Los imprescindibles de Carlos Tena:Serge Gainsbourg

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Una sección de CARLOS TENA.

“Yo era muy tímido porque me creía muy feo; y pensaba que pronto me convertiría en un misántropo”

En Gainsbourg, había un poco de todo: poesía, humor, provocación, cabreo, desesperación, amor, sexo, alcohol… Gainsbourg, era como casi todos nosotros, pero lo que le diferenció respecto de sus posibles alumnos, fue la valentía sin límites que demostró ante la sociedad que le tocó vivir, un coraje envidiable frente la mediocridad, que utilizaba como látigo musical y literario, para quitarse de encima los restos de caspa que iba derramando la burguesía pacata y pusilánime, esa que caracterizó la última etapa del siglo XX y que alcanza su cota más miserable en la era Sarkozy. “Le odiaban porque era distinto a los demás”, decía un amigo del Bello Sergio.

Con su nariz como guadaña, cortaba por lo sano la estupidez; con su fealdad como perfume, impregnaba de inteligencia las tertulias aburridas de los programas de televisión, con su insospechada música hacía vibrar la monocorde atmósfera del pop francés. Personalidad singular de la cultura francesa, Serge Gainsbourg fue más que un cantante. Músico, compositor, poeta, escritor, actor, realizador de cine, pintor, fue también un inmenso creador de melodías (término odiado por cierta modernidad, pero intenso y universal) que además sabía manejar la lengua de Voltaire con un talento muy personal.

“En este trabajo no hay medias tintas: tienes que romper o morir”

La tarde parisina en la que pude entrevistarle en abril de 1986, para el programa Auan babuluba balam bambú, fue una de esas jornadas que no se olvidan nunca. Habíamos quedado en el café de un hotel señorial en el barrio de Ópera. Me agradaba la idea de que los espectadores pudieran disfrutar de la imagen desaliñada con la que Gainsbourg solía mostrarse en público, en un marco lujoso y formalmente limpio, brillante y reluciente. El contraste era potente.

Con impensable puntualidad, cuando en el reloj daban las dos de la tarde, aparecieron por la puerta Serge, llevando de la mano a una muchacha de rostro exótico, delgadísima y de aire enfermizo, y un secretario personal de ambos con el que hablamos diez segundos, para saber con precisión del tiempo de que disponíamos para la charla. La cámara estaba ya preparada y Gainsbourg sonrió mientras se mostraba satisfecho por lo que él creía insólito: que unos españoles estuvieran preparados a la hora señalada.

Sonrió cuando me preguntaba para qué programa era la entrevista, y al escuchar el título soltó una pequeña carcajada diciendo. “¡Qué bueno, mi novia se llama Bambú*” (su verdadero nombre es Pauline Von Paulus). Nunca me alegré tanto como aquella tarde, de haber elegido tamaño nombrecito para un espacio de TV. Lo malo fue que cuando la entonces directora general de RTVE, Pilar Miró, a los pocos meses, me quitó el programa de un plumazo, cabreada por mi negativa a sentarme junto a algunas estrellas y/o famosos, en una mesa petitoria de la Cruz Roja en la Puerta del Sol madrileña. No hubo tiempo para emitir la magnífica lección de humor, inteligencia y cultura ofrecida por el Bello Sergio.

La grabación dormía el sueño de los justos en los anaqueles del archivo de la RTVE, hasta que el 2 de marzo de 1991, al conocer la noticia de la muerte del genial músico francés, comuniqué a los servicios informativos de la “santa casa” la existencia de dicha entrevista, para que aprovecharan algunas de las frases que en ella dijo, muchas de las cuales aludían a España, la poesía, la muerte, el levantamiento fascista de Franco, etc. La respuesta del redactor que se puso al teléfono fue clara. “¿Y ése quién es?”.

“Mi primer disco era lúgubre, muy negro. Nadie quería llevárselo a casa”.

Pues mira, pequeño ignorante: (puede que hoy el anónimo cazurro sea jefe de algún departamento en la tele pública o en una privada), Joseph y Olga Guinzburg, eran una pareja de rusos que escaparon de la Revolución rusa, y llegaban a Francia en 1921. Dos jóvenes músicos cuyo primer hijo, Marcel, moría a las pocas semanas de su llegada a la capital del Sena, y que engendraron a Lucien (que más tarde cambiaría su nombre por el de Serge) el 2 de Abril de 1928. Un vetusto piano sirve como acicate al chaval para que su pasión por la música despertara muy pronto, entre discos de pizarra con temas de Gershwin y haber conocido “in person” a la injustamente olvidada Fréhel, una de las cantantes más carismáticas de la vecina Francia, eclipsada por el Gorrión de París, es decir por la Piaf, en una sucia maniobra de la prensa gala, para olvidar que mientras aquélla luchó al lado de la Resistencia francesa durante la II Guerra Mundial, Edith fue la musa del régimen de Vichy.

Entre canciones, pinceles y libros, el pequeño Lucien entra en la Escuela de Bellas Artes de Limoges (entonces parte de la zona liberada), siendo un verdadero apasionado de Picasso y Goya, dos de sus artistas plásticos más idolatrados. Para ganarse la vida, comenzó a tocar el piano y descubre el jazz. En 1954, Lucien registra seis canciones en la SACEM (la SGAE francesa) dos de las cuales se salvarán del olvido: «Défense d’afficher” cantada por Pia Colombo en 1959 y “Les amours perdues» que entrega a Juliette Gréco en 1961, obteniendo al tiempo una justa fama de seductor infatigable. Y es que los feos somos así. Ejem…

1958 es un año crucial de la carrera de Sergio, que comienza por usar su nuevo nombre. Elige el apellido Gainsbourg como homenaje al pintor inglés Gainsborough, y Serge como tributo a sus orígenes rusos. Curiosamente es el mismo año en el que se estrena la película Le beau Serge (Claude Chabrol), una de las joyas de la cinematografía gala, y la misma época en la que traba amistad con otro genio absoluto: Boris Vian. Es entonces cuando siente la pasión por el hecho de componer, de crear música independientemente del estilo. Sergio cree en la libertad. Elige las palabras y las viste con diferentes ropajes: chanson, jazz, swing, pero quiere ser también protagonista de sus temas, asunto en el que el productor de origen búlgaro Jacques Canetti será decisivo. A los pocos meses firma un contrato con Philips, sello discográfico que no abandonó ni siquiera a la hora de la muerte, ya que la marca holandesa continuó editando discos hasta hoy. Un cofre de 17 CD es el mejor exponente de la singular obra del irrepetible creador. Con aquel primer lanzamiento de 1958 Du chant á la une!… obtuvo el Gran Premio de la Academia Charles Cross, a pesar de la opinión de algunos influyentes críticos, que repudiaron el estilo innovador y rupturista del autor de joyas como “Le poinçonneur des lilas”. A raíz de la dureza de esos ataques contra Gainsbourg, Boris Vian, algunos meses antes de su muerte, firmará un artículo sutilmente irónico sobre ese grupo de pacatos, en una de las publicaciones más carismáticas de la historia: Le Canard Enchaîné.

“Brigitte Bardot influyó muchísimo en mi destino. Fue el Rolls Royce de mi vida. Pero nunca fui con las mujeres. Junto a ellas, siempre termino mal”

Su segundo álbum es un fracaso, pero Gainsbourg pasa del despecho como quien oye llover. En 1959 conoce a Brigitte Bardot, la musa del cine francés, la Marilyn Monroe parisina, durante el rodaje de la película Voulez-vous danser avec moi? (sí, la misma a la que alude la canción de Patti Labelle en la canción “Lady Marmalade”), y dos años más tarde edita su tercer disco, donde muestra su amor por la literatura. En “La chanson de Maglia”, menciona a Victor Hugo, y en “La chanson de Prévert”, canta el gran poeta francés. Esta última será editada inmediatamente por numerosos artistas, siendo invitado a cantar en el Olympia al lado de Jacques Brel y Juliette Gréco, realizando sus primeras giras en Bélgica y Suiza.

Alterna su trabajo como cantante, con el de compositor para otros colegas, editando casi un disco por año. Alucinado por el ambiente del pop británico, marcha a Londres en 1963, donde registra una de sus obras más originales, La javanaise, otro título esencial de su repertorio. Visionario y precursor, Gainsbourg busca en la capital británica un sonido más moderno que el que se produce en los estudios franceses, por lo que durante dos lustros, seguirá trabajando al otro lado del Canal de la Mancha. La fortuna que le supone ese capricho, retorna a su cuenta corriente gracias a los derechos de autor de una cancioncilla infantil y tonta, pero de éxito apabullante, en el Festival de Eurovisión de 1965: “Poupée de cire, poupée de son”, cantada por France Gall.

Esa magnífica demostración de versatilidad es la que hace que sus obras sean reclamadas por actrices y cantantes del más variado pelaje, desde la ilustre Régine, a Valérie Lagrange, de la insoportable Petula Clark a la mitificada Marianne Faithfull, de la inmigrante egipcia Dalida a la dulce Françoise Hardy, de la exquisita Barbara a la excitante Jane Birkin. Mujeres, mujeres, mujeres… Agotado por el trabajo, Serge, tras escandalizar a medio mundo con “Je t’aime, moi non plus”, no regresará al escenario hasta 1979. Jamás un polvo fue tan carnal y melódicamente reproducido en un disco, prohibido en España, en Estados Unidos, en Inglaterra, y otras “democracias”.

“He abusado mucho de la vida. He buscado la sobredosis”

A finales de la década del 70, Gainsbourg decide seguir trabajando sobre ritmos reggae, recurriendo a los mejores músicos jamaicainos, y en particular a la sección rítmica del cantante Peter Tosh (Sly Dunbar, Robbie Shakespeare y Sticky Thompson), así como a las coristas de Bob Marley, incluida su mujer Rita. Va pues a Kingston, y en menos de una semana, nace un álbum que saldría en abril de 1979 (Aux armes, et caetera), con el que escandaliza a Francia al ironizar sobre el himno nacional, nunca antes envuelto en aires caribeños; pero el disco es, a pesar de los ataques, un absoluto éxito. Al tiempo, sigue trabajando con el grupo de rock Bijou, y en la primavera 1980, añade un nuevo escándalo a su carrera con la obra Evguénie Sokolov, que mi admirado amigo y colega Juan de Pablos solía programar en su imprescindible programa Flor de Pasión, mientras gozaba como un poseso ante el sonido de decenas de ventosidades y pedorretas, sabiamente mezcladas con una melodía romántica como los ojos de la Birkin.

Aquella tarde de 1986, durante la entrevista, Gainsbourg se bebió siete cócteles “Américaine” (limón, ginebra, coñac y granadina) en media hora. Tras esos treinta minutos, la entrevista entraba en un capítulo donde la borrachera impedía al artista demostrar una pronunciación correcta, por lo que opté por cortar la conversación con un apretón de manos, antes de que pudiera suceder lo inevitable. Ya me habían advertido del carácter iracundo del buen Sergio cuando el alcohol entraba en sus neuronas, así que pagamos la cuenta, nos dijimos adiós, y salió del hotel colgado de Bambou, dando algún tumbo y farfullando frases ininteligibles sobre Federico García Lorca, los toros “…a las 5 en punto de la tarde”, el flamenco y Franco.

Esa forma de vivir le llevaría a una crisis cardiaca que acabó con su vida el 2 de marzo de 1991, no sin antes haberse dado varios gustazos, como escribir para uno de sus fans más entusiastas, Alain Bashung, grabar de nuevo en las Bahamas con Robbie Shakespeare y Sly Dunbar, componer para la actriz Isabelle Adjani, producir un nuevo álbum para Jane Birkin, grabar junto a su hija Charlotte un disco espléndido titulado Lemon incest, tener un hijo con su nueva compañera, dar una serie de recitales en el Zenith parisino (uno de los cuales sería su último disco en vida), responsabilizarse de todo un CD de Vanessa Paradis o de pasar por algunos malos tragos, como cuando se sometió a una operación de hígado (¡ay, madre, la cirrosis!), o tener que recluirse en el hogar, ya muy enfermo, en cuyos alrededores aparecían diariamente graffitis y pintadas en su honor.

Desde aquel lejano 1991, se han sucedido los homenajes públicos y privados en su memoria. Un autor controvertido, discutido, que mereció los mayores elogios y premios del estado francés: La Medalla de las Artes y las Letras, la Legión de Honor, el Premio de la Academia del Disco… Serge Gainsbourg, el Bello Sergio, derrochó cinismo, lucidez desesperada y sobre todo un gran pudor; un genio que consideraba la canción como un “arte menor”, pero a la que dedicó buena parte de su vida. Títulos que regresaron hace pocos años en las voces de Jimmy Somerville, FFF, Pulp o Donna Summer; canciones cuyos textos se estudian incluso en las escuelas. En España no caerá una breva semejante.