Las otras casitas (del rock)

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EL RITMO DE LA SEMANA

«Estos días me viene a la cabeza la funhouse de Iggy Pop y los Stooges, aquella casa ruinosa que tenían en Detroit para reunirse, para ensayar y, a veces, hasta para pasar temporadas»

 

A propósito de la controvertida “casita” de Bad Bunny, Sara Morales dedica su columna semanal, “El ritmo de la semana”, a esos lugares y espacios de encuentro y desenfreno que también tuvieron su importancia hace tiempo, pero en el rock.

 

Una sección de SARA MORALES.

 

Nada nuevo. La “casita” de Bad Bunny, su concepto, viene de lejos, de muy lejos. Destinar un espacio “privado” al encuentro de caras amigas, de personas que te siguen el rollo, de groupies y fans que mueren por formar parte del selecto grupo y pertenecer a la casta, es algo que se ha practicado desde el principio de los tiempos. Cierto es que, a manos del puertorriqueño, la novedad reside en incluir ese espacio, ese lugar, dentro de sus conciertos para marcar aún más la distinción (o la imbecilidad). Las zonas VIP o localidades de influencers, ya con mala prensa de por sí, se le han debido quedar pequeñas al chico.

La crème de la crème ahí se concentra en grados centígrados sintiéndose especial, diferente al grueso mortal, por encima de la masa mediocre. Ellos y ellas han sido los elegidos y qué menos que celebrarlo, publicarlo y viralizarlo. Ellos y ellas lo valen, por famosos, por guapos y guapas, por pelotas y por piratas.

Estos días me viene a la cabeza la funhouse de Iggy Pop y los Stooges, aquella casa ruinosa que tenían en Detroit para reunirse, para ensayar y, en ocasiones, hasta para pasar temporadas. Con la esencia de vivienda okupa, aquel lugar se convirtió en un hervidero de fiesta y desenfreno; y tan democrático y transversal era el flujo de personas, personalidades y personajes que se dejaba caer por allí, que terminó convirtiéndose en “lugar obligatorio” para la ciudad y en el nombre del segundo disco de la banda publicado en 1970.

También me acuerdo de la casa de Mama Cass en Laurel Canyon, en Los Ángeles. La voz de The Mamas & The Papas hizo de su residencia el epicentro social y espiritual de la contracultura de finales de los sesenta en California. Por allí transitaban a menudo Jimi Hendrix, Janis Joplin, David Crosby, Joni Mitchell… También vecinos, camellos y gente de a pie.

O la casa/estudio de Andy Warhol en Nueva York, The Factory, donde se reunían Lou Reed, Nico, Bob Dylan, Mick Jagger y hasta Dalí o Basquiat; ahí es nada. O Casa Costus también, en Malasaña, Madrid, donde se pasaban las horas lo más granado (y lo más salvaje) de La Movida madrileña haciendo del lugar un espacio creativo para todas las artes, disciplinas y trastadas.

Casas, casazas o casitas que, desde luego, albergaban mucho más de lo que lo pueden hacer ahora a pesar del respaldo millonario de publicistas, marcas y asesores que se devanan los sesos para satisfacer la necesidad elitista. Afortunadamente, entonces no había móviles para inmortalizar la instantánea, ni redes sociales para expandir el sarao y la vanidad.

Anterior entrega de “El ritmo de la semana”: Así escriben, así son. De Sabina a Bunbury, pasando por Eva Amaral y Antonio Vega.

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