios remaron en la buena dirección e hicieron que por fin pudieran escribir una continuación de su fallido debut. Finalmente, habría futuro para la banda de Cradock.
Cuando el grupo volvió a la vida, la temática de las letras que encontrábamos en Moseley shoals reflejan lo que habían vivido como grupo y el trance de pasar de ser unas promesas de la música a vivir en el olvido. Simon le dio la vuelta en “The circle” al entusiasta optimismo de “Sway” que ya quedaba muy lejos. Ahora miraba hacia atrás y veía que todos los demás habían avanzado, mientras él se sentía atrapado.
En cuanto al sonido, era toda una bofetada en el rostro de aquellos que, en sus comienzos, les habían acusado de arrimarse al sol que más calentaba que, en su caso, paradojas de las frases hechas, había sido el mancuniano. Así, en el segundo elepé de los Ocean Colour Scene se podían encontrar algunos rasgos compartidos con los grupos que conformaron la avalancha britpopera, pero la grabación iba mucho más allá en sus intenciones y hundía sus raíces en el clasicismo, con el rock compartiendo protagonismo con el soul, el folk y el blues. Aquella mezcla era mucho más rica en ingredientes y no se abrazaba a ninguna etiqueta.
Mucha energía y un delicioso sabor a rock clásico
“The riverboat song” es un comienzo enérgico con un riff irresistible de acento zeppeliano. Estábamos en 1996, pero aquella canción que escuchábamos por primera vez sonaba con aroma a clásico. Evidentemente había mucho de revival en aquellos surcos, pero su mirada al pasado no se fijaba en un solo punto.
“The day we caught the train” recorre un trayecto que va desde la suavidad inicial con guiño Beatle incluido hasta su apoteósico final. “The Circle”, otra de las maravillas del disco, cuenta con la guitarra de Paul Weller, quien también apareció tocando el órgano en el tema inicial del repertorio. Y el hecho es que notamos que está ahí, por lo que toca y por la herencia mod que los cuatro Ocean Colour Scene son capaces de plasmar en su radiante melodía pop.https://www.youtube.com/watch?v=1rr4tXN2eJM&list=RD1rr4tXN2eJM&start_radio=1
El piano y la voz de Simon nos dan la bienvenida en “Lining your pockets”, una balada bonita, emotiva y delicada; y “Fleeting mind” también navega por aguas tranquilas desde los sonidos acústicos iniciales, mientras que “40 past midnight” sube las pulsaciones y es una demostración de cómo los Ocean Colour Scene de Moseley shoals, en su versión más estoniana, eran capaces de crear canciones de arreglos complejos y preciosistas en las que todo parecía estar en el lugar correcto.
En “One for the road“ vuelven a unir fuerzas con Weller y redondean un medio tiempo que cuenta con uno de los estribillos más rotundos y redondos de la obra para una de esas canciones que rozan la perfección. “It’s my shadow” es otro medio tiempo que entra de puntillas, sin hacer ruido y explota a mitad de camino para hacer que se desborde la emoción. “Policemen & pirates” vuelve a tirar de riff potente y efectivo, para darle forma a una pieza rockera incontestable con Cradock poniendo sobre la mesa algunos de los motivos por los que, junto a John Squire, puede ser considerado uno de los mejores guitarristas de su generación.
Tras el despliegue guitarrero, llega de nuevo la calma con “The downstream”, lo más cercano al folk del disco, con una armónica que suena a gloria y la voz de Simon que transmite hasta erizar la piel. Así que la rápida y juguetona “You’ve got it bad” llega como perfecto contrapunto antes de que “Get away” eche el cierre con un largo recorrido que viaja desde el folk al desmelene instrumental de los últimos segundos del disco.
El elepé, como suele ocurrir con las obras trascendentes, llegó con una poderosa historia detrás. Si uno prestaba atención a los programas musicales de la época y leía las revistas especializadas, te podías enterar de las peripecias que habían tenido que vivir hasta grabar las canciones que les hicieron saltar a la fama. Casi todo el mundo tomó buena nota de su fuerte vínculo con Paul Weller, incluso con Oasis, pero muchos olvidaron que, en 1992, ya habían lanzado un elepé.
Conociesen sus grabaciones anteriores o no, el caso es que Ocean Colour Scene llegaron al gran público, escalaron hasta el número dos en las listas británicas y despacharon miles de copias de un disco que fue recibido por la crítica con los brazos abiertos. Había motivos para ello y los iba a seguir habiendo. Y, esta vez, no hubo que esperar tanto porque, subidos a la ola buena, apenas tardaron un año y medio en entregar Marchin’ already (97), otro disco sobresaliente.
Moseley shoals es uno de los álbumes fundamentales de la década de los noventa y el grupo lo vuelve a celebrar treinta años después. El próximo mes de septiembre, pasarán por España dentro de una gira de conciertos que conmemora tan redonda efeméride. Será una buena oportunidad para volver a vivir en directo la magia de aquellas canciones y comprobar que sus autores siguen en plena forma cuando se suben a un escenario. Costó llegar, está contado, pero lo hicieron para quedarse mucho tiempo.
Anterior entrega: Coming up, de Suede: Casi como volver a empezar.



















