Libros: «La lluvia de los inocentes», de Andrés Ibáñez

Autor:

«Paseos por el barrio de Salamanca hasta el instituto Ramiro de Maeztu , profesores del tardofranquismo, un hermano llamado Luis que adora a los Beatles»

Andrés Ibáñez
«La lluvia de los inocentes»
GALAXIA GUTENBERG

 

 

Texto: CÉSAR PRIETO.
 

 

La novela recientemente publicada de Andrés Ibáñez tiene algo de desencajado, de fallido, pero a la vez está envuelta en una exquisita magia, en un encanto indefinido que hace que tras la lectura uno razone las piezas que no encajan pero a la vez se sienta hundido en una hendidura melancólica que no acierta a explicar. Una lluvia en Madrid empapa el inicio y el final y enmarca la vida de Mateo, que es la vida –sustituidos institutos y calles por los de cada uno– de cualquier nacido en los sesenta. La excusa es banal, en casa de sus padres –ella, una de las niñas de Rusia; él, devoto de lo inglés– van apareciendo carpetas y ello le permite horadar en la vida de sus padres, ocupar con ella parte de la novela e ir traspasando hilos hasta la propia.

Paseos por el barrio de Salamanca hasta el instituto Ramiro de Maeztu –sustituyan por su instituto–, profesores del tardofranquismo, un hermano llamado Luis que adora a los Beatles aún niño y diez años después proclama que no hay futuro. Y a partir de este momento, generada ambientación y personajes, comienza la enumeración de referentes culturales que brotan en ese extraño tránsito entre los sesenta y los setenta. Atentos aquí, que si reconocen alguno es su novela: «Tío Vivo», «Guillermo Brown», «La Naranja Mecánica», «Los Hollister» y «Tom Sawyer», Nesquik, «Reader’s Digest», el color butano, «La casa del reloj», la Jeanette de ‘Soy Rebelde’, «Cesta y Puntos»… Desde este momento de arranque pasan diez años que llegan hasta los protagonistas berreando ‘El hombre salvaje’ de las Chinas.

También existe la literatura, es una novela llena de referencias. Se inicia en la biblioteca de su padre y concluye con sus descubrimientos. Nueva lista: Jack London, Poe y Bécquer, Zweig, Daudet, Stevenson, Baroja, el escándalo que supuso «El mono desnudo», todo ello salpicado con los primeros «Penthouse» que alternaban con  Borges y Cortazar y que llegaban –sutil fusión– hasta «Ada o el ardor». Llega el BUP, llegan las veleidades políticas de sus padres, llegan los tiempos de conservatorio en un Mateo que duda entre ser músico o ser escritor, llegan nuevos amigos como José María, Fabrizio o Lomax. Y las chicas, Elisa que lo rechaza, Matilde que lo recupera. Una novela de iniciación a la que quizás le falte rechazo del mundo adulto.

Por ello es lástima que una novela que bien recortadita resultaría más tensa divague tanto, el estilo va dando tumbos y bandazos, ahora simbólico y lisérgico, ahora realista, ahora histórico. No está, desde luego, mal escrita, y los pasajes del enamoramiento de mateo y Matilde tienen ese halo sublime de lo que iba a ser cursi pero frena a tiempo, pero si que marean un poco tantas curvas. Quitado el poso, aparece una novela mágica, desde luego inhabitual entre las tramas de Andrés Ibáñez y parece esconder tanto como el bello dibujo de Ceesepe que aperece en la sobrecubierta.



Anterior entrega de libros: “Zazie en el metro”, de Raymond Queneau.

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