LIBROS
«Al lector que atienda más a la aventura, a la sorpresa, a la celeridad, a la ejecución pura y dura, le va a gustar la novela. Más que eso, no la va a poder soltar»

Bill Jiménez
Doce pequeños misterios previos a la muerte
Ediciones Astrágalo, 2026
Texto: CÉSAR PRIETO.
En Doce pequeños misterios previos a la muerte hay mucho de literatura pulp, de aquella que en la posguerra se vendía en los kioscos y que era considerada, —aunque ahora los estudios sobre ella han desvelado matices— infraliteratura. Desde luego que la novela que nos ocupa no lo es, pero sí que parece jugar con los rasgos que sustentaban aquellos verdaderos best sellers.
El primero, que está escrita con seudónimo, como aquellos Silver Kane —que no era más que el gran Francisco González Ledesma— o Curtis Garland. El segundo, el propio título, sugerente e impactante, que juega con arcanos de atracción inmediata. Por último, la propia trama, que se despliega en esoterismos, espionajes, persecuciones, polígonos industriales con naves de lucha libre, infidelidades o conspiraciones secretas. Qué curioso, todo lo que en las películas de hoy gusta tanto.
Quizá los personajes, Arturo —magníficamente trabajado—, el que más, un asesor financiero que decide pedir una excedencia para dedicarse a tirar las cartas del tarot. Vive en Lloret con su segunda esposa y tiene un hijo influencer que también ocupa volumen de narración. En un cursillo de iniciación al tarot conoce a Palmira, que tiene una pequeña tienda y consultorio en Mataró, una visita al local le hace conocer a su hija Marita. Un día, en casa de Arturo, detectan que una mujer parece vigilar su hogar, y una camioneta de fumigación y control de plagas aparca siempre frente a ella, puesto que el afectado al que están haciendo el trabajo no quiere que le relacione con esta actividad.
A partir de esta situación en la que Bill Jiménez va colocando las piezas, empieza la locura, la ingeniería financiera defectuosa, la acción y más acción y más acción, que llevan en huracán al lector hasta las sorpresas finales, como no podía ser de otra manera. Lo curioso de la trama es que, a pesar de la aceleración, las cosas parecen bien asentadas, el ritmo es el necesario y el autor tiene el talento para dosificarlo perfectamente. No hay nada que sobre, y cada escena está trenzada al milímetro para abrigar la anterior y la posterior.
Quizá no sea la novela adecuada para un lector que espere la recreación en la literatura, frases trabajadas hasta llegar, no a la perfección, pero sí a una sofisticación que se recrea en el propio texto, a la lentitud, vamos. Pero al lector que atienda más a la aventura, a la sorpresa, a la celeridad, a la ejecución pura y dura, le va a gustar la novela. Más que eso, no la va a poder soltar.
–
Anterior crítica de libros: Cine descomplicado, de Álvaro Wasabi.



















