COWBOY DE CIUDAD

«Lo suyo no es un disfraz, sino una forma de entender el country como una combinación de elegancia, carretera, armonías vocales, acero de pedal y noche de bar»
En su sección Cowboy de Ciudad, Javier Márquez Sánchez se detiene en Stages, el quinto álbum de estudio de la banda estadounidense, que cuenta con colaboraciones especiales como la de Clint Black.
Texto: JAVIER MÁRQUEZ SÁNCHEZ.
Midland siempre ha sido un grupo fácil de caricaturizar y difícil de despachar. Desde su aparición, hubo quien quiso ver en ellos una operación de estilo, tres tipos demasiado bien vestidos, demasiado conscientes de la tradición country y demasiado fotogénicos como para ser tomados en serio por los guardianes del templo. Pero el tiempo, que suele ser más paciente que los críticos y bastante menos vanidoso, ha ido colocando al trío en otro lugar. Lo suyo no era un disfraz, sino una forma de entender el country como una combinación de elegancia, carretera, armonías vocales, acero de pedal y noche de bar.
Stages, su nuevo álbum, llega con un título que funciona casi como una confesión. No habla solo de escenarios —aunque Midland sea una banda curtida en directo— sino también de fases, de tramos vitales, de cambios de piel. La propia información difundida sobre el disco insiste en esa idea: el grupo mira hacia atrás para reunir los lugares, los sonidos y las experiencias que han marcado su recorrido, desde la carretera hasta las raíces del country tejano y californiano. Mark Wystrach, Cameron Duddy y Jess Carson parecen entender este álbum como una vuelta a lo esencial, pero no como un ejercicio nostálgico, sino como recapitulación de una década larga de oficio.
Esa es quizá la clave para acercarse a Stages, un intento de “depuración” del género. Midland nunca ha necesitado quemar su propio granero para demostrar que avanza. Su música se ha movido siempre dentro de un territorio reconocible: el country neotradicional, el honky-tonk pulido, los ecos de George Strait, los destellos de la Costa Oeste, las armonías que miran de reojo a Eagles y una querencia por la canción de bar que no confunde ligereza con falta de fondo. En una época obsesionada con la ruptura, Midland parece decir que también hay madurez en afinar mejor lo que uno ya sabe hacer.
El repertorio anunciado refuerza esa impresión. Stages reúne diez canciones, con un listado de autores que incluye nombres muy ligados a la tradición y al oficio de Nashville, como Dean Dillon, Tim Nichols, Carson Chamberlain, Wyatt McCubbin, Josh Osborne o Chris Stapleton, entre otros. Además, el disco cuenta con dos colaboraciones significativas: Mackenzie Carpenter en “I wish you would” y Clint Black en “Up in Texas”.
La presencia de Clint Black no parece un simple reclamo. Black fue una de las figuras esenciales del giro neotradicional de finales de los ochenta y primeros noventa, cuando una parte del country volvió a mirar hacia sus raíces sin renunciar al sonido radiofónico. Que Midland lo incorpore en una canción titulada “Up in Texas” tiene algo de guiño genealógico. Más que una colaboración parece una manera de situarse en una línea de continuidad. Midland no inventa ese idioma, pero lo habla con fluidez, con gusto y con una convicción que a estas alturas ya no parece impostada.
“Marlboro man”, señalado por el propio grupo como una pieza central del proyecto, apunta hacia ese Midland más crepuscular, menos entregado al brillo inmediato y más interesado en el poso emocional de la carretera. Mientras que la inclusión de “Drinkin’ dark whiskey”, firmada por Michael Henderson y Chris Stapleton, resulta casi reveladora. El título encaja de lleno en el imaginario del grupo: alcohol, noche, culpa, deseo, derrota o simple costumbre de mirar el fondo del vaso como si allí dentro fuera a aparecer una revelación. El country ha construido media biblioteca emocional alrededor de esa escena, y Midland se mueve bien en ese terreno porque no necesita subrayarlo.
La producción de Trent Willmon, responsable de la mayor parte del álbum, promete una orientación coherente con esa vuelta a las raíces: fiddle, pedal steel, guitarras limpias, ritmo de bar y una arquitectura sonora que no debería sepultar las voces. Midland necesita espacio para respirar, porque su mayor baza no es solo la canción, sino la atmósfera. Cuando aciertan, uno no escucha únicamente una melodía: entra en un local con suelo de madera, luces bajas, humo imaginario y alguna pareja discutiendo en una esquina con una dignidad que Spotify jamás sabrá clasificar.
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Anterior entrega de “Cowboy de ciudad”: Coleman Jennings encuentra el camino a casa.



















