LIBROS
«La vida, en esta novela gráfica, merece la pena, no es luminosa, pero es agradable de vivir»

Juan Berrio
Los domingos también
SALAMANDRA GRAPHICS, 2026
Texto: CÉSAR PRIETO.
Hace unos tres lustros, el vallisoletano Juan Berrio captó el alma de un barrio, de una ciudad, con una novela gráfica: Miércoles. Se trataba de reflejar la vida de esas calles durante un día, tomando como ámbito a un edificio, una especie de 13, Rúa del Percebe amable que iba siguiendo a los vecinos en un plano secuencia lleno de colorido, de luz, aunque esta fuera la rojiza del amanecer o del atardecer.
En este 2026, Berrio recupera esta ambientación en Los domingos también, con una misma estética, pero con leves diferencias. La primera, es que los bonitos fondos anaranjados de Miércoles se convierten aquí en un amarillo levemente verdoso; la segunda, que el elenco de personajes se reduce al mínimo. De hecho, juegan en las viñetas únicamente una pareja y una ancianita latosa y exagerada.
La primera página es un genial prólogo de lo que vendrá después. Abuela, madre y niña preguntan por la calle Porvenir; está última juega un momento con un niño, que se llama Tristán. Pasan los años, y el niño ya es un simpático joven que vive en una corrala. Su vecina, doña Dora, interviene en su vida con consejos y espionajes. Los capítulos son autónomos y ocupan dos páginas, excepto algunas que despliegan todo un plano del parque o del edificio.
De pronto, aparecen Claudia y su perro Canelo. Vienen a ocupar el piso que le ha dejado su abuela, que ha vuelto al pueblo. No ha de pasar mucho tiempo hasta que se cruce con Tristán en la escalera. Y a partir de este encuentro, surge una historia de amor sencilla y bellísima. Las páginas en las que se dan el primer beso son de tal alegre delicadeza que despiertan una sana alegría de vivir.
Mientras tanto, doña Dora se enreda en episodios surrealistas. Un ancianito lleno de retórica, Serafín, intenta seducirla enviándole ramos de flores, cultiva champiñones en casa…
Hay, eso sí, una aventura en varios episodios: la visita guiada a un palacio del siglo XV con una solemne travesura por parte de Claudia y varias alternativas en la narración, intermedio antes de llegar al desarrollo de la historia de amor. Claudia va a salvar a un hombre que se cae en la calle y este les ofrece alquilarles su piso para que puedan vivir juntos.
En tono amable, llegan los celos, llegan los viajes a París y llega un futuro que se adivina, si no esplendoroso, sí cómodo, lleno de pequeños momentos en los que la parejita vive para su amor sin vivir de su amor.
La vida, en esta novela gráfica, merece la pena, no es luminosa, pero es agradable de vivir. Los sentimientos son claros, sin una gran pasión, pero también sin dramas. Todo es un río que fluye tranquilo, sin romper con ruido. Y Tristán y Claudia son tan cercanos como adorables. Uno quisiera que fueran sus amigos.
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Anterior crítica de libros: El drugstore, de Abel Cuevas Doménech.



















