DISCOS
«Otro volantazo artístico en el que el amor propio se hace fuerte y funde con el perdón, en un redescubrimiento espiritual elevado hasta el infinito y más allá»

Rosalía
Lux
COLUMBIA RECORDS, 2025
Texto: DAVID PÉREZ MARÍN.
Tres años de Motomami (22), el disco que significó la universalización total del estrellato de Rosalía, un nuevo giro maestro que muchos no entendimos a la primera por su apabullante eclecticidad y arrebatadora y descarada explosión de referentes contemporáneos, dejando atrás esa narratividad y poética popular-urbana con la que nos atravesó en sus dos sobresalientes trabajos anteriores, aquel cautivador, crudo y minimalista Los Ángeles (17) a tumba abierta, con las raíces en la garganta, pero ya batiendo las alas a un palmo del suelo; y El mal querer (18), obra maestra que marcó un antes y un después en la música popular nacional e internacional.
Baja ahora del cielo Rosalía como un ser de luz y, guste o no, irremediablemente no estamos solo ante el cuarto disco de la artista española más internacional de todos los tiempos con tan solo 33 años, sino que Lux es todo un acontecimiento cultural (también inevitablemente comercial) a nivel mundial. Una obra aclamada desde el segundo uno de su parto, no solo por la crítica internacional especializada, sino por referentes tan dispares e influyentes como Patti Smith, Madonna o Björk.
Lux es un viaje espiritual en el que Rosalía levita, lucha y vence al caos terrenal y al algoritmo a base de belleza empoderada, misticismo resplandeciente y un virtuosismo vocal y técnico abrumador. Espiritualidad sanadora que no olvida la pasión y el sufrimiento carnal: Lux es un puente para surcar y fundir las sombras, huellas y heridas de la materialidad, de la individualidad frágil y efímera (esa que se deshace como el terrón de azúcar en el café del vivir en “Berghain”) con lo sagrado, divino y cegadoramente indestructible. Una liturgia futurista en la que la creatividad de Rosalía vuelve a demostrar que va a muchas velocidades por encima de la gran mayoría, afrontando cada nuevo movimiento como una metamorfosis artística tan natural y necesaria para ella como el propio respirar. Y claro, saltar al abismo sin red y haciendo triples mortales y tirabuzones mil, tiene sus riesgos… pero ese riesgo es precisamente el impulso, no solo del arte mayúsculo, sino también de la vida auténtica.
Alquimia sonora a fuego lento para crear una obra de orfebrería que roza el milagro, en la que los géneros se entrecruzan y dialogan (arias operísticas, copla, electrónica minimalista y agresiva por momentos, fado, rumba-tango flamenco, pop interestelar, rap, canto lírico, música sacra y sonidos urbanos) con versos en trece idiomas (universalidad de la fe y del arte) a lo largo de dieciocho canciones (formatos físicos, y quince en versión digital) divididas en cuatro movimientos.
Una hora de art pop orquestal y vanguardista que podría estar expuesto en cualquier gran museo de arte contemporáneo del mundo, con despegues y redespegues continuos a ritmo de beats del futuro, palmas rebosantes de compás flamenco, latidos jazzísticos, euforia coral y una voz central y sin efectos que se atreve con todo, dejando siempre la sombra vencida. Luz a borbotones que crece como enredaderas de neón por sus privilegiadas cuerdas vocales, del susurro al fraseo, pasando por el quejío aterciopelado y vibrante, o el agudo operístico más imposible, brisa fresca y puro arder en el siguiente parpadeo.
Todo bajo una producción catedralicia con la propia Rosalía al mando (apoyada en pesos pesados como Dylan Wiggins y Noah Goldstein entre otros, este último uno de los artífices del rompedor Yeezus (2013) de Kanye West), partiendo el cielo en dos a cada pista, pasándonos por encima como una nave espacial sonora jamás vista, hipnotizándonos y abduciéndonos casi sin que nos demos cuenta. Pero, ante tanta virtuosidad y filigrana tras filigrana instrumental y coral, hay algunos temas y fragmentos que, transmitiendo un magnetismo deslumbrante y sin parangón en muchos casos, se pierden en su complejidad formal, la emoción titubea y no llegan del todo a atravesarnos el pecho… ¿O quizá nos lo está atravesando tan rápido, una y otra vez, que no somos aún conscientes de ello? ¿Puede que seamos como los personajes de esas películas en las que, parece que han salido ilesos de la batalla y, tras dar varios pasos, caen rendidos al suelo? Es lo que tienen algunos artistas (pocos), que van tan por delante, que a veces su impacto nos tarda en afectar del todo.
Lo indudable es que, desde que la aguja cae y giran los surcos, la aureola de Rosalía se ilumina y vemos con total claridad que estamos ante otro golpe maestro de la catalana, otro volantazo artístico en el que el amor propio se hace fuerte y funde con el perdón en un redescubrimiento espiritual elevado hasta el infinito y más allá, a base de una estructura narrativa cuidada hasta el último milímetro, una técnica sonora de otro dimensión y arropada por la Orquesta Sinfónica de Londres al poder, el coro de la Escolania de Montserrat y el Orfeó Català, más colaboraciones estelares de ensueño: Sílvia Pérez Cruz y Estrella Morente, Björk (con quien ya grabó la canción “Oral” de la islandesa en 2023), Yves Tumor, Yahritza, Carminho y Guy Manuel de Homem Christo, miembro de Daft Punk.
«Quién pudiera vivir entre los dos, / primero amar el mundo y luego amar a Dios. / Quién pudiera venir de esta tierra / y entrar en el cielo y volver a la tierra, / que, entre la tierra, la tierra y el cielo / nunca hubiera suelo…». Se abre el telón operístico-celestial con una obertura perfecta que ya desvela las cartas estilísticas y formales del disco, un piano que marca el rayo de luz que cruza ambos mundos y un canto coplero y lírico en el centro (una de las señas de identidad del álbum) que eriza la piel a la primera, sumando coros, orquestación y mandos electrónicos, “Sexo, Violencia y Llantas”. La dualidad platónica de lo terrenal y lo divino, el camino, el tránsito de ida y vuelta que va a recorrer en estas dieciocho canciones, de la pasión sensitiva a la divina, «de sangre y monedas en gargantas» a «destellos, palomas y santas». Santas y religiosas, figuras femeninas que, a partir de una infinidad de lecturas han ido conformando la espiritualidad narrativa de Lux.
Primer movimiento (la partida, salir de la pureza) y funde obertura con “Reliquia”, violines y la Rosalía más pop en escena, como si nos adentráramos en un musical que se mueve en esa fina línea que separa la realidad de los sueños; la nostalgia de lo que pudo haber sido y la pesadilla de la desilusión, hasta recorrer el duelo y llegar al perdón para volver a empezar y despegar de nuevo. Y si la sombra resplandeciente de Björk ya estaba sobrevolándonos (una de las influencias más palpables en Lux), se sigue engrandeciendo en piezas como “Divinize”, con Rosalía abriendo los mares, levitando y cantando en catalán e italiano como un ser de otro planeta, mientras la pista crece y crece en su hechizante complejidad.
La siguiente curva la anuncian una tromba de chelos y una Rosalía lírica folclórica que muta en «diva de tigueraje«, rap de la vieja escuela, con Gata Cattana y La Mala bajo las alas, para seguir metamorfoseando, primero en latín con el verso central «Ego sum nihil, ego sum lux mundo« («No soy nada, soy la luz del mundo») y luego recitando y reafirmándose en japonés, con la instrumentación orquestal creciendo y creciendo hasta límites insospechados, con tono neoclásico y compás flamenco.
Termina el primer movimiento con una de las piezas más conmovedoras y líricas, en italiano, “Mio cristo piange diamanti”, cargada de simbología cristiana y una Rosalía que se eleva al séptimo cielo, demostrando de nuevo una sensibilidad y poderío vocal estratosférico.
El segundo movimiento (la gravedad y amistad con lo mundano, deseo y redención) comienza con una pieza que es (aunque muchos la tacharon de música publicitaria) una obra maestra en sí misma, tres minutos que dejan marca y nos centrifugan por dentro, “Berghain”. Inicio operístico en alemán que te oprime el pecho y casi no te deja respirar, con Rosalía de nuevo cantando más allá del bien y el mal, elevándose al cielo y bajando a los infiernos, con la pasión rota e intacta de mal quereres y mal amores, rabia, deseo y locura, con Yves Tumor fraseando en inglés ensangrentado un «Te follaré hasta que me ames» y Björk descendiendo e interpretando la buena nueva como una divinidad salvadora, marcando el rumbo para dejar atrás lo terrenal.
Bajamos las revoluciones y la intensidad a ritmo de vals pop con regusto mexicano en “La Perla”, acompañada de los estadounidenses Yahritza y su Esencia, con una letra juguetona y vengativa (Paquita la del Barrio aplaudiendo desde las nubes), con mucha clase y contemporaneidad. La vendetta continúa, el veneno sigue su curso y, sin salida, la mejor solución será un “Mundo nuevo”, con aroma a Manuel de Falla y Joaquín Rodrigo en lo orquestal, y Rosalía de nuevo flamenca-coplera sideral en otro tema que hace que tiemblen los cimientos del planeta Tierra al completo.
Y casi sin que no dé tiempo a parpadear, de nuevo las pulsaciones por las nubes y la respiración entrecortada en “De madrugá”, niña de lengua de fuego que rompe en este canto popular aflamencado y de alma lorquiana con esas cadenas del pasado que, a veces, nos pesan y ahogan, sin dejarnos avanzar a ninguna parte… Un ojo por ojo pasional que, con Glock o Beretta cargada (pieza de la época de El mal querer que sonó en directo, pero jamás fue publicada) no termina de encontrar el perdón: «La cruz en el pecho calibra mi cuerpo, / para desquitarme, yo tengo derecho». De nuevo ese difícil equilibrio, ese tránsito que va de los sentimientos a flor de piel, a lo espiritual como única salvación posible. Y sí, versos en ucraniano incluidos.
Una especie de contrabajo con pulso jazzístico nos da la bienvenida al tercer movimiento (la gracia y la amistad con Dios), el más pop y melódico del lote, con una instrumentación que se mueve entre el son cubano y el tumbao salsero, “Dios es un stalker”, con Rosalía cantando directamente desde la perspectiva de una divinidad omnipresente e imperfecta, reflexionando sobre la presión que conlleva esa consideración.
Le sigue “La yugular”, frágil y necesaria como esa vena vital, envuelta en atmósferas espectrales y metáforas que mezclan lo personal con lo universal, lo sensible con lo espiritual, la complejidad del amor mundano y de la propia existencia, y de su conexión con el universo y lo divino. Con partes cantadas en árabe, el amor verdadero es un respirar que trasciende el odio, los rencores y toda lucha sentimental, que puede abarcar una gota de saliva y el mismísimo universo. El tema termina con el extracto de una entrevista a Patti Smith hablando del “Break on trough (to the other side)”, de The Doors en 1976, del trascender los límites espirituales.
Pero los quereres y mal de amores suelen arder hasta el juicio final y más allá, así se aviva el «gran incendio» en “Focus ‘ranni”, versos en siciliano y la orquesta a sus órdenes, con Rosalía retrocediendo y colocándonos en el ojo del huracán, en la herida abierta que por fin cicatriza, cuando estuvo a punto de entregar su amor para siempre a otra persona que no lo merecía… En vez de boda, liberación femenina: «Quería ir de blanco y fui de violeta / (…) / Seré mía y de mi libertad…».
Parece que esos veintiún gramos que pesa el alma tienen ya claro que lo pretérito se hunde («ya no tengo miedo del pasado») en el fondo de la copa de “Sauvignon Blanc”, permitiendo que el amor verdadero flote, trascienda y sane, una vida ascética en calma, por encima de todas las posesiones materiales: «Dios mío, obedeceré… quemaré el Rolls-Royce… me desharé de mis Jimmy Choo». De nuevo la complejidad de los deseos y la solución espiritual como única vía para encontrar redención en una balada de «futuro dorado», con Rosalía surcando los cielos a lomos del piano y una preciosista sesión de cuerdas.
Toca beatificación y ascender a los cielos en el cuarto movimiento (despedida y vuelta a casa, reconciliación y perdón), de la atmosférica “Jeanne”, en francés y español, con Juana de Arco como emblema feminista y espejo en el que arde Rosalía por su fe y la música; a esa estela de reivindicación que continúa con la ciencia ficción tan real de “Novia Robot”, denunciando esas normas patriarcales que condenaron a tantas mujeres, programándolas y manipulándolas, tildando a santas de locas… «Bienvenidas a Robotikas con K, un mundo de fantasía robótica femenina hecha para el placer del sexo opuesto…». Con Rosalía renaciendo y rompiendo toda cadena, solo contentándose a ella misma y a su Dios, cantando en castellano y mandarín.
La santísima Trinidad es femenina: Silvia Pérez Cruz, Estrella Morente y Rosalía, entrelazando y fundiendo sus voces en una de las piezas más emocionantes y auténticas del álbum, “La rumba del perdón”, el tema más flamenco y en el que ya no se busca el perdón, sino que son ellas las que perdonan (diosas), después de tanto daño y dolor recibido: «Toíto te lo perdono».
Justo antes de partir, la nostalgia nos inunda y junto a una desgarradora Carminho nos regala el bellísimo fado-pop “Memoria”, implorando que cuando parta su alma solo espera «que no olvide lo vivido»; para despedirse finalmente entre “Magnolias”, iluminada y en alegre calma: «Algún que otro navajazo me he llevado de la vida / ella a mí me desarmó y le estoy agradecida. / Y lanzará azúcar moreno sobre mi ataúd, / quedaros despiertos hasta que vuelva otra vez la luz». Ese momento que nos iguala a todas y todos, pero no hay ni un ápice de tristeza ni rencor, solo gratitud, envuelta en coros y una cuidada orquestación, cantando como si fuera su última y primera noche en la Tierra, antes de ascender guiada por lo divino a las estrellas y volver a ser polvo enamorado, pura lux.
–
Anterior crítica de disco: Antidepressants, de Suede.



















