Los años de gloria de Pink Floyd

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«A partir de Meddle (1971) se enciende una luz, aparece la fórmula y con ella las mejores canciones de un cuarteto que sigue buscando su sitio sin Syd Barrett»

 

Manolo Tarancón se retrotrae hasta aquellos años setenta en los que Roger Waters, David Gilmour, Rick Wright y Nick Mason firmaron algunas de sus mejores obras. La década de Pink Floyd que, ahora, se recuerda con un nuevo recopilatorio.

 

Texto: MANOLO TARANCÓN.
Foto: SONY.

 

Cuando se aborda la vasta obra de Pink Floyd puede provocar una salida del camino si se pretende ubicar la discografía de una banda que, sin duda, cuando más brilla es en la década de los setenta. Un inciso: debemos borrar el año que la estrena y el que la cierra para ser más exactos en los cálculos.

En 1971 ya han publicado —desde 1967— la friolera de cinco discos, casi todos ellos centrados en la psicodelia como eje central de su música. A partir de Meddle (1971) se enciende una luz, aparece la fórmula y con ella las mejores canciones de un cuarteto que sigue buscando su sitio ya sin Syd Barrett entre ellos. La sombra es tan alargada que, hasta esa fecha, les cuesta dejar de lado el sello que el líder, impelido por su estado mental y de salud, acaba siendo expulsado por sus compañeros tras la publicación del incontestable debut, compuesto casi íntegramente por él: The piper of the gates of dawn (1967).

Trabajos extraños como A saucerful of secrets (1967) o Ummagumma (1969), pese a parecer para minorías, cuentan con un grupo muy fiel y numeroso de seguidores, y la confianza de un sello que sigue apostando por ellos desde sus inicios, aunque no acaben de despuntar.

El nuevo recopilatorio que acaba de ver la luz, 8-Tracks, compuesto por ocho temas clásicos creados entre 1971 y 1979, ubica una etapa crucial para convertirlos en fenómeno de masas, sobre todo a raíz de la publicación de la obra maestra y, posiblemente, la mejor de toda su discografía. The dark side of the moon (1973) supone un golpe sobre la mesa y un viraje en su forma de trabajar, apostando por primera vez por las canciones cortas y una importancia capital en las letras.

Roger Waters toma el mando de la parte lírica y su universo existencialista empieza a flotar y el oyente a empatizar, hablando de cosas cotidianas que afectan a cualquier mortal, hasta que todo se rompe con The wall (1979); aunque el mal rollo venía de bastante atrás, de cuando el despotismo y extravagancia de Waters era ya tan evidente que culmina con la expulsión del teclista Rick Wright, que seguirá tocando con ellos como músico asalariado en la gira del disco.

Los delirios de grandeza del bajista les lleva a perder dinero en un tour en el que ellos mismos ejercen de promotores y que, a nivel logístico, supone una auténtica locura para aquellos tiempos por los altos costes de producción, a pesar de que agotan las entradas de todos y cada uno de los conciertos. Unas pérdidas que les afectan a todos menos a Wright que, como músico contratado, se embolsa encantado sus billetes, aunque los fans todavía no sabrán de su salida hasta poco después.

Las canciones de este nuevo trabajo que ahora se edita contiene temas de Meddle (1971) —la maravillosa “One of these days” que marcará una nueva forma de trabajar imprescindible para entender su cambio y éxito—. De la banda sonora que titularán Obscure by clouds (1972), para la película de Barbet Schroeder La Vallée —con el que ya han trabajado previamente— se rescata “Wot’s… uh the deal”; del Dark side de 1973, “Time” y “Money”; también recogen canciones del imprescindible Wish you were here (1975), donde más recuerdan a su excolega Barrett y que contiene pasajes tan importantes en su repertorio como el que da título al disco y que aparece en este álbum. De Animals (1977) incluye la pista larga completa de “Pigs on the wing”, hasta llegar a The wall con la maravillosa “Confortably numbs”, que contiene uno de los mejores solos de guitarra de la historia a cargo de un Gilmour que cada vez pinta menos en la ecuación, pero que no elude su talento. Y no falta, por supuesto, el himno imperecedero, “Another brick in the wall. Part 2”.

Hay que remarcar que, desde hace unos años, el grupo vende los derechos del nombre, con un Gilmour cansado de innumerables pleitos y el enfrentamiento a carne viva con Waters. Nada tiene que ver, por tanto, con lo que se ha hecho con estas canciones y este nuevo disco.

Steve Wilson se hace cargo de la edición con añadidos a las pistas originales, detalle que no suele gustar a los puretas, entre los que se encuentran quien escribe. Al menos respetan, para su portada, el trabajo del grupo artístico Hipgnosis y, en especial, de Storm Thorgerson, ya fallecido, en un collage que muestra imágenes icónicas de cada uno de los discos. Como hicieran en The dark side of the moon, el álbum se presenta sin cortes entre temas, como si se tratara de una sola pista conceptual.

Ya en la década de los ochenta, y después del monumental —en duración y calidad— The wall, Pink Floyd pierde fuelle. Otros géneros aparecen en la escena internacional y las desavenencias entre sus fundadores pueden explicar algunos de los motivos del bajón de calidad. Y el factor humano, porque cuando facturas discos de la calidad de los anteriores se antoja difícil seguir manteniéndose a la altura.

Quién sabe si este nuevo 8-Tracks tendrá éxito. Lo que sí consigue es enmarcar una época gloriosa para uno de los grupos más importantes que ha dado el rock y la música popular en toda la historia; y al menos este texto sirve para reivindicar una década que, sin duda, fue la suya.

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