
Quizá por ello, esta película nos lleve hasta allí y allí nos deje. Lo demás, como siempre, depende de cada uno y de su querer interpretar; exactamente como ocurrió en su día.
Sara Morales dedica su columna semanal, “El ritmo de la semana”, a Michael, la película que recorre los primeros años de la vida y la obra de Michael Jackson, uno de los estrenos cinematográficos de la temporada.
Una sección de SARA MORALES.
Niño prodigio. Eterno niño. La infancia robada, extraída de su tiempo natural, marcaría el resto de una vida expuesta de la que fuimos testigos y que, por momentos, rozaría lo incomprensible. Quizá por ello, seguramente. Por la extensión de la candidez cuando ya no toca, por la prolongación de una inocencia interrumpida cuando no corresponde y se da de bruces con el todavía más incomprensible mundo de los adultos aun siendo ya uno de ellos.
El universo único del mito, ese que levantó y construyó para sobrevivir y que nos dejó habitar en forma de canciones, es ante el que nos situamos desde la butaca del cine al ver Michael, la nueva película de Antoine Fuqua con producción del británico y oscarizado Graham King. Quien dirigiera en su día la estupenda Training day (2001), Shooter: el tirador (2007) o El protector (2014), y el productor de El aviador (2004), Infiltrados (2006) y la espectacular Bohemian Rhapsody (2018), se han unido para abordar los primeros años de la vida y la carrera de un ídolo intergeneracional, transversal y atemporal, a manos de un brillante Jaafar Jackson que lo encarna hasta bordarlo.
Ardua, aunque también fascinante, tarea, si tenemos en cuenta lo inabarcable de su estela, de su leyenda. Quizá por ello también, el biopic atienda solo a los primeros años (de 1966 a 1988) y haya obviado todo lo que vino tras Bad. Puede que acercarnos al refugio que construyó a base de juguetes, mascotas y fantasía nos ayude a comprender todo lo demás. Hasta sus excentricidades. Incluso lo que no sabemos si llegó a ocurrir de la manera en que se sugirió y que todos condenaríamos.
Asistimos así al nacimiento de una estrella visionaria, a la consolidación de un icono del siglo XX. A la génesis del Rey del pop mutado en codiciado sujeto (y objeto) de entretenimiento. Al triste infante de ojos iluminados y dulce voz sometido a un padre, al joven brillante de sonrisa limpia y andares convertidos en bailes lunáticos sometido a la industria y al hombre negro sometido al escarnio de la raza dentro y fuera de sí.
Quizá en el origen de todo ello esté la explicación y no el error. Quizá allí demos con la complejidad de un carácter, de una actitud y unas decisiones que formaron al ser (y al personaje) cargado de aristas que creímos conocer tras su arte, sus apariciones en los medios y sus conciertos. Quizá por ello, esta película nos lleve hasta allí y allí nos deje. Lo demás, como siempre, depende de cada uno y de su querer interpretar; exactamente como ocurrió en su día.
Con todo, estamos ante dos horas de música con hits que ya son nuestros y parte de la historia, dos horas de baile, dos horas de conciencia individual y social, de compromiso, del amor de una madre, de la incondicionalidad de un guardaespaldas (Bill Bray), de la comprensión de algunos cómplices (empezando por John Branca y Quincy Jones), de talento, de mucho talento y mucho trabajo, con puntos álgidos que tienen nombre propio: “Beat it”, “Thriller” y “Human nature”.
¿Blanqueamiento del artista? ¿Reconciliación con una vida atestada de rarezas? ¿Relato de una verdad pervertida por la hegemonía mediática? ¿Ejercicio de comprensión hacia un ser extraño por insólito? Id, juzgad vosotros mismos y saltad por encima de la crítica “experta”, porque la realidad es que el mundo, ese que quizá no supo comprender, todavía hoy sigue dividido. Black or white.
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Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: Barón Rojo, Héroes del Silencio, Prince y otros recuerdos.



















