Los Imprescindibles de Carlos Tena: Carlos Santana

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Una sección de Carlos Tena.

La primera vez que tuve la suerte de viajar a Londres, invitado a una convención de la entonces poderosísima compañía discográfica CBS, no pude dormir en los casi ocho días que duró la estancia. El motivo no era el insomnio, sino el nerviosismo que me atacó de frente y de perfil, antes de los conciertos que disfruté, pudiendo conversar con los protagonistas, paseando libremente por los pasillos donde se encontraban los camerinos de artistas como el guitarrista Johnny Winter, su hermano Edgar (igual de albino que aquel), los miembros de It’s a Beautiful Day, Steamhammer, Flock, y Santana, entre otros muchos fichajes de la Columbia Broadcasting System. Para colmo de dicha, maestro de ceremonias fue el malogrado John Peel, uno de los DJ más respetados de Gran Bretaña, en aquellos años en los que la música joven inundaba el orbe con miles de bandas, aunque a su lado apareció cual fantasma insoportable, Tony Blackburn, otro colega menos ducho pero de poderoso atractivo entre las jóvenes londinenses, esas que se desgañitaban como posesas cuando aparecían en escena grupos como Beatles, Rolling o Kinks. El caso era berrear, asunto que siempre me cabreó, porque lo suyo era disfrutar de las canciones y luego gritar hasta el orgasmo.

Fue durante aquel lluvioso otoño de 1970, en el que Londres aparecía en todo su esplendor nebuloso, mientras por la ventana de la habitación del hotel donde nos hospedaron, podía disfrutar del Kensington Garden, al lado de otros dos periodistas: la singular y bellísima Mercedes Arancibia, a la que leía cada semana en la revista Mundo Joven, y cuya silueta sirvió pocos años más tarde para anunciar las discotecas Penélope, y el hoy productor de espectáculos musicales Nacho Artime, que no parecía estar tan interesado como yo en aquellos recitales que se celebraron en el espléndido marco del Hammersmith Odeon.

Mi breve charla, algo tensa, con el mayor de los Winter versó sobre el blues, Texas, la música blanca robada a los negros. Ya se sabe que estos sureños yanquis son carcas hasta decir “shit”, y les falta un hervor para ser socios de honor de colectivos tan tiernos como el Ku Klux Klan. Con el pequeño Edgar crucé dos palabras, aunque tuve más fortuna con Jerry Goodman, violinista que dirigió el grupo Flock hasta bien entraba la década del 70, con el que pude explayarme acerca del rock progresivo, el jazz rock, y demás variaciones sobre el tema, que retomé al entrevistar a la solista de It’s a Beautiful Day, a la que intenté ligarme de forma descarada, sin ningún éxito, claro.

Pero la guinda del pastel musical londinense la puso Carlitos Santana (México, 1947), del que únicamente conocía su primer disco, titulado como su apellido, con un espectacular dibujo leonino, en el que relucía aquel “Jingo”, que en directo interpretaron de forma magistral, con Chepito Areas recorriendo el escenario de conga en timbal, de campana en maraca, de güiro en clave, para enviar al público un mensaje claro: aquí la percusión la lleva mi menda. La guitarra de Santana fue un bálsamo latino en medio de un mar de cadencias sajonas, y así lo narré en la revista Discóbolo, animado por mis queridas colegas Chitita Arancibia y la valenciana Tina Blanco.

Carlos es un enorme músico, un guitarrista para el que sobran calificativos, hoy promotor entusiasta de un cierto jazz-rock con sabor a plato indígena, herencia de un chaval al que su padre, músico de un mariachi mexicano, convenció desde infante para que le acompañara con un violín, instrumento que el pequeño abandonó más tarde por la guitarra, aunque en el estilo tan personal de Carlitos se nota la influencia de aquel otro artefacto sonoro, ya que a lo largo de muchos años, ha dejado constancia de que puede manipular cualquier instrumento de cuerda con la misma facilidad con la que se puede eyacular a los diez años. El chaval creció musicalmente en San Francisco, ciudad a la que su familia había emigrado en busca de alimento, asunto que comenzó a solventar en medio de un panorama hippie en el que las nubes eran de humo marihuanero, las bebidas contenían ácido lisérgico, y la música psicodélica te colocaba aún mucho más alto. Qué tiempos aquellos.

Santana, a comienzos de 1969, ya presumía por el Fillmore de una banda sólida y capaz, amén de un flamante compromiso legal con la CBS, junto al vocalista Gregg Rolie (que también componía junto a Carlos), el bajista David Brown, el batería Bob “Doc” Livingston y el percusionista Marcus Malone, aunque estos últimos salieron a las pocas semanas, siendo sustituidos por Michael Carabello, Michael Shrieve, incorporando además al nicaragüense Chepito. Aquel primer disco ya apunta la decisión del líder en cuanto al sonido que el grupo quiere pasear por el mundo, mezcla de su herencia latina, más algunos gramos de rock, blues y jazz, sin duda influenciado por colegas como John Lee Hooker, B.B. King y T-Bone Walker, pero sin olvidar algo tan básico en los conciertos como la posibilidad de que el público se explaye bailando. Algo que las audiencias exquisitas de hoy no consideran elegante, y que Santana ya ha relegado a un segundo plano, fruto sin duda de sus lecturas habituales: Lo que Dios desea de un tal Neale Donald, Las Llaves de Enoch, de JJ Hurtak, que viene a ser como el ibérico J.J. Benítez, digo yo, además de sus discos preferidos, entre los que figuran obras de sesudos músicos como Kenny Garret, John Coltrane y Miles Davis. Menos mal que para compensar la dosis, lleva en su Ipod a Bob Marley y sus Wailers.

El debut oficial de Santana se produce, no obstante, en el multitudinario guateque que supuso el Festival de Woodstock, el 15 de agosto de 1969, en el que estrenó alguna pieza de su segundo LP, Abraxas, del que serían estrellas “Black magic woman”, “Oye como va” y “Samba pa ti”. Sin embargo, el tercer álbum no salió a flote ni siquiera con la ayuda de Tito Puente (“Para los rumberos”), o de la incorporación de un nuevo elemento, el guitarrista Neal Schon, o de su colaboración con el gordito Buddy Miles, hasta entonces batería de Jimi Hendrix. La culpa no fue del cha-cha-chá, sino de la moda espiritual y meditativa de los fans del influjo de la religión de los santones indios, o sea, de los discípulos de Ommmmmm (pronúnciese hacia adentro, procurando que la Flor de Loto que todos llevamos dentro, resbale por la médula espinal hasta lograr el acceso al Nirvana).

Santana entra así en trance y decide viajar en una Caravanserai (1972) en la que hacer el camino ayudado por las fuerzas del amor divino, lo que le lleva a hermanarse con el guitarra John McLaughlin, junto al que graba otro arrebato de cariño universal Love, devotion and surrender (1973). Así las cosas, la avalancha de búsquedas y hallazgos sonoros, celebrados sobre todo por melómanos occidentales hartos de catolicismo ortodoxo, no cesa ni un instante. Caen, desde el cielo, claro, obras solemnes como Welcome (1973), seguido del insoportable triple álbum en directo Lotus (1974), inspirado en el Bitches brew de Miles Davis, y en la labor evangélica de discípulos tan devotos como Armando Peraza, Doug Rauch, Tom Coster, Richard Kermode o el cantante Leon Thomas.

Las llamadas de la luz divina tampoco cesan de sonar en el corazón del nuevo Devadip Santana, que no supo escapar de aquella levitación sonora, como hicieron en su día George Harrison y John Lennon, quienes declararon que huyeron del Maharashi porque el santo varón lo único que quería era darles por el culo. Llegan, entre repiques de campanillas y aromas a curry, discos como Illuminations (1974, en el que colabora la cantante Alice Coltrane, viuda del saxofonista) Borboletta (1974), hasta que ¡ahhhhhhhhhhhhh¡, al fin Santana cae del Nirvana, pisa de nuevo la tierra y publica el excelente Amigos (1976), con refrescantes influencias del funk y la música latina, que borbotean en temas como “Dance, sister, dance” y la obra maestra instrumental de toda su vida: “Europa”, subtitulada en un acceso de cursilería como “Earths cry heavens smile” (La Tierra llora la sonrisa del Cielo).

El LP que sigue es Festival (1977), que continúa el romance de Santana con un cierto pop-rock más comercial, pero nada desdeñable. Ese mismo año publica Moonflower, que marca un nuevo viaje astral del inquieto músico mexicano. Los paisajes sonoros se pueblan de personalidades como Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter y Tony Williams. En el picnic se sirven supuestos manjares como Inner secrets (1978), Marathons (1979) con el nuevo vocalista Alex Ligertwood, Zebop (1981), y el interesante Shango (1982), en el que Greg Rolie, que asumió la producción, convence a Carlos para detenerse en el viaje astral, que ya dura bastante, y siga con su primera propuesta rítmica, melódica y armónica, para descansar en otras redes más sutiles, como las que tienden la música disco, el blues, el hard rock, la salsa y el flamenco.

Sólo así se comprenden discos como Havana moon (1983), un tributo a la música negra de los años 50, con guiños a Chuck Berry o Bo Diddley, acompañado por invitados como Jimmie Vaughan, T-Bone Walker y Willie Nelson. Ese cariño hacia el período de oro del rock and roll se verá nuevamente impregnando los surcos de la banda sonora del film La bamba (1985) en la que colabora de forma entusiasta. La luz terrenal no dura mucho, y Carlos regresa a las estrellas con el disco Beyond appearances (1985), por lo que el camino que le marca el Ser Supremo le lleva a una etapa de alternancia, en la que el músico parece salvarse del misticismo absoluto.

Graba Blues for Salvador (1987), una antología que llama Viva Santana, el reflexivo Freedom (1987), y una larga retahíla con estallidos de genialidad y banalidades seudo espirituales, como Spirits dancing in the flesh (1990), Milagro (1992), Sacred fire (1993) que precede por cierto a un disco, Brothers (1994), junto a su hermanito Jorge, que a comienzos de los setenta había fracasado como líder de una banda llamada Malo; otro compendio de supuestos éxitos, Dance of the rainbow serpent (1995), hasta que el Rey Midas de la industria, Clive Davis, factótum del sello Arista, le convence para que rejuvenezca la banda. Gracias a ello edita en 1999 Supernatural, con la participación de Bobby Martin, Rob Thomas, de los Matchbox 20, Eric Clapton, Lauryn Hill, Maná, Dave Matthews, Eagle Eye Cherry, Everlast y KC Porter, obteniendo un triunfo resonante con canciones muy bien concebidas: “Smooth”, cantada por Rob Thomas, “Maria Maria”, “Corazón espinado” (junto a sus compatriotas de Manà), y  “Put your lights on” (con Everlast).

¿Volvería Carlos a tener un gran público, como aquel que supo disfrutar de sus canciones en las praderas de Woodstock? Parece que sí, aunque el guitarrista no quiere que se le confunda con un buscador de éxitos fáciles, por lo que edita Shaman, en el 2002, Ceremony al año siguiente y, tras un descanso prescrito por sus doctores, All that I am, en el 2005. La salvación del Santana apóstol, del Carlos amante de la francachela, el baile, el alma latina, con menos viajes al espacio divino, llega de la mano de sus viejos y jóvenes amigos y admiradores. Artistas de la talla de Michelle Branco, The Wreckers, Kirk Hammett (Metallica) Steven Tyler (Aerosmith) Mary J. Blige, Big Boi, Jennifer López, Tina Turner o la cantante colombiana Shakira prestan su aire fresco. Y para colmo de dichas, el hijo mayor de Carlos, Salvador, figura ya como miembro del grupo.

Personalmente le disculpo su búsqueda constante de paraísos y nirvanas, cielos, olimpos y demás espacios virtuales. Es un músico total, capaz de decir cosas tan banales como que “La buena música une a las buenas personas”, pero también de pedir el procesamiento del presidente George W. Bush, y para eso, viviendo en USA, hay que tener una guitarra como la suya y dos huevos mexicanos con chile.

 

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