«Low life», de New Order (1985)

Autor:

OPERACIÓN RESCATE

 

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“Este ‘Low life’ es el punto de partida de una transición que los llevó del blanco y negro de Joy Division a los colorines de la pista de baile y el electro pop”

 

Acabado Joy Division, sus miembros tuvieron que reinventarse en New Order y luchar contra su propio pasado. Esa búsqueda de identidad cobró especial fuerza en “Low life”, su tercera entrega, de la que nos habla Sara Morales.

 

Texto: SARA MORALES.

 

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New Order
“Low life”
FACTORY RECORDS, 1985

 

Cuenta Bernard Sumner en su autobiografía «New Order, Joy Division y yo» que aquellos primeros viajes de su banda a Estados Unidos, ya fuera por las giras o por propia elección, se convirtieron en decisivos para el desarrollo musical de la banda. New Order, que venían del lamento más amargo del punk al frente de Joy Division, acabaron conociendo a fondo la música techno-disco y se lanzaron a intimar con la cultura club de la noche neoyorkina en los ochenta. De ahí, y del empeño casi obsesivo de Sumner por la tecnología y el conocimiento y uso de la misma aplicada al sonido, nació y se perfiló el brote conceptual de la nueva etapa que encaraban los huérfanos de Ian Curtis.

Aquella presencia de sintetizadores que comenzó como un ligero flirteo en las canciones de Joy Division y había sembrado precedente en los dos primeros discos de New Order –»Movement” (1981) y «Power, corruption & lies» (1983)– terminó asumiendo el papel protagonista en 1985 con esta tercera entrega del grupo, «Low life», para continuar haciéndolo hasta hoy. Los samplers, las cajas de ritmos y esa alianza inquebrantable con las máquinas iban a servir de base perfecta para unas letras que hablan de desconfianza humana, frustración social y soledad individual; la baja intensidad de ‘This time of night’ y ‘Sunrise’, que se aproxima al rock gótico, son claros ejemplos de ello.

 

 

Bernard Sumner, Stephen Morris y Peter Hook, con la inestimable maestría de Gillian Gilbert al mando de los sintes, no se atrevían todavía a pronunciar el adiós rotundo y definitivo a sus orígenes post punk. Por eso la instrumental ‘Elegia’, una de las piezas clave de este trabajo, mantiene el suspense de la oscuridad y el azote siniestro de esos pasajes que crearon junto a Ian, a finales de los setenta, cuando todo parecía posible. De hecho, son muchos los que asumen este tema como un sentido homenaje de la nueva banda a su antiguo líder.

 

 

A pesar de negarse a olvidar su pasado más reciente, New Order eran conscientes de que había llegado el momento de desprenderse en cierto modo de la identidad que arrastraban, aunque lo hicieran con orgullo. Nunca fue, ni ha sido, una losa para ellos haber formado parte de una de las bandas más veneradas e influyentes de la historia; pero en aquel tiempo la prensa y buena parte del público no lo puso fácil. Siempre en tela de juicio, siendo cuestionados por su valía, por su dudoso futuro en el mercado, por «intentar aprovecharse de lo que habían sido», porque nunca volverían a serlo por mucho empeño que le pusieran… Estas fueron las guerras que batallaron los tres de Joy Division en su conversión a New Order. Habían pasado solo cinco años desde el abrupto fin que todos conocemos, y con este disco iban a demostrar que las secuelas no solo son posibles, sino que gozan de autonomía y autosuficiencia propias con el valor añadido de contar con un bonito y digno pasado al que poder mirar.

Estaba claro que había llegado el momento de reinventarse y experimentar. Así lo hicieron y así comenzó su aventura definitiva por el synthpop, la new wave y el rock dance, que hoy, más que géneros, se configuran como los estandartes del grupo. De esos primeros pasos por todos ellos nacieron la cuasi techno ‘Sub-culture’, ‘Face up’ –que incide en la pérdida de un amigo y el paso del tiempo– y ‘The perfect kiss’, la otra insignia del álbum. Editada de una original de diecisiete minutos que aparecería completa en el set box «Retro» de 2002, repasa los temas más livianos y más profundos de la vida al compás del bajo de Peter Hook, los todopoderosos sintes de Gillian y la aniñada voz de Sumner. Amor, venganza, sexo y diversión que terminaron poniendo sonido a «More», el corto de Mark Osborne nominado al Oscar en 1998.

Ya en la canción se advierte el gusto por la inclusión de ruidos extraños y mecanizados tomados de cencerros, muelles o máquinas recreativas que, añadidos en la producción a cargo de la propia banda, revisten el tema de un halo ecléctico y experimental. Una demostración más de su carácter atrevido y transgresor, como también recalcarían en ‘Love vigilantes’, tema con el que se lanzaron a fundir country y techno.

 

 

Durante estos primeros años, New Order tuvieron que aprender a diferenciarse de sí mismos. Y lo lograron. Consiguieron asentarse como una de las bandas británicas más prometedoras del momento, siendo este «Low life» el punto de partida de una transición que los llevó del blanco y negro de Joy Division a los colorines de la pista de baile y el electro pop.

 

 

Anterior entrega de Operación rescate: “Live at Harlem Square Club” (1963), de Sam Cooke.

 

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